Diario La Razón
Sábado 19 de Agosto | 12:43 am
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Del corazón al cerebro

Desde las creencias de los griegos sobre la ubicación del alma hasta una breve descripción de las técnicas actuales para medir la actividad cerebral, este texto nos acerca a la labor de los neurocientíficos al estudiar la mente.

 
Tell me where is fancie bred,
Or in the heart or in the head?

William Shakespeare

· Hipócrates
de Cos, profeta
de la neurología

Hace aproximadamente 2 mil 500 años, Aristóteles afirmó y reiteró en diversas obras que el intelecto y la percepción estaban alojados en el corazón. No fue el primero. Siglos de filosofía antigua —china, hebrea, hindú, egipcia— habían apuntado ya hacia esa masa palpitante al centro del pecho como el motor donde se originaba nuestro ser. La fisiología de Aristóteles —basada en los cuatro elementos y sus propiedades esenciales— sostenía que el corazón era un órgano cálido; y el cerebro, un órgano frío. ¿Cómo podría estar entonces la percepción en un órgano frío, si el calor era la propiedad imprescindible que distinguía a los seres animados de los inanimados? Para Aristóteles, el cerebro no era sino el órgano que enfriaba las pasiones del corazón y regulaba la temperatura del sistema corporal.

A pesar de lo poético de su fisiología, Aristóteles se equivocaba.

En la Antigua Grecia, fueron los médicos y no los filósofos quienes desviaron la vista del corazón para posarla en el cerebro. Hipócrates de Cos, padre de la medicina, escribió su disertación Sobre la enfermedad sagrada, alrededor del año 400 a. C. En ella desmitificó la epilepsia, al afirmar por primera vez que la causa de este padecimiento era un trastorno orgánico —no una posesión demoniaca— originado en el cerebro. Y escribió el siguiente párrafo, sorprendentemente adelantado a su época:

El hombre debería saber que del cerebro y sólo del cerebro vienen las alegrías, los placeres, la risa y la broma, y también las tristezas, la aflicción, el abatimiento, y los lamentos. Y con el mismo órgano, de una manera especial, adquirimos el juicio y el saber, la vista y el oído, y sabemos lo que está bien y lo que está mal, lo que es trampa y lo que es justo, lo que es dulce y lo que es insípido... Y a través del mismo órgano nos volvemos locos y delirantes, y el miedo y los terrores nos asaltan, algunos de noche y otros de día, así como los sueños y los delirios indeseables, las preocupaciones que no tienen razón de ser, la ignorancia de las circunstancias presentes, el desasosiego y la torpeza. Todas estas cosas las sufrimos desde el cerebro, cuando éste se enferma… Así, soy de la opinión de que el cerebro ejerce el mayor poder en el hombre.

· Neuroimagen:
Ventanas
a la mente

Imaginemos un viaje desde la era de Hipócrates hasta un futuro lejano, en el que la tecnología alcanza el desarrollo suficiente para poder observar cambios físicos en la actividad del cerebro: por ejemplo, cuando un sujeto realiza una tarea, cuando interactúa con el mundo a su alrededor, o en medio de sus divagaciones. En realidad no necesitamos viajar al futuro: en los últimos cincuenta años, el desarrollo de instrumentos para medir fenómenos fisiológicos, sumados a programas informáticos de procesamiento de datos, ha dado lugar a la neuroimagen funcional, que nos permite acceder no sólo a la anatomía del cerebro sino a sus patrones de actividad en tiempo real.

La primera técnica que permitió observar la actividad cerebral fue el electroencefalograma. En 1929, Hans Berger, un psiquiatra alemán, grabó los cambios eléctricos que sucedían en la corteza cerebral humana a través de electrodos pegados al cráneo. Hoy en día, los refinamientos de esta técnica nos permiten observar y analizar los cambios que ocurren después de recibir un estímulo o realizar una tarea.

Una limitación de este método, entre otras, es que debido a la naturaleza del flujo eléctrico que se conduce de un lugar a otro con facilidad, no es sencillo saber dónde se generan esos patrones con exactitud. Además, desde el cráneo podemos acceder sólo a las neuronas que están en la superficie del cerebro —la corteza cerebral—, y no registramos la actividad de otras estructuras más profundas. Sin embargo, su capacidad de registrar la actividad eléctrica sólo diez milisegundos después de que suceda vuelve muy útil al electroencefalograma para analizar la actividad del cerebro en tiempo real.

Otro método de neuroimagen, la resonancia magnética funcional, mide los cambios del flujo sanguíneo en el cerebro. Dado que las neuronas requieren de oxígeno —suministrado por la sangre— para poder realizar sus procesos, este método resalta las áreas cerebrales donde las neuronas están más activas, y donde la tecnología permite localizar esta actividad en un mapa muy preciso de la anatomía cerebral del sujeto en observación.

Es un método mucho más eficiente que el electroencefalograma para localizar las zonas activas; sin embargo, pasan varios segundos antes de que los cambios puedan ser observados, y en consecuencia no podemos registrar la actividad cerebral en tiempo real.

A pesar de las limitaciones actuales, hoy en día el desarrollo de otros métodos como el magnetoencefalograma o la infraespectroscopía, así como la combinación de aquellos descritos anteriormente, buscan abrir nuevas ventanas para indagar lo que sucede en la masa encefálica de un sujeto mientras experimenta su vida mental.

Sumado al conocimiento de lo que sucede en las neuronas y sus células de soporte, a los avances en genética y biología molecular y los descubrimientos de la neurología y neuropsiquiatría, la neuroimagen nos acerca un paso más a comprobar lo que Antonio Damasio llamó “el error de Descartes”: suponer que mente y cuerpo son entidades distintas. (Según Descartes, “el alma es un fantasma en la máquina del cuerpo”.)

Nuestro cerebro contiene más de diez billones de neuronas, y cada una de ellas puede conectarse con cientos de otras a su alrededor. Además, gran parte de las actividades de nuestro sistema nervioso suceden sin cruzar el umbral de nuestra conciencia, lo cual deja un enorme hueco entre lo que detecta la neuroimagen y la experiencia consciente —incompleta— de la persona que estudiamos.

De modo que los neurocientíficos, como los amorosos de Sabines, jugamos todavía “a coger el agua, a tatuar el humo”. Por impresionantes que parezcan los aparatos con que medimos la actividad cerebral, diversos aspectos de la mente evaden todavía nuestra búsqueda. Pero la labor sigue tejiéndose, como una tela de araña, día con día. En la actualidad, cientos de miles de científicos elaboran planteamientos inteligentes que desarrollan mediante experimentos con las máquinas de neuroimagen. Esto, con la esperanza de encontrar muy pronto —sumados al conocimiento de otras disciplinas y el avance de la tecnología— nuevas piezas del acertijo, para entender así los mecanismos por los cuales un órgano que parecía inescrutable hace posible todo aquello que afirmó el padre de la medicina hace más de dos mil años.

 
 
 

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fecha 18 de julio de 2015 01:23
ultima modificacion Ultima modificación: 17:21
autor Por: Fernanda Pérez Gay J.
 
 
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