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Panorama de la literatura mexicana • II ¦ Poetas en el nuevo siglo (2000-2015)

La diversidad y profusión de la poesía mexicana actual puede ser inabarcable. Para el autor de este ensayo —segunda entrega de la serie de El Cultural sobre la literatura mexicana del siglo XXI—, las antologías son un primer filtro para decantar o distinguir las voces, los matices en semejante Babel. Su revisión señala además algunos títulos significativos y un abanico de autores con obras en marcha que vale la pena seguir.

 

Félix de Azúa tiene razón: los poetas son imposibles. Pese a esa impronta, la poesía sigue siendo una bandera cuyos colores envejecen y se renuevan, se quedan en el limbo un rato y se adaptan a los nuevos tiempos. “Te meten en unos líos horrorosos, tú llevas a un poeta a ponerle una condecoración —insiste de Azúa— y te puede llegar hecho un asco, ponerse a gritar, querer pellizcarle una nalga a la ministra...”

Los poetas, esa minoría subsidiada, como los profesores y los críticos (pido en préstamo una idea de Malva Flores del libro La culpa es por contar, poesía y poetas de hoy) no necesitan ser expulsados nuevamente de la República, basta con que en la edad del Facebook y las Reformas Estructurales se publiquen ediciones de 500 ejemplares o menos, vayan por la calle como si la vida no los mereciera o desparramen sus textos en blogs y páginas electrónicas de autoconsumo.

Cuando pienso en los poetas y lo imposible se me vienen a la mente el genio y la figura de dos sombras: Raúl Gómez Jattin y Samuel Noyola. El primero colombiano, mexicano el segundo. El primero muerto en las llantas de un camión en la paradisiaca Cartagena de Indias. El segundo desaparecido desde hace cinco años. El primero exigiendo a gritos a María Mercedes Carranza afuera de la Casa de Poesía Silva, en la Candelaria bogotana, el pago de una beca del Ministerio de Cultura. El segundo incomodando a los poetas de su generación, pero sobre todo a los mayores, a la burocracia cultural y al propio Octavio Paz al grado de ser mal visto en la redacción de la revista Vuelta.

Es cierto, hay poetas “difíciles”. Los mexicanos Jaime Reyes, José Vicente Anaya y Mario Santiago, a veces Silvia Tomasa Rivera; el chileno Roberto Bolaño, los infrarrealistas en bola y el colombiano Fernando Denis, aunque la mayoría de los poetas son sólo ovejas descarriadas, panes de Dios, becarios del Fonca y el resto.

Más allá de si los poetas son caprichosos, egocéntricos, amorosos, gandallas, llorones, explosivos, quejumbrosos, manipuladores, valemadristas, mafiosos, hipsters, divos, aves solitarias o protagónicos, es necesario repasar lo que ocurre en la poesía mexicana de los últimos 15 años bajo el visor de las antologías, muestras, censos, registros, puntos de partida, cruce de vías o cómo se llame a los recipientes de papel que todavía se ocupan de la poesía y del poeta. En diatriba contra mí mismo diré que los límites son los impuestos por la incapacidad del autor de las notas para abarcarlo todo. La idea en esta entrega es hablar de algunas antologías poéticas y de lo fugitivo que permanece en ellas.

Si México es otro en cuanto a índice poblacional, incremento de la violencia, carencia de empleos, deterioro de la educación y estímulos literarios a la alza, no está de más poner esta primera piedra que permita en entregas futuras atisbar qué obras poéticas se sostienen sobre su propio pie, hacia dónde va el agua de la poesía mexicana actual, qué hay de la vaca mimada a la que nos empeñamos en llamar tradición y si lo que se rompe es el vaso completo, medio lleno o si todo es ilusión pura.

