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Panorama de la literatura mexicana • III ¦ Ensayistas para un nuevo siglo (2000-2015)

Con esta entrega, El Cultural termina una serie, un primer acercamiento para distinguir —en sus diversos géneros— el paisaje de las letras mexicanas al inicio del siglo XXI. El turno corresponde a “la situación del ensayo”. Geney Beltrán Félix observa una comunidad de escritores “con formaciones y tendencias varias y hasta contrapuestas”, donde coinciden generaciones e intereses múltiples que descalifican la ilusión de pensar en el ensayo mexicano del nuevo siglo como una ruta que avanza en un solo sentido.

 

Conviven hoy, en el espacio de la literatura mexicana, lo mismo autores de más de noventa años de edad que otros de veinte. Se trata de un momento de abundante producción literaria, forjada por escritores nacidos en ocho décadas diferentes, entre la de 1920 y la de 1990, y quienes de una u otra forma reciben los auspicios de un sistema estatal de mecenazgo —becas, premios, ediciones—, aunque la sociedad carece de un circuito de librerías, bibliotecas y clubes de lectura que aseguren el movimiento de las obras más allá de las grandes capitales. En este panorama, ¿cuál es la situación del ensayo? La escritura del pensamiento, dedicada al examen y el diálogo, vive ciertamente una época de vitalidad creativa —engarzada con lo que ya podríamos llamar una tradición, la que dio obras valiosas a lo largo del siglo XX—, aunque se trata de libros que frecuentemente tienen tirajes reducidos y apenas logran repercusión en el propio medio letrado.

Ante esta falta de una interlocución más amplia y permanente, destino que el género comparte con la poesía y el cuento, ¿algún factor distintivo nos indicaría que nos encontramos en una nueva etapa, por el hecho de hallarnos en una nueva centuria? ¿La condición para pertenecer al XXI se halla en la arbitrariedad de tener menos de cuarenta años y, por ese accidente, no haber publicado nada el siglo anterior? Ante una comunidad de escritores en activo tan numerosa, con formaciones y tendencias variadas y hasta contrapuestas, ¿no es injusto hablar de una literatura mexicana del siglo XXI?

Ante la sospecha de que el cambio de siglo en la escritura es una superstición impuesta por el sistema decimal, y de que los historiadores literarios del futuro tendrán, ellos sí, mayor perspectiva para delimitar las fronteras temporales con otros criterios, planteo un recorrido más personal que exhaustivo, un itinerario que se sustenta en una trayectoria dispersa y lúdica de lecturas, por una serie de ensayistas mexicanos cuya principal condición sería la de haber aportado piezas de interés al género en los 15 años últimos, aunque sus planteamientos sean vivamente debatibles. Más que en el año de nacimiento de los autores, me detengo en el horizonte futuro de lecturas que el género puede tener para este tiempo que viene.

LA FORMA CLÁSICA

La figura mayor del ensayo en sus términos clásicos es un médico nacido en la colonia Obrera de la ciudad de México en 1936, radicado desde su juventud en Estados Unidos y quien ha escrito, en inglés y en español, con erudición, humor y una socrática inteligencia sobre asuntos que conjugan los territorios de la ciencia y las humanidades. Francisco González Crussí, quien se dio a conocer en 1985 con Notas de un anatomista (traducido por el FCE en 1990), cuenta en el nuevo siglo con por lo menos tres creaciones de estatura superior: Nacer y otras dificultades (Debate, 2004), Ver. Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas (FCE, 2006) y El rostro y el alma (Debate, 2014), este último escrito ya directamente en español.

Patólogo de formación, González Crussí tiene una perspectiva humanista para acercarse a las regiones íntimas o rechazadas —y usualmente poco exploradas— del cuerpo humano, siempre con un ánimo no comprometido por alcanzar verdades imbatibles, sino propuesto en explorar intuiciones y posibilidades con un inagotable aunque siempre bien temperado arsenal de fuentes clásicas y contemporáneas, además de una prosa que, en español o en inglés, brilla por su contención, filo irónico y gracia. No es sorprendente que un ensayista que ha escrito poco más de la mitad de sus obras en inglés, su lengua adoptiva, forme parte de la literatura mexicana. Esa condición de extranjería lingüística —ya Carlos Monsiváis se declaraba pertenecer a la “primera generación de norteamericanos nacidos en México”— no ha evitado que el autor inserte en su escritura una mirada inquisitiva y de curiosidad como la de quien se ha colocado en los márgenes para ver de forma menos sesgada sus objetos de cavilación. Y, debido a que hasta los últimos años González Crussí ha sido un “autor de culto”, conocido por una cofradía entusiasta pero reducida de lectores, podemos sospechar que, con todo y ya rondar las ocho décadas de vida, es indudablemente un ensayista para el siglo XXI.

