|
El pasado domingo, con su muy merecida victoria en el Mundial de Sudáfrica, la selección española de fútbol no derrotó sólo al equipo holandés. La Furia Roja, además, dejó en ridículo a los que deseaban su fracaso por motivos ideológicos, desde los nacionalistas vascos hasta los líderes más nefastos del continente latinoamericano, Fidel Castro y Hugo Chávez.
A pesar de mi alergia a la parafernalia que rodea esos grandes encuentros deportivos y a las manifestaciones de patriotismo histérico que propician los propios gobiernos, tengo que admitir que el Mundial logró engancharme casi al final, cuando ya no era posible escapar al frenesí colectivo. No tenía ningún favorito, pero sí mucha simpatía por los jugadores africanos, que quedaron muy rezagados.
Tuve la oportunidad de medir el nivel de tolerancia de los españoles el día de la gran final. Me puse una camiseta naranja, el color del equipo holandés. Nadie me miró mal en el restaurante popular de Madrid donde presencié el partido, en una terraza abarrotada por familias enteras, que engullían platos de boquerones fritos para calmar los nervios. Ahí estaban los abuelos y los niños, todos vestidos y pintados de rojo y amarillo, con los ojos clavados en la pantalla gigante. Vivieron con las tripas y el corazón los grandes momentos del encuentro, sufriendo con sus jugadores cuando recibían patadas de los rudos holandeses y abucheando al arbitro inglés por ser demasiado complaciente con el equipo naranja. Y llegó el apoteosis con el gol de Iniesta.
Ese gol y esa victoria no pudieron celebrarlos con la misma espontaneidad en el País Vasco, donde los nacionalistas intimidan a todo aquel que no comulga con ellos o se atreve a ondear una bandera española. Impidieron la instalación de pantallas gigantes en las calles de Bilbao y San Sebastián, pero no lo lograron en Barakaldo y Vitoria. En Barakaldo, sin embargo, unos extremistas (“fascistas”, los llamó el alcalde socialista) lograron cortar la luz y sabotear la retransmisión cuando el partido había empezado.
Al otro extremo del país, el nacionalismo catalán no llega a ese nivel de intolerancia. En víspera de la final del Mundial, cientos de miles de catalanes desfilaron por las calles de Barcelona para protestar contra una sentencia del Tribunal Constitucional, que les acaba de negar el estatuto de nación. Veinticuatro horas después, otros miles sacaron las banderas españolas para celebrar la victoria de la selección en Sudáfrica. No hubo incidentes de relevancia entre los dos bandos e, incluso, los catalanes no dudaron en apropiarse la victoria con el argumento de que el equipo había jugado “al estilo Barça”.
La mezquindad de los nacionalistas no ha logrado aguar la fiesta. Con su buen talante y compañerismo, los jóvenes futbolistas de la selección española, ajenos a las estériles broncas identitarias, han dado una lección a una clase política cegada por el oportunismo. Además, con esa victoria, los españoles han encontrado un buen antídoto contra la desmoralización causada por la grave crisis económica.
La hazaña de la Roja ha tenido repercusiones mucho más allá de la península ibérica, especialmente en Venezuela, donde el Mundial había adquirido tintes políticos muy marcados. “Yo no sé ni jota de fútbol”, me comentaba el escritor venezolano Ibsen Martínez unas horas después de la final. “Pero aquí estamos todos locos de contento. Caracas parece que estuviese en Nochevieja: petardos, carracas y zambombas, hasta disparos al aire”.
¿A qué se debía tanta alegría? Era una respuesta a Chávez, que había denostado a los equipos “imperialistas” y alabado al “camarada Maradona”: “Pobre Europa”, llegó a decir, “se hunde la economía, hasta en el fútbol se está hundiendo y estoy seguro que la mayoría de los escuálidos (opositores venezolanos) le va o a Estados Unidos o a los europeos”. Pobre Chávez, se equivocó de medio a medio. Y, ahora, los “escuálidos” se burlan de él con un mensaje de texto que corre por los celulares de todo el país y pronostica la victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias del próximo 26 de septiembre: “Hoy ganamos con la Roja; el 26-S ¡a ganar con la Azul!” (el color del tarjetón electoral de los antichavistas).
No podían faltar los vaticinios de Fidel Castro, que perdió su apuesta a favor de Argentina y Brasil. En cambio, su hermano supo aprovechar el Mundial para meterle un gol al canciller español, Miguel Ángel Moratinos, que vio el partido de semifinal en la casa del presidente cubano. Según “fuentes diplomáticas españolas”, citadas por las agencias, Raúl Castro “saltó de emoción y abrazó a Moratinos cuando se acabó el partido contra Alemania”. Y así fue como terminó la negociación para que España recibiera en su territorio a los disidentes excarcelados y ahora desterrados.
bdgmr@yahoo.com
|