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Museo del canon

Más que en muestras canónicas, las antologías pronto se convierten en museos visitados por pocos. Casas de citas en las que las matronas ofrecen al público lo mejor de su repertorio. El visitante ve el entorno, elige, omite, se queda unas horas y se va, trasnochado y culposo o envuelto en una felicidad pasajera. No todas son antologías. Hay muestrarios por encargo, apuestas de grupo y ejercicios colectivos de elección.

El siglo xx heredó a los lectores del xxi obras que pasaron en su momento la prueba de la juventud. Cito tres, entre ellas la polémica Antología de la poesía mexicana (Jorge Cuesta, 1928), si no un museo en ruinas, sí un documento al servicio de la arqueología literaria y de los lectores de hoy.

Poesía en movimiento 1915-1966 (Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis, 1966). Museo de lejanas sombras. En su momento, para mi generación, la de los nacidos en los cincuenta, Poesía en movimiento aún se movía. Aunque resultaba más interactivo, al menos para mí como lector, saltarse la visita y entrar de lleno a la sorpresa que resultaba ser entonces la poesía de Ramón López Velarde, Gilberto Owen, José Carlos Becerra, Óscar Oliva, Gabriel Zaid, Jaime Sabines y Efraín Huerta.

Tiene razón José Emilio Pacheco, aunque lo dicho por jep no le guste del todo al maestro Jaime Labastida: “Poesía en movimiento está muy bien como un libro de 1966, pero se inmoviliza desde el momento en que funciona como representativo de la actividad poética en 2003… Es decir, una antología histórica que por definición no puede representar nada posterior a la época en que fue hecha”.

Asamblea de poetas jóvenes de México (Gabriel Zaid, 1980). Buen ejercicio; se lee a estas alturas por morbo (para ver quiénes siguen en el maratón y quiénes se quedaron en el camino) o bien como una curiosidad o un intento fallido por democratizar la nómina de la poesía mexicana de los años setenta.

Mencioné sólo tres, las más manoseadas, las que ocupan la colección permanente en el museo. Hay más antologías, un tanto en el olvido, aunque ocasionalmente los buscadores de vestigios acudimos a ellas para bailar aunque sea una pieza: La poesía mexicana del siglo xx (Carlos Monsiváis, Empresas Editoriales, 1966). Museo poético (Salvador Elizondo, unam, 1974). Palabra nueva: dos décadas de poesía en México (Sandro Cohen, Premiá, 1981). Poetas de una generación 1950-1959 (Evodio Escalante, Premiá, unam, 1988). Ávidas mareas (Alejandro Sandoval, uaz, inba, 1988). La rosa de los vientos (Francisco Serrano, Conaculta, 1992); La sirena en el espejo (Manuel Ulacia, José María Espinasa y Víctor Manuel Mendiola (unam, El Tucán de Virginia, 1990) y para cerrar el siglo pasado: Generación 2000 (Agustín Cadena y Gustavo Jiménez Aguirre, Feta, 2000).

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Museos interactivos

En los quince años recientes, todavía en la ruta de las antologías, compendios, ajustes de cuentas, pasarelas, criaderos de cuervos, clubs de Toby, ruta de elegidos, sellos grupales o lo que sean las obras que reúnen textos poéticos de otros, ahí están: El manantial latente (Ernesto Lumbreras y Hernán Bravo Varela, Conaculta, 2002). Divino tesoro (Luis Felipe Fabre, Fundación Centro Histórico, Casa Vecina, 2008). El oro ensortijado, poesía viva de México (Mario Bojórquez, Alí Calderón, Jorge Mendoza y Álvaro Solís, University of Texas at El Paso, Escuela de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos de Lima, Perú, Secretaría de Cultura de Puebla, 2009). La poesía del siglo XX en México (Marco Antonio Campos, Visor, 2009). Vientos del siglo (el arriba firmante, Luis Jorge Boone, Mario Meléndez y Mijail Lamas, unam, uanl, 2012) y Antología general de la poesía mexicana, dos tomos elaborados meticulosamente por Juan Domingo Argüelles. El primero, publicado en 2012, comprende de la poesía prehispánica a nuestros días; esto es, de Tlaltecatzin (mediados del siglo xiv) a Efraín Bartolomé (1950). El segundo (2014), va de la segunda mitad del siglo xx a nuestros días, esto es, de Alberto Blanco (1951) a Francisco Trejo (1987). Ambos en la editorial Océano.