No es González Crussí el único que ejerce su especulación en los caminos originarios del ensayo, en la vena de Michel de Montaigne. Con variadas dosis de escepticismo, ingenio y carisma en la prosa, lo encontramos en escritores como Álvaro Uribe (La parte ideal, DGE Equilibrista/UNAM, 2006), Malva Flores (La culpa es por cantar, Literal Publishing/Conaculta, 2014) o Guillermo Fadanelli (Elogio de la vagancia, Lumen, 2007). Con También Berlín se olvida (Tusquets, 2004, recientemente reeditado por Sexto Piso), Fabio Morábito (Alejandría, 1955) se presentó con una mirada fisgona y vagabunda por las calles de la capital alemana. Este pequeño libro exhibió la prosa limpia y puntual que ya había dejado ver el autor en sus tomos de cuentos (La lenta furia y La vida ordenada), al lado de las inclinaciones por la, aun así, esquiva escritura memorialística y la juguetona prospección del absurdo. Morábito ratificó su soltura y dominio de las libres reglas del ensayo personal con El idioma materno (Sexto Piso, 2014), una colección de textos ceñidos e insinuantes en torno a la escritura, la infancia, la lengua, la traición, y que, adentrándose también en los ámbitos de la ficción y el apólogo, podrían leerse como los escolios huidizos de una autobiografía intelectual.

La poeta Tedi López Mills (Ciudad de México, 1959) ha entrado en el género con el Libro de las explicaciones (Almadía, 2012), una obra aún mal leída en la que la voz que reflexiona se da a la tarea de asediar con una visión desprejuiciada una serie de asuntos que, por su inmediatez cotidiana, se suelen dar por vistos: desde las vicisitudes del nombre propio (o impropio, en su caso, por su rareza), las formas de construcción de la realidad, el andamiaje vivencial que hay detrás de la lectura, las costumbres de lo nimio que sin embargo caracterizan de forma inevitable nuestra individualidad...

Es de llamar la atención que la forma clásica del ensayo se ha vuelto más discernible incluso para los escritores de las promociones más recientes, como Gabriel Bernal Granados (La guerra fue breve, Magenta, 2009), Verónica Gerber Bicecci (Mudanza, Taller Ditoria, 2010), Valeria Luiselli (Papeles falsos, Sexto Piso, 2010), Guillermo Espinosa Estrada (La sonrisa de la desilusión, Tumbona, 2011), Paola Velasco (Veredas para un centauro, UAM, 2012), Jazmina Barrera Velázquez (Cuerpo extraño, Literal Publishing, 2013) o Luigi Amara (La Escuela del Aburrimiento, Sexto Piso, 2012), entre otros. En este renglón Vivian Abenshushan (Ciudad de México, 1972) se dio a conocer con Una habitación desordenada (DGE Equilibrista/UNAM, 2007), en el que, con una prosa serena, capaz de registrar los matices de lo personal (subir una escalera, rascarse la cabeza) como quien se acerca a una realidad ajena o desconocida, las claves del ensayo a la Montaigne se ven retomadas para refrendar la primacía del asombro, el cuestionamiento y el merodeo que no concluye pero remueve los espacios en que predomina lo usual o establecido. En su segundo libro, Escritos para desocupados (Sur+, 2013), Abenshushan ha llevado su percepción desde la primera serenidad hacia una posición combativa, agradeciblemente levantisca y no exenta de contradicciones, sacando al género de las comodidades contemplativas para plantarlo ante la escena contemporánea.

