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Una Nueva Historia para Francia

Presentamos este comentario al libro que ha causado revuelo al abordar una Historia mundial de Francia desde ángulos inusitados y no ajenos a la provocación. La brillante lectura de Robert Darnton lo vincula desde el origen de la especie humana hasta las resonancias y continuidades, los contrastes y encrucijadas que perfilan el debate contemporáneo —justo en la víspera de la segunda y decisiva vuelta electoral en Francia— en favor y en contra de la inmigración o la integración global, entre otros temas. Reconocemos la generosidad del doctor Darnton por compartir su ensayo con los lectores de El Cultural.
 
Por Robert Darnton

Traducción Antonio Saborit

Una de las bombas que cayeron durante la actual campaña por la presidencia de Francia es la Historia mundial de Francia, un tomo de ochocientas páginas que revisa 40 mil años de la historia francesa. Una obra colectiva escrita por 122 académicos bajo la dirección de Patrick Boucheron, distinguido medievalista del Colegio de Francia, difícilmente parecería destinada a llegar a las listas de los best sellers cuando apareció en el mes de enero. Pero los franceses la compraron como pan caliente: para mediados de marzo se habían vendido 70 mil ejemplares y las ventas siguen fuertes. Luego de varias décadas de somnolencia, la historia académica se convirtió en un hit.

Aunque el libro debe mucho de su éxito al talento de sus autores, su publicación fue perfectamente sincronizada para causar revuelo durante la campaña electoral. La historia ha sido siempre un campo de batalla en Francia. Como observara Éric Zemmour, periodista e historiador de derecha, en una áspera reseña en Le Figaro, “la Historia es guerra. No sólo la historia de la guerra sino la guerra de la historia”. Y condenó a la Historia mundial de Francia como un ataque contra la identidad de Francia y un intento por destruir la “narrativa nacional” (“la novela nacional”) en el corazón de lo que significa ser francés.

Alain Finkielkraut, filósofo conservador y miembro de la Academia Francesa, execró del libro en una reseña igualmente violenta: “Los autores de la Historia mundial de Francia son los grandes sepultureros de la gran tradición francesa”. Otros comentaristas del ala derecha han reiterado ese mismo tema. Michael Jeaubelaux, un blogger que apoyó a François Fillon, el candidado conservador a la presidencia, escribió: “Cuando el Colegio de Francia sepulta a Francia y a los franceses, es urgente que el pueblo tome el poder en contra de aquellos que reciben su paga para destruir nuestro país, su historia, su herencia, su cultura”.

¿Por qué esta furia? Al elegir presidente, los franceses votarán, al menos en parte, por una interpretación de la historia de Francia. Cuando Fillon lanzó su campaña en agosto pasado, proclamó que él cambiaría la forma en que la historia se enseña en las escuelas primarias: “Si soy elegido como presidente de la República, solicitaré a tres académicos que busquen el mejor consejo a fin de reescribir los programas de historia en torno a la idea de la historia nacional [el récit national]”. Describió su visión del pasado de Francia como “una historia formada por hombres y mujeres, por símbolos, lugares, monumentos y hechos que obtienen su sentido y significación desde la construcción progresiva de la singular civilización francesa”.

A la derecha de Fillon, Marine Le Pen, la candidata del Frente Nacional, ha insistido en la necesidad de “volver a aprender la historia de Francia —toda la historia de Francia, la más positiva, la más prestigiosa— para que cada francés tenga conciencia y se sienta orgulloso de su pasado”. En la práctica, explicó, esto implicaría eliminar en la escuela primaria las referencias a la Segunda Guerra Mundial y el colonialismo.

La Historia mundial de Francia no menciona la política actual, pero no necesita hacerlo. Su publicación durante el apogeo de la campaña presidencial fue vista por la derecha como una provocación, y los ataques que recibió la convirtieron en algo así como un succès de scandale. (Antes de publicar su reseña en Le Figaro, Finkielkraut hizo declaraciones en contra del libro durante una sesión en la Academia Francesa). Los periódicos de izquierda, incluidos Libération y Le Monde, publicaron reseñas positivas. La recibieron como un esfuerzo de los historiadores académicos por llegar al público en general, con una idea de la historia francesa que tomaría en cuenta el debate contemporáneo sobre los efectos de la globalización.