Hago hincapié en estas seis obras, demasiadas en apenas década y media si tomamos en cuenta que del siglo pasado nos quedamos sólo con la mitad, porque aunque todas tengan aciertos y carencias, sus alcances le permiten al lector de hoy decantar a la poesía de los años recientes, ya sea por lo que incluyen o por lo que excluyen. También hay que acotar que estas obras irrumpen con nuevos bríos en la monotonía de un siglo que empieza y tratan, cada una a su manera, de ajustar cuentas con el pasado aunque ninguna se atreve a proponer un nuevo orden poético, tema en el que tendrán que arriesgar las nuevas generaciones de críticos.

Algo de tinta se ha derramado en torno a El manantial latente y El oro ensortijado. El primero empieza con Jorge Fernández Granados (Ciudad de México, 1965), un autor que ha escrito al menos dos libros destacables: El cristal (2000), Los hábitos de la ceniza (2000) y Principios de incertidumbre (2007). La antología personal Si en otro mundo todavía (Almadía, 2012) reúne parte de estos libros y de la obra inicial: La música de las esferas (1990), El arcángel ebrio (1992) y Resurrección (1995).

El manantial latente termina con Juan Pablo Vasconcelos (Oaxaca, 1978), quien tenía 22 años cuando esta obra vio la luz y había publicado Los ojos de la máscara (1999) y La siembra (2000). Están ahí ya una parte importante de los poetas nacidos en los años sesenta y setenta que han aportado poemas y libros interesantes: José Ramón Ibarra, José Eugenio Sánchez, León Plascencia Ñol, Ángel Ortuño, Luis Vicente Aguinaga, Julián Herbert, María Rivera, Jorge Ortega, Luis Felipe Fabre y Hugo García Manríquez.

Centraré los comentarios en tres trabajos antológicos publicados en los últimos cinco años: La poesía del siglo XX en México, Vientos del siglo y el segundo volumen de la Antología general de la poesía mexicana.

Llama la atención que la antología preparada por Campos para la editorial Visor se titula “La poesía del siglo XX”, lo que apunta a que, al menos para el compilador, lo reunido en esas casi 400 páginas agrupa al corpus de los poetas cuya obra sostiene la casa de la poesía del siglo pasado. ¿No habría sido mejor “poesía del siglo XX”? El artículo “la” pareciera apuntar a la idea de que no hay más ruta que la nuestra.

Estamos ante el trabajo de un autor que nos ha regalado poemas, cuentos, crónicas, ensayos y traducciones que son un referente para los autores que empiezan sus lecturas literarias en los años setenta y que es además un promotor generoso y un lector crítico. Leo el resultado como un trabajo antológico bien portado para lectores del exterior. Una selección en la que se hace bien la tarea porque se conoce el tema a fondo, pero que finalmente da concesiones. La poesía del siglo XX en México inicia con Eduardo Lizalde (1928), nuestro tigre mayor. Tigre joven, tigre viejo, su poesía tiene ese vuelo vital que ilumina la página. Libros como Cada cosa es Babel, El tigre en la casa y La zorra enferma han sido lecturas importantes para varias generaciones. Concluye con Juan Domingo Argüelles (1958) que también nos ha dado páginas memorables en A la salud de los enfermos. En el ínter hay nombres cuya obra no tiene lugar a dudas junto a voces cuyo trabajo es menos relevante o no termina de consolidarse. Lo cual no demerita el trabajo, sólo nos lleva a pensar en lo relativo de las antologías y pone en evidencia las ausencias. Pese a ello, La poesía del siglo XX en México es un trabajo que orienta el rumbo de la poesía mexicana. Lamentablemente el libro circuló escasamente en nuestro país.