EL PENSAMIENTO LITERARIO

El ensayo dedicado a la exégesis literaria es una deriva predominante en las letras mexicanas. Se trata del natural movimiento que hay en la inteligencia a revisar e interpretar las creaciones del espíritu, no como un signo de aislamiento o de conversación exclusiva para los pares, sino con el propósito de hurgar argumentadamente en las obras para ampliar las perspectivas del diálogo crítico. De entre los decanos habría que mencionar a Sergio Pitol (1933) con El mago de Viena (FCE/Pre-Textos, 2005) y El tercer personaje (Era, 2013), paseos por las lecturas y amistades que han dado materia al continente literario distinguible en su obra, y a José de la Colina (Santander, 1934) con sus gozosas Libertades imaginarias (Aldus, 2001), parcialmente retomadas en De libertades fantasmas o de la literatura como juego (FCE, 2013). De la Colina no sólo hace recordar a sus lectores el sello de su prosa coqueta y chispeante, sino que navega por el género ensayístico para hacer la revaloración de ciertas esquinas consideradas menores de la expresión literaria por darle primacía a los juegos del humor y la libertad creativa.

Esther Seligson (Ciudad de México, 1941-2010) mantuvo en vida un perfil discreto y distante. A esto contribuyó su decisión de publicar en sellos independientes o universitarios y su temperamento arisco ante las cortesanías que rigen el mercado de los prestigios, así como el carácter denso y exigente de su prosa, un tejido numeroso en intuiciones y con una concentración expresiva resultado de profundos y sinuosos procesos de pensamiento. Como ensayista, Seligson publicó en 2005 una amplia antología de título A campo traviesa (FCE), en que puso en movimiento textos ya inencontrables editados aquí y allá durante las últimas tres décadas del XX. Póstumamente se dio a conocer el tomo Escritos a máquina (UNAM, 2012). La mirada de Seligson —por lo demás una poderosa prosista en el campo de la ficción, como comprueba quien se acerque a los relatos de Hebras (1996) o a su novela La morada en el tiempo (1981)— mostró sus intereses diversos: la poesía, la traducción, la filosofía, el teatro, la religión, y se manifestó en general en torno a presencias centrales de su cosmovisión personal: Cioran, Jabès, Levinas, Jankélévitch, Yourcenar, Woolf, Lispector, Garro, en ejercicios de admiración que no estaban privados de la trasposición personal y la pregunta cuidadosamente iluminadora.

La aportación de José María Pérez Gay (Ciudad de México, 1944-2013) fue su búsqueda de establecer un puente entre la literatura mexicana y la expresión de lengua alemana. El autor ya conocido por El imperio perdido (1991), un libro escrito con pasión no inferior a la voracidad intelectual, vio impreso, un año antes de su muerte, el volumen La profecía de la memoria (Cal y Arena), con perfiles exhaustivamente lúcidos en torno a personalidades de la cultura germanófona como Hannah Arendt o Peter Sloterdijk.

Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) se ha convertido en el ejemplo más vivo del escritor de múltiples talentos y vocaciones temáticas y genéricas, en el mismo tenor de nombres ya clásicos como Alfonso Reyes y José Emilio Pacheco. Además de sus reconocidos alcances en la crónica, la ficción y, recientemente, la dramaturgia, Villoro ha tenido una residencia constante en las provincias del ensayo. Ya había dado muestra en Efectos personales (Era, 2001) de las virtudes que aparecen en los textos de De eso se trata (Anagrama, 2008): inteligencia vivaz y penetrante, agudas capacidades de asociación, erudición universal mas nunca aplastante y una prosa exacta de cariz aforístico, cualidades estas llevadas a un ejercicio en que se imbrican los perfiles vital y literario de sus temas de reflexión, lo mismo Cervantes que Chéjov, Lichtenberg que Saer, es decir: sin una geografía excluyente ni una temporalidad exclusiva, Villoro se apropia de las derivas presentes en autores trascendentes para darle un régimen privilegiado al acto de leer y comentar lo leído.