En contraste con otras historias, lo que hace “global” a esta Historia mundial de Francia es su énfasis en elementos no-franceses que siempre han saturado la vida en Francia y que llegan de todo el mundo. Hay capítulos, por ejemplo, sobre la primera traducción del Corán al latín, realizada en 1143 por Pierre le Vénérable; sobre la adquisición del Atlas Catalán —un inmenso mapa del mundo, iluminado y elaborado por un cartógrafo judío de Mallorca— para la biblioteca real de Charles V en 1380; y sobre la recepción de los opulentos delegados persas a cargo de Louis XIV en Versalles, 1715. El libro rechaza la noción de una identidad francesa que haya existido desde el origen —un origen asociado con el cliché de “nuestros ancestros los galos”— y que se haya refinado a lo largo de los siglos para conformar una civilización distinta y de una riqueza singular.

La “identidad” es un término favorito en el ala conservadora de la política francesa. Nicolas Sarkozy creó un Ministerio de Inmigración, Integración, Identidad Nacional y Codesarrollo poco después de su elección como presidente en 2007. Cuando los políticos invocan la “identidad nacional” en la actual campaña, juegan con el miedo a los terroristas islámicos, la inmigración y la influencia extranjera en general —incluso, en el caso de Marine Le Pen, el miedo a que la esencia francesa sea destruida porque Francia forma parte de la Unión Europea.

Al margen de su importancia como un síntoma del discurso político actual, la Historia mundial de Francia merece ser considerada por derecho propio como un nuevo intento por cambiar la manera en que se entiende la historia de Francia. Aunque fue escrita por autores académicos y está repleta de detalles esotéricos, se dirige al público en general. Consta de 146 capítulos, cada uno tiene cuatro o cinco páginas de extensión y corresponde a un año en particular. Se suceden en orden cronológico, pero no se conectan de alguna forma para generar una narrativa. De hecho, no hay un argumento general. Los temas transnacionales se sobreponen o intersectan en cualquier punto, pero depende del lector reunirlos en un todo.

En lugar de recorrer sus ochocientas páginas de principio a fin, los lectores recibirían el buen consejo de abrir el libro en cualquier lugar y tomar muestras de su contenido, el cual es pródigo en sorpresas. Por ejemplo, el capítulo sobre Chanel No. 5 —un tema improbable para una historia global— comienza en el laboratorio de Gabrielle Chanel en 1921 y llega a Marilyn Monroe, Andy Warhol y la cultura popular estadunidense de los años cincuenta a los ochenta. El capítulo sobre Las señoritas de Avignon, de Picasso, explica que en un principio el cuadro se llamaría El burdel de Avignon y que, luego de revolucionar el arte, fue usado como imagen de sellos postales en Senegal.

Para mejor apreciarlo, al libro hay que acercársele como si se tratara de una cata de vinos. Debe probarse en pequeñas dosis de manera que el lector pueda saborear diferentes sabores del pasado. Cada uno de los capítulos fue preparado por un académico experto; cada uno, al indicar su procedencia, se refiere a la literatura especializada más actual. Sin embargo, el libro no tiene notas al pie ni bibliografía, y los capítulos están escritos de tal manera que pueda disfrutarlos cualquier persona que sólo cuente con un conocimiento superficial de la historia de Francia. Lejos de permitirse la jerga académica, los autores transmiten entusiasmo hacia sus temas. La mayoría de ellos son jóvenes. De hecho, Historia mundial de Francia señala la llegada de una nueva generación de historiadores, llena de energía y de impulso.