Vientos de siglo fue un ejercicio de equipo, coordinado en principio por Francisco Hernández. A invitación de Marco Antonio Campos nos involucramos tanto el arriba firmante como Luis Jorge Boone, Mario Meléndez y Mijail Lamas. En algún momento, uno de los compañeros de viaje en el armado de Vientos del siglo, Mijail Lamas, comentó a título personal que, guardando las distancias, la nuestra podría ser una antología polémica como Poesía en movimiento. "La nuestra será la antología que todo México esperaba", le dije, o pensé decirle, continuando la broma. Exagero, pero la idea me hace pensar que el antólogo tiene un poco de enterrador y también es capaz de dar vida artificial a algunas voces que se quedan afónicas en el camino. Hubo tropiezos: la salida de Francisco Hernández cuando el proyecto apenas tomaba forma, el tener como punto de partida las famosas listas de acuerdo al año de nacimiento y no por la contundencia de las obras, el hecho de que al concluir hubiera tres prólogos que apuntaban a caminos diferentes). Sin embargo la apuesta está ahí. Empieza con Efraín Bartolomé (1951) y acaba con Alí Calderón (1982). En el ínter, 53 poetas más hacen con sus poemas su propia apuesta. A distancia es notoria la ausencia de voces como la de Alberto Blanco, Eduardo Casar, Eduardo Milán, Luis Armenta Malpica, Félix Suárez, Malva Flores, Javier Acosta, Kenia Cano y Balam Rodrigo.

La antología de Juan Domingo Argüelles tiene 925 páginas, en las que se dan cita casi mil doscientos textos de 167 poetas. Hasta ahora la reunión más completa de poesía mexicana, tal y como su nombre lo indica: Antología general. Obra generosa, necesaria diría yo, para los lectores de hoy sin que medien en ello los grupos literarios ni el centralismo y predomine un espíritu incluyente. Más que antología estamos ante una guía de lectura.

Hay otras antologías: Árbol de variada luz (Rogelio Guedea, Universidad de Colima, 2003); Un orbe más ancho (Carmina Estrada, unam, 2007); Mar de vértigos (Alberto Trejo, 2008); 20 años de poesía. Jóvenes creadores del fonca(Jorge Fernández Granados, Conaculta, 2010) y Esas distancias de algo (Daniel Téllez, ipn, 2009).

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Irrumpir
es preciso

Con los poetas nacidos de la mitad de los años ochenta en adelante el terreno es más pantanoso puesto que la lista de autores es amplia y aparece y desaparece como en una pantalla de luces intermitentes.

Los autores de Divino tesoro tienen entre 25 y 40 años. Inicia con Eduardo Padilla (1976) y finaliza con Iván Ortega López (1990). Pese a la densidad de la selva poética hay sólo 22 autores, lo cual me parece saludable. Casi todos con obra publicada, premios y ánimo para recibir la estafeta de la poesía que se escribe en este país. Por la dispersión de lo que se publica en los años recientes resulta imposible leerlos a todos. He leído de manera fragmentaria a Eduardo Padilla, Maricela Guerrero, Hugo García Manríquez, Omar Pimienta, Óscar de Pablo, Minerva Reynosa, Sergio Ernesto Ríos, Sergio Loo, Óscar David López, Inti García Santamarina, Daniel Saldaña París, Karen Plata, Eduardo de Gortari e Iván Ortega López. Sus textos convencen e invitan a la lectura. Algunos de ellos han publicado ya libros de los que en otro momento valdría la pena hablar.

Hay un dejo de ironía y de ruptura en Divino tesoro. “¿Cómo sería este poema mexicano promedio? Solemne, formalmente impecable, aséptico, apolítico, pretendidamente atemporal y sublime, tradicional con uno que otro detalle moderno: bellísimas aves surcando el éter”, escribe Fabre en la presentación. Aunque deja en claro que “la pretensión de intentar un canon entre los poetas emergentes sería, en estos momentos, o bien un ejercicio de ingenuidad insoportable o un cómico delirio de grandeza.”