Presencia incómoda pero necesaria, la del crítico está siempre bajo sospecha, y a menudo implica una petición de cumplimiento imposible: la infalibilidad en el juicio. Nadie como Christopher Domínguez Michael (Ciudad de México, 1963) ha conocido el reconocimiento y el denuesto por desempeñar un papel polemista sin el cual las literaturas se anquilosan. Sin embargo, como también podemos decir de José Joaquín Blanco, Guillermo Sheridan o Evodio Escalante, Domínguez es un crítico que, más allá de la fugacidad del reseñista, se ha planteado legar una obra de fuste ensayístico: sus textos de exégesis superan usualmente con fortuna la coyuntura que les da origen. De entre su producción en el siglo XXI el tomo más debatido y debatible ha sido el Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) (FCE, 2007), en el que no sólo hizo ver su innegable don para la crítica contextual sino también, en más de un caso, su agenda de amistades. Me detengo en El XIX en el XXI (Sexto Piso, 2010), una galería de textos sobre literatura moderna que, además de una prosa elegante y ágil, jamás carente de gracia, manifiestan sapiencia y gozo reflexivo y que pueden funcionar para el lector inicial como una introducción a la obra de un puñado de gigantes literarios de la modernidad, de Chateaubriand y Balzac a Tolstoi y, por supuesto, el reivindicado Sainte-Beuve.

Temiendo incurrir inevitablemente en el listado de nombres, y no sin hacer la salvedad de lo arbitrario e incompleto que todo listado deviene, no podría dejar este apartado sobre ensayos en torno a asuntos literarios sin llamar la atención sobre autores y libros dirigidos a quienes no conciben la lectura sin el complemento impugnable y apasionado del comentario. Menciono aquí a críticos de trayectoria como José Joaquín Blanco (La soledad de los optimistas, Cal y Arena, 2004), Daniel González Dueñas (Libro de Nadie, FCE, 2003), Liliana Weinberg (Pensar el ensayo, Siglo XXI), Fabienne Bradu (Los escritores salvajes, Conaculta, 2011) y Fernando Fernández (Ni sombra de disturbio, Auieo/Conaculta, 2014), así como a voces nuevas que, ya plenamente insertas en el espacio académico, han refrescado sus acercamientos con disciplina y rigor teórico, como la refrescantemente heterodoxa Cristina Rivera Garza (Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación, Tusquets, 2013), Ignacio Sánchez Prado (Intermitencias americanistas, UNAM, 2012), José Mariano Leyva (Perversos y pesimistas, Tusquets, 2013) y Rogelio Guedea (Reloj de pulso, UNAM, 2011).

La sociedad y la cultura, a examen

El veterano infatigable de ese rubro polémico que llamamos “crítica de la vida cultural” es el poeta Gabriel Zaid (Monterrey, 1934), quien con El secreto de la fama (Debate, 2010) dio un ejemplo más de su precisión insobornable a la hora de ejercer el examen en torno a las encrucijadas e idiosincrasias del escenario cultural. Es la suya una escritura que con visión cristalina desmenuza, inquiere, discierne y hace las preguntas necesarias para recolocar las inercias bajo una luz despiadada con la mediocridad y las complacencias. Esta deriva la hallamos en no pocos autores mexicanos, pues resulta incontestable que Zaid ha hecho escuela.

Armando González Torres (Ciudad de México, 1964) es un comentarista acucioso y conocedor a la hora de disertar sobre asuntos literarios, pero no es menos incisivo en sus acercamientos a la república de la cultura. Un libro como Del crepúsculo de los clérigos (Terracota, 2008) es sintomático de sus aproximaciones: revisa en sus páginas el ocaso de la figura del intelectual público y somete a examen a tres efigies totémicas de la cultura: Octavio Paz, Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis. Sin aspavientos tajantes ni requisitos de conductas intachables, la prosa de González Torres sabe colocar a sus escudriñados en un contexto superior al de su sola obra y de sus limitados temperamentos morales.

Juan Domingo Argüelles (Chetumal, 1958), por su parte, ha enfocado sus habilidades analíticas a los estudios sobre el fenómeno de la lectura, su promoción institucional, el placer del conocimiento y las libertades del intelecto en el entorno de una sociedad, como la mexicana, con hondos problemas sociales, como hizo evidente desde ¿Qué leen los que no leen? (Paidós, 2003; reeditado y ampliado en 2014). Su postura es antisolemne y crítica de los tópicos y prejuicios que asignan al hábito lector prodigiosas cualidades morales y políticas; lo que Domingo Argüelles busca es resituar la reflexión en torno a la lectura en la órbita de la individualidad, el ludismo y el saber.