Supongamos, por ejemplo, que al echar un vistazo al índice del libro, su mirada se detiene en “Las vísperas sicilianas”. Aunque es probable que usted conozca la ópera de Verdi, tal vez no sabe mucho sobre lo que sucedió en Palermo el 30 de marzo de 1282. Va sobre este capítulo —escrito por el medievalista Florian Mazel— y pronto se adentra en una breve pero sustanciosa crónica sobre una lucha entre algunos nobles sicilianos y los oficiales franceses al servicio de Charles d’Anjou, rey de Nápoles y Sicilia y el hijo menor de Louis VIII de Francia. Conforme se extiende la violencia, los franceses en Palermo son masacrados por los rebeldes locales y al final todos los franceses son expulsados de Sicilia. Lejos de lo operístico, el conflicto se convierte en una lucha de poder entre los reyes Capetos de Francia —apoyados por el Papa— y los gobernantes Hohenstaufen del Sacro Imperio Romano, aliados con Aragón. Al final, los Capetos fracasan en su ambiciosa política exterior, dirigida no tan sólo a conquistar Italia sino a crear “un vasto imperio mediterráneo” e incluso transformarse en reyes de Jerusalem tras conquistar Constantinopla.

Esa ambición francesa, según explica el ensayo, tiene una larga historia. Inspiró la invasión de Italia de parte de Charles viii en 1494 y aún seguía viva durante el reinado de Henri iv (1589-1610). Según una versión, Henri se ufanó ante un embajador español de que podría conquistar Italia en un día: “Iré a misa en Milán, comeré en Roma y cenaré en Nápoles”. “Alteza”, respondió el embajador, “a ese paso, Su Señoría bien podría terminar el mismo día en las vísperas sicilianas”. En cuatro intensas páginas quedan reunidos un incidente, una lucha geopolítica de larga duración y una anécdota divertida.

Tras el muestreo de varios episodios, el lector puede seguir temas empleando una guía al final del libro que se titula “Senderos por el bosque”. Sigue temas como el absolutismo, el colonialismo y las mujeres en los capítulos más pertinentes. También aquí hay sorpresas. Por ejemplo, un sendero temático toma su título, “Luxe, calme, et volupté” [“Lujo, calma y voluptuosidad”], de un poema de Baudelaire. El itinerario da inicio con un capítulo sobre excavaciones arqueológicas, el cual sugiere que en la prehistoria existió una “Europa de jade” en Occidente, a diferencia de la “Europa de cobre y oro” en el Este. Luego lleva al lector a un capítulo sobre el Salón de los Espejos en Versalles, al Palacio Negresco en la Promenade des Anglaises en Niza y finalmente a Chanel No. 5. Curiosamente, a Baudelaire nunca se le menciona —ni a Racine, Molière, Hugo o Proust. Para Finkielkraut, una historia de Francia sin grandes escritores es un insulto a la identidad nacional de Francia.

Sin embargo, Historia mundial de Francia no se propuso ser un tratado lleno de grandes hombres y grandes acontecimientos. La impredecible selección de asuntos, la incierta vinculación de temas y los saltos en el tiempo no deben tomarse tan en serio. En una entrevista, Patrick Boucheron explicaba que el libro se concibió bajo un espíritu ligero y que invitó a los autores diciéndoles: “Vamos a divetirnos” (“Amusons-nous”). También está la intención de ser provocativo, no tan sólo en los temas que destaca sino en los que deja fuera.

Y en una vena más estricta, Historia mundial de Francia se puede entender como una enciclopedia, ordenada cronológica y no alfabéticamente. Presenta una serie de años de la que penden los ensayos, uno tras otro, para consulta del curioso pero sin preocupación alguna por las relaciones entre ellos.

Esta organización ¿quiere decir que los historiadores de la nueva generación volvieron a la “historia de acontencimientos” (histoire événémentielle) de la que se burlaban sus mayores, la primera generación de la escuela de Annales, esto es, historiadores como Fernand Braudel, quien trazó el juego de estructuras como la económica, la demográfica y otras sobre largos periodos de tiempo? Historia mundial de Francia no menciona las tendencias de larga duración. Pero al enganchar los ensayos a los acontecimientos obliga al lector a ver el pasado desde una perspectiva diferente, una perspectiva que no es sólo global sino que también se conecta con asuntos contemporáneos.

