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Breve historia del Monumento a la Revolución

Julio Trujillo

 

¿Qué es el monumento a la Revolución? ¿Un arco del triunfo con complejo de cúpula? ¿Una cúpula huérfana de palacio? ¿Una nave espacial? ¿Un mausoleo? ¿Un gran parche de piedra? ¿Un palimpsesto? ¿Una aspiración truncada? ¿Un chanchullo porfirista? ¿Un emblema de nuestra guerra civil? ¿Un Frankenstein de granito?

Es un poco de todo lo anterior, me temo. A mí me parece tan raro, tan inusitado, que le tengo cariño. Su historia tiene algo de despropósito, como algo de despropósito tuvo la Revolución Mexicana. Todo comienza, por supuesto, con Porfirio Díaz, quien, bajo el lema “Orden, Paz y Progreso” buscaba darle rumbo al país a finales del siglo XIX. Fue en ese ambiente cuando, en 1896, José Yves Limantour envió al Congreso la iniciativa de construir un Palacio Legislativo, un recinto que estuviera a la altura del Capitolio de Washington y del Reichstag de Berlín.

Aprobada la iniciativa se compró el terreno y se procedió a someter a concurso internacional la construcción del palacio. Se recibieron 56 proyectos, los cuales se expusieron el 14 de abril de 1898 en la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. Un día después, el jurado declaró desierto el primer lugar y adjudicó a tres proyectos un empate en el segundo lugar. ¿Por qué? No dijeron. Declarar desierto el primer lugar provocó un escándalo mundial que duró años. El dinero se repartió entre los segundos lugares y luego vino lo impensable: el jurado decidió rescatar el tercer lugar, un proyecto del arquitecto Pier Paolo Quaglia, y ejecutarlo, brincándose a los segundos lugares. ¿Por qué? No dijeron. Pero sucedió que Quaglia, tal vez en un a ataque de vergüenza, se murió, y el jurado decidió nombrar ¡a uno de sus miembros! como director de la obra. Inverosímil pero cierto: el arquitecto Emilio Dondé, miembro del jurado, se apañó la obra. El gusto le duró poco, pues el escándalo creció y Dondé y sus cuates fueron acusados de ser “juez y parte” y de aprovecharse de proyectos ajenos. Dondé renunció en 1902.

La obra fue encargada, finalmente, al arquitecto francés Émile Bénard. Bénard se trasladó a México y entregó un proyecto para ser revisado por el Consejo Consultivo de Edificios Públicos. Unos días después, el Consejo desaprobó el proyecto con estas palabras: “La composición conduce a un edificio de excesivas y superfluas dimensiones y por ende dispendiosísimo”. Bénard refutó uno a uno los argumentos del Consejo y les demostró que habían caído en un error infantil: se habían equivocado en la escala. Los venció. La obra estaba en marcha.

Bénard formó un taller de 16 personas (arquitectos franceses y mexicanos) y se puso manos a la obra. El 23 de septiembre de 1910, en gran ceremonia a la que asistieron el presidente, su gabinete, invitados especiales y embajadores varios,   se puso la primera piedra de la que debía ser la obra cumbre del porfiriato. Los problemas se dejaron venir, aunque el avance en el armado de la estructura de acero había sido notable. Cito del bello libro. El sueño inconcluso de Émile Bénard y su Palacio Legislativo, escrito por Javier Pérez Siller y Marta Bénard Calva: “La magnitud de los trabajos, la falta de experiencia y tecnología adecuadas, la naturaleza del terreno, las diferencias en las prácticas profesionales y las ideas tan distintas entre los colaboradores de la obra plantearon problemas inéditos que en 1911 se conjugarían con el estallido de la Revolución y terminarían por impedir el logro de esa utopía porfirista”.

En 1912, Bénard regresó a París, pero volvería a México siete años después, con la propuesta de convertir su abandonada cúpula en un panteón de próceres. Su proyecto interesó, pero pasaron los años y no se llevó a cabo. En 1932, la gente comenzó a cortar con soplete gajos enteros de la cúpula. Alarmado, el arquitecto Carlos Obregón Santacilia acudió con el ministro de Hacienda, Alberto J. Pani, para proponerle salvar la estructura convirtiéndola en un monumento a la Revolución. La iniciativa le gustó al presidente Abelardo Rodríguez. El monumento “revestiría la forma más apropiada –la de un Arco de Triunfo– para conmemorar la accidentada marcha victoriosa de México en el camino de su progreso político y social. Glorificará, en abstracto, la obra secular del pueblo. Deberá prolongar su acción conmemorativa, también hasta un futuro indefinido, glorificando a la Revolución de ayer, de hoy y de mañana… ¡de siempre!”, según las palabras de Pani.

La construcción se terminó en 1938, pero el monumento nunca fue inaugurado. Hoy está ahí, trunco y solemne. Es un recinto funerario que hospeda los huesos tanto de Carranza como de Villa y otros líderes revolucionarios. Es también un museo. Pero sobre todo es un noble fósil, un recordatorio de lo caprichosos que fueron esos días en los que vivían los dinosaurios.

 


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fecha 3 de julio de 2010 09:50
ultima modificacion Ultima modificación: 21:51
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