Región de ruina. Generación literaria del Bicentenario (Iván Cruz Osorio y Benjamín Morales, Secretaría de Cultura del DF, 2010) no es una antología sino un censo de poetas nacidos en la Ciudad de México entre 1970 y 1990. Un total de 157 voces entre las que destacan autores ya conocidos por haber publicado uno o varios libros, entre ellos Dalí Corona, Alí Calderón, Rodrigo Castillo, Claudina Domingo, Manuel Becerra Salazar, Yaxkin Melchy, Alejandro Albarrán Polanco, Christian Peña, Manuel de J. Jiménez y Eduardo de Gortari, por citar sólo a los autores nacidos en la década de los ochenta. Inicia con Flor Aguilera García y termina con Iván Ortega López. Hay poemas bien logrados, además de los escritos por los autores arriba mencionados, como “Segundos errores de razonamiento” de Alejandro Tarrab, “Truco gastado” de Luigi Amara, un fragmento de “Hospital de cardiología” de Pedro Guzmán, “Estruendo para un lamento” de Abraham Chinchillas, “La belleza de empollar huevos azules para desteñir de nuevo el cielo y entinte de mar el sol” de Adriana Tafoya, “Galope” de Marcela Guerrero, “(1985, para Víctor Test)” de Eduardo Saravia, “El que no esté libre de pecado que arroje la primera letra” de Eduardo Villaseñor, “El tren” de Fernando Corona, “Pasturas” de Hernán Bravo Varela, “Solidificación de la clepsidra y desvanecimiento de los elementos corpóreos” de Andrés Cisneros de la Cruz, “Canción sin gansos” de Óscar de Pablo, “Corifeo” de Iván Cruz Osorio, “Estación” de Javier Peñalosa, “Desmemoriar” de Anaïs Abreu, “El viernes de quincena es una balada para nosotros” de Sergio Loo, “Ó” de Inti García Santamarina, “Cena para dos” de Svetlana Pribilowska Garza, “Disolución” de Aurelio Meza, los textos de Tania Carrera y Daniel Malpica, Víctor Ibarra e Iván Ortega López.

Los más lindos poemas (Minerva Reynosa y Maricela Guerrero, Mantarraya Ediciones, 2011) es una especie de divertimento. Como su nombre lo indica, textos bien logrados que tampoco tienen la intención de formar una antología sino más bien concluir una convocatoria. El resultado son 21 poetas nacidos entre 1972 y 1980. Una rara mezcla de fraternidad y buena vibra.

Los trabajos más recientes incluyen a las entregas novísimas. Astronave. Panorámica de poesía mexicana (1985-1993) (Gerardo Grande y Manuel de J. Jiménez) y Poetas parricidas (generación de entre siglos) (Cuadrivio, 2014). El primero se armó con textos de 30 nombres que se abren camino en la poesía. El segundo integra a 30 autores seleccionados mediante convocatoria por Luigi Amara, María Baranda, Armando González Torres y Armando Oviedo. A estas alturas los de mayor edad estarán pasando el umbral de los 25 años.

A punto de cerrar estas notas casi se me traspapela Muestra de literatura joven de México, realizada por la Fundación para las Letras Mexicanas que ofrece parte de los resultados de 21 poetas que han sido becarios de esa institución.

No puede haber conclusión en el panorama de las antologías. Más bien la invitación a leer a nuestros poetas, que nadan a brazo partido para llegar a la otra orilla, como en su momento lo hicieron López Velarde, Becerra, Pacheco y Lizalde.

¿Dónde están las obras maduras de los poetas de mi generación?, pregunta Julián Herbert en Caníbal. Apuntes sobre la poesía mexicana reciente (Bonobos, 2010). Habrá que buscarlas, sumergirse al fondo del asfalto, del mar, la arena, el desierto o de lo que sea para desentrañar hacia dónde apunta la obra de las nuevas voces.