Uno de esos asuntos es el ecológico. Si bien el libro no aborda el cambio climático como un problema político hoy en día, se refiere a crisis ambientales anteriores que hacen recordar el presente. Un capítulo sobre 1816, un “año sin verano”, describe la forma en la que numerosas partículas sulfúricas llegaron a la atmósfera por la erupción del volcán Tambora, cerca de Java, de suerte que se bloqueó la energía solar en el mundo. Esto provocó el enfriamiento del clima y pérdidas de cosechas que llevaron a la última crisis de subsistencia en la historia europea.

Varios capítulos abordan el tema de la inmigración, enfatizando el papel de Francia como una tierra de recepción (“terre d’accueil”), en especial para los pobres de África, y como una tierra de asilo (“terre d’asile”) para refugiados políticos, sobre todo en el caso de “ese otro 11 de septiembre” en 1973, cuando el gobierno de Allende en Chile fue derrocado por un golpe militar. Al tiempo que Chile sucumbía a una dictadura brutal, Francia aceptaba diez mil refugiados chilenos. No hay lector alguno que no reconozca la referencia a la crisis de refugiados actual, aunque permanece implícita.

Al celebrar una Francia abierta al resto del mundo, Historia mundial de Francia desafía la noción nacionalista, evocada de manera constante por la derecha durante la campaña presidencial, de una Francia que fue francesa desde el origen. En lugar de “nuestros ancestros los galos”, ésta comienza con el Hombre de Cro-Magnon, el esqueleto fosilizado que alguna vez se creyó el primer ejemplo del Homo sapiens, descubierto en 1868 bajo una pendiente en Cro-Magnon (Dordogne), y enfatiza la mezcla de elementos genéticos y étnicos de todas partes del mundo que continuaron durante los siguientes 36 mil años.

También elimina la mitología en torno a ciertas fechas sagradas para la derecha. La más famosa, la supuesta victoria de Charles Martel en Poitiers sobre una invasión musulmana en 732, fue tomada por el Frente Nacional como grito de campaña en la elección de 2002: “¡Martel 732, Le Pen 2002!” En concordancia con los estudios recientes, Historia mundial de Francia señala que se dio una especie de enfrentamiento, pero no en Poitiers y no en 732.

Sin embargo, al corregir una versión nacionalista-esencialista de la historia francesa, la nueva versión reúne fechas de una manera que también podría plantear problemas para una versión izquierdista. Los años de 1940 están representados por cuatro ensayos. El primero menciona de paso (una cláusula en la frase inicial) la derrota de Francia en la primavera de 1940, con el fin de concentrarse en la intentona de Charles de Gaulle por recrear un Estado francés con una base territorial que comenzaba lejos de Francia, en Brazzaville, Congo. “Repensar Francia desde África” es el título de esta entrada. El segundo ensayo discute el descubrimiento de las pinturas prehistóricas rupestres en Lascaux en 1940. El tercero describe el antisemitismo y el arresto masivo de judíos, a quienes se confinó en el Vélodrome d‘Hiver el 16 y 17 de julio de 1942, antes de ser remitidos a los campos de exterminio. El cuarto celebra el primer Festival de Cannes en 1946 como el acontecimiento que restableció el papel de Francia como “la patria de las artes”. Extraña manera de saltar sobre los años más oscuros de la historia francesa. No haría falta invocar a Foucault para cuestionar los huecos epistemológicos entre capítulos unidos de una forma tan incongruente en esta línea del tiempo.

Aun así, Historia mundial de Francia no pretende cubrir la historia francesa sino más bien iluminar algunos momentos de ella con ensayos bien informados y bien escritos. Ya que jugó su parte en la elección presidencial, es probable que el libro siga siendo consultado en busca de información y esparcimiento —o tal vez simplemente para dégustations en las mesas del café.

Aclaración

Ruego a los lectores una disculpa por la distracción que se deslizó en el texto sobre los sesenta años de la Editorial de la Universidad Veracruzana [en El Cultural, número 96]. Se refiere a la omisión de Joaquín Diez-Canedo Flores como director de la editorial entre los años 2008-2009. Si bien es cierto que estuvo poco tiempo, dejó sembradas algunas ideas editoriales que actualmente siguen su curso. —Adolfo Castañón.

 
 
 

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fecha 6 de mayo de 2017 00:51
ultima modificacion Ultima modificación: 21:08
autor Por: Robert Darnton
 
 
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