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Leo en El País una reseña de Reflexiones sobre la revolución en Europa, de Christopher Caldwell. El libro explica cómo los musulmanes van a destruir Europa desde dentro, porque sus convicciones son mucho más intensas que las de los europeos. El artículo de Giner dice aproximadamente lo mismo. El argumento está casi entero en el primer párrafo. Vale la pena leerlo completo: “La tortuosa y ardua senda hacia la secularización del mundo protagonizada por la civilización europea nos ha llevado a la postre a una sociedad bastante inclinada al relativismo, amiga de la tolerancia, poco dada al fanatismo, favorable a las soluciones pragmáticas, dispuesta a aceptar buenas razones y hasta a deliberar con sosiego sobre dificultades comunes de convivencia. Los musulmanes, en cambio, poseen estas virtudes en menor grado”. ¡Ah, los musulmanes! ¡Qué calamidad! ¡Si sólo tuviesen las mismas virtudes que los europeos…!
Tengo que confesar que disfruto mucho con los argumentos que incluyen entidades abstractas como la civilización y la sociedad europea, o sujetos colectivos como los musulmanes, porque suelen ser muy divertidos. También éste. Tengo la impresión de que Giner hubiese querido decir que “los europeos” son tolerantes, pragmáticos, razonables y abiertos. Se arriesgaba a que cualquiera le señalase a Jean-Marie Le Pen, Jörg Haider, Umberto Bossi, Aznar, Berlusconi, Kaczynski y otros tantos, y a sus millones de votantes, que no son ni tolerantes ni abiertos ni nada. Más todavía: se arriesgaba a que alguien se preguntara por los millones de europeos que son musulmanes, y resultaría muy confuso. Más vale la abstracción limpia y alegre de “la sociedad”. Y establecer de entrada que el verdadero sentido de la civilización europea es la secularización, digan lo que digan Felipe II, Juana de Arco o Ignacio de Loyola, Calvino, Torquemada, Donoso Cortés o el papa Ratzinger.
Del otro lado están “los musulmanes”. ¡Ah, los musulmanes! ¡Qué vamos a hacer con ellos! Si fuesen asimilables, dice Giner, estaría bien; pero ¡son tan diferentes! Lo explica en su libro Caldwell “tras haber cubierto con soltura un luengo recorrido sobre las tensiones provocadas por la inmigración musulmana”; y según Salvador Giner, “señala lo obvio”. O sea: que los millones de ciudadanos franceses, alemanes, ingleses, holandeses, españoles que profesan el Islam no son enteramente europeos aunque tengan pasaporte, por la sencilla razón de que son musulmanes. Y Europa y el Islam no tienen nada que ver. Agua y aceite, ellos y nosotros. Avicena y Averroes, como todos sabemos, fueron dos jesuitas alemanes. Y el califato de Córdoba es una invención propagandística de Osama ben Laden.
El final es wagneriano: “Lástima grande: algunos creíamos que, medio siglo después del fin de la Segunda Guerra Mundial habían acabado para siempre las guerras de religión, con el combate entre las luces y las tinieblas, si me permiten ustedes la arcaica expresión. Lo malo es que de arcaica, nada tiene”. Ya está dicho. Está en juego todo: es el combate entre Europa y el Islam, es decir, entre las luces y las tinieblas. Y se está desarrollando ahí mismo, en las ramblas de Barcelona, donde acechan los tenebrosos musulmanes.
Es notable la fascinación que ejerce el Islam, sobre todo el Islam militante o alguna caricatura del Islam militante, en los intelectuales y periodistas europeos. Tengo la impresión de que les permite hacerse la ilusión de que están librando la última, decisiva batalla contra el oscurantismo. Y se sienten hermanados con Voltaire, Hume o Blanco White, pero sin arriesgar ni la beca, ni la tele, ni las vacaciones en Tailandia ni el croissant de la mañana.
No les reprocho que defiendan el croissant, que conste. Me molesta la autocomplacencia, la memoria corta, cortísima y selectiva que les permite hablar de la sociedad europea como si por definición fuese de inclinación relativista y enemiga del fanatismo, tolerante, pragmática, razonable y abierta, dialogante. No lo era antes de 1945, desde luego. Pero no lo era España antes de 1975, ni lo eran Portugal ni Grecia. No eran muy tolerantes los ingleses en Kenia, donde hasta 1959 ejecutaban a los Mau-mau por puñados. No eran razonables tampoco los belgas en el Congo en 1960, ni cuando apoyaron el asesinato de Lumumba ni cuando alentaron el golpe de estado de Mobutu. No eran particularmente dialogantes los portugueses, que se mantuvieron a sangre y fuego en Angola y Mozambique hasta 1975. No lo eran los holandeses, que sólo por la fuerza abandonaron Indonesia en 1949. No lo fueron los franceses en Argelia.
Me parece una gran cosa que se defiendan el relativismo, la tolerancia y el diálogo. Ahora bien: suponer que se trata de virtudes que posee típica, natural y definitivamente “la sociedad europea” es como poco una tontería. Y una tontería preocupante cuando va junto con la idea –repetida desde hace un siglo—de que Occidente está en decadencia, en riesgo de ser destruido por ser demasiado blando.
Ni “buenismo” bobalicón ni xenofobia, dice Giner. Y uno piensa que bien, salvo que el problema no es de intención.
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