Uno de los discernimientos más inabarcables de la cultura hispanoamericana, Carlos Monsiváis (Ciudad de México, 1938-2010) a lo largo de su última década se mantuvo activo en los diferentes rubros en que fundó su obra, cuya exégesis demandaría varios tomos de una enciclopedia. De entre su última cosecha, La cultura mexicana en el siglo XX (El Colegio de México, 2010) o Misógino feminista (Océano/Debate Feminista, 2013) dan cuenta de la avidez de un temperamento dedicado al oficio de la recensión crítica de los cauces sociales y culturales.

No desmerece de esta herencia Enrique Serna (Ciudad de México, 1959). Él es no sólo uno de los principales novelistas y cuentistas de la lengua sino también un pensador brillante, severo aunque no dogmático y, eso sí, casi siempre dotado de un talante polemista que lo mismo deambula por las callejones de la vida amorosa y la idiosincrasia urbana que de los ocios, el espectáculo, la política y, claro, la misma escena de las artes. Giros negros (Cal y Arena, 2008) es un libro corrosivo, escrito con profusas cuotas de humor satírico, que no se permite soltar a sus presas aunque tampoco asume una postura de moralidad superior. Con una estructura unitaria, Genealogía de la soberbia intelectual (Aguilar, 2013) hace una disección de las raíces de un fenómeno que contamina la conversación cultural y que mantiene sus galones desde sitios privilegiados: la delimitación arrogante de los saberes como monopolio de corporaciones mínimas en su conformación y alcances.

Arduo sería no sorprenderse por la visión de Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950) quien, así como se ha adentrado en la ficción y la crónica, ha también creado una obra ensayística de magnitud dilatada. Destaco su aportación más reciente, Campo de guerra (Anagrama, 2014), ensayo que, con una prosa seca y directa, en que priman el dato estadístico y la referencia periodística concreta, disecciona un devenir reciente de espeluznantes repercusiones: la operación llevada a cabo por el gobierno de Estados Unidos que, usando como coartada la lucha contra el terrorismo, han impuesto un modelo de control geopolítico sustentado en el espionaje, la apertura de los mercados y la sanción del credo neoliberal como única opción.

Aunque sólo ha publicado un libro en el género (Contra la vida activa, Tumbona, 2008), Rafael Lemus (Ciudad de México, 1977) ejerció durante varios años la escritura ensayística desde la tribuna de la crítica de novedades literarias con un ánimo provocador y una prosa visceral y desafiante. Es el suyo un caso que, como el de Heriberto Yépez (La increíble hazaña de ser mexicano, Planeta, 2010) levanta la controversia: su osadía en el disenso enfático ha sido vista como pretexto para la descalificación moral. Lemus ha sido reacio a convocar en un libro sus asistencias en la discusión, e incluso su mirada analítica, que no ha perdido contundencia y filo fustigador, se ha mudado de temas de reflexión para fincarse en el análisis social y político, ahora difundido desde las trincheras virtuales.

Cerraré este recorrido con una de las promesas más entusiastas del ensayo mexicano. Marina Azahua (Ciudad de México, 1983) debutó con el libro Retrato involuntario (Tusquets, 2014). Se trata de una indagación en torno a la imagen fotográfica hecha sin el consentimiento del fotografiado, es decir, en una situación que usualmente involucra un tenor humillante o de abuso de poder (los prisioneros de Abu Ghraib, por ejemplo). La autora despliega inteligencia e imaginación crítica, un generoso conocimiento del tema así como una prosa diestra en la precisión argumentativa e imbuida de sensibilidad por los detalles y las aristas no visibles. Como es el ejemplo de los autores aquí glosados que, considero, han sostenido la usanza voraz y rigurosa del ensayo en México, Azahua hace de la reflexión un viaje compartido.

 
 
 

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fecha 11 de julio de 2015 01:04
ultima modificacion Ultima modificación: 11:54
autor Por: Geney Beltrán Félix
 
 
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