Lectores de hoy, no busquemos la poesía en el río de la vida que sigue su cauce veloz e indiferente, sino en las márgenes de su corriente o en aguas profundas. Cuando pienso esto recuerdo con nostalgia libros como El pobrecito señor X, de Ricardo Castillo, un poemario de 1976 que abrió camino a los oficiantes de la poesía de las décadas siguientes. O en Isla de raíz amarga, insomne raíz de Jaime Reyes, publicado en el mismo año que El pobrecito señor X. ¿Cuáles serían sus pares de hoy? No ya en el sentido temático, sino en la fuerza, la herida, el desencanto, la cicatriz, la ironía, los dados lanzados con arrojo.

Los poetas nacidos en los años cuarenta y en la década siguiente van por los senderos que se bifurcan con sus sendas antologías o con su poesía reunida. Es el caso de Ricardo Yáñez (1948): Desandar (fce, 2014). David Huerta (1949): La mancha en el espejo, 1972-2011 (Fondo de Cultura Económica, 2013). José Luis Rivas (1950): Paraíso para todos. Antología poética, 1982-1914 (Vaso Roto, 2014). Vicente Quirarte (1954): Razones del samurái, 1978-1999 (unam, 2001). Luis Miguel Aguilar (1956): El minuto difícil, 1979-2007 (unam, 2009). José Ángel Leyva (Destiempo. Antología personal, 2009-1992 (unam, 2012). Francisco Segovia (1958): Aire común. Poesía reunida, 1994-2011 (Conaculta, 2014).

Volviendo a las antologías pienso que una antología es como la criba del albañil, lo que queda es la arena más fina que se utiliza para realizar los acabados de la casa o para pegar los ladrillos. Los poetas no son peritas en dulce, los antólogos menos, pero las antologías son un pie de casa para el lector que se inicia y un vestigio en el tiempo para la arqueología literaria. Nos guste o no el material y los criterios con que fueron hechas.

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Lo fugitivo
permanece

Las antologías citadas, de aquel tiempo a esta parte (2000-20015) incluyen a autores que han dado ya algunos títulos consistentes que merecen releerse: Galería de armas rotas de Luis Jorge Boone (Monclova, Coahuila, 1977), en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Imago prima de Alí Calderón (Puebla, 1982); publicado por la Universidad Autónoma de Zacatecas en 2005, obtuvo un año antes el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde. Dime dónde, en qué país de Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949), editado bajo el sello de Visor en 2010, obtuvo el XXXI Premio Internacional de poesía Ciudad de Melilla. Tránsito de Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982), publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2011, obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía para Obra Publicada (inba-Gobierno de Tabasco) 2012. Cartografía del tiempo de Dalí Corona (Ciudad de México, 1983), Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012. Non Serviam de Eduardo Saravia (Ciudad de México, 1977), Gobierno del Estado de México, 2012. Te diría que fuéramos al Río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto de Jorge Humberto Chávez (Ciudad Juárez, Chihuahua, 1959); publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2013, obtuvo ese año el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes. Guía de forasteros de Jorge Ortega (Mexicali, Baja California, 1972), editado por Bonobos y Conaculta en 2014. Piedra de Jehú Coronado (Monterrey, 1987), Atrasalante, 2014. El libro de los oficios tristes de Miguel Maldonado (Puebla, 1976), Ediciones Monte Carmelo, 2015.

Agustí Bartra tiene razón cuando dice: “La poesía, como el famoso gato, no se deja agarrar por la cola, y en cuanto a la flotante sonrisa, se desvanece al más leve soplo de la lógica.”

 
 
 

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fecha 4 de julio de 2015 00:07
ultima modificacion Ultima modificación: 19:53
autor Por: Margarito Cuéllar
 
 
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