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Dota de nuevo sentido a las palabras con poemas

El primer contacto del autor con la poesía se dio en su niñez, tras leer La Odisea; “el escribir me surge por necesidad”, asegura el también ensayista y editor; dedica su poemario a Juan Gelman

 

Al poeta Eduardo Hurtado le surge por naturaleza la necesidad de escribir, con la premisa de hacerlo bajo un instrumental enriquecido de la tradición, la experiencia. “Estoy convencido de que lo más íntimo, lo más interior, lo más personal de mi trabajo viene de ahí”, asegura el también editor y ensayista.

En Casi nada el autor trastoca y dota de nuevo sentido a las palabras en poemas, muchas veces breves. Ya que, como ha señalado en alguna ocasión, “la brevedad es una forma de lealtad a la rapidez con la que a menudo se presenta el asombro”.

Habiéndose desempeñado a lo largo de su trayectoria como editor en varios sellos editoriales, el primer acercamiento que Eduardo Hurtado tuvo con la poesía fue en la niñez, cuando leyó La Odisea: “La fascinación que me produjo aquella lectura tuvo que ver con el ejercicio de una libertad: me había internado en la más grande porque sí, por nada, no para aprender, ser feliz o procurarme algún tema de conversación”.

¿Cómo descubrió su vocación de poeta? No sé si la poesía es una vocación, palabra que tiene que ver con un llamado religioso, o bien con una cierta inclinación hacia tal o cual oficio. Para mí escribir ha sido sobre todo una necesidad: veo el mundo, y en los intersticios descubro otros mundos, acaso menos evidentes, que reclaman un nombre; en pos de ese reclamo es que acudo al lenguaje. Pero las palabras tal como las usamos todos los días me son insuficientes, de manera que no tengo más remedio que forzarlas mediante todo tipo de recursos (ritmos, coincidencias sonoras, atropellos a la gramática, búsqueda de correspondencias inusuales entre las cosas), en búsqueda de ese lenguaje otro que me permita aproximarme a lo que de suyo es indecible.

¿Cuáles son las influencias literarias que nutren su obra? No llamaría “influencias literarias” a todas esas herramientas obtenidas de la frecuentación de otros poetas. Desde luego, el uso de ese instrumental ocurre de manera indeliberada, bajo el apremio de las exigencias y dificultades que la escritura de cada poema suele plantearme. Ahora bien: lo que escribo se nutre de la tradición (no sólo la de mi lengua, claro está) pero asimismo, y tal vez sobre todo, de la experiencia. Estoy convencido de que lo más íntimo, lo más interior, lo más personal de mi trabajo viene de ahí. ¿La lista de los autores que prefiero? Eso ya es otro asunto, porque incluye los nombres de muchos poetas cuya obra nada tiene que ver con los modos de hacer lo que yo hago, como Lezama Lima, Seamus Heaney o Paul Claudel.

¿Por qué dedica su libro a Juan Gelman? Porque lo quiero de manera entrañable y porque lo considero uno de los mejores poetas de la lengua. Gelman es otro ejemplo, por cierto, de cómo las lecturas que prefiero no necesariamente están emparentadas con mi manera de escribir. La influencia de Gelman en mí es de otra índole: ética, humana.

¿Quiénes son las jóvenes promesas de la poesía de habla hispana? ¡Chale...! Y disculpa la reacción, que no obedece a otra cosa que a mi sentimiento de impotencia ante una pregunta tan peliaguda. En primer lugar, no me gusta la expresión “jóvenes promesas”, no sería capaz de anotar a nadie en un apartado así. Luego, y aquí tengo que confesar mi ignorancia, no estoy al tanto de la poesía que los autores jóvenes de Iberoamérica escriben hoy. He leído a unos cuantos poetas mexicanos que si no son jóvenes al menos sí son menos viejos que yo. Puedo nombrar a dos o tres que me entusiasman, sin pretender fijar una lista y en el entendido de que no hago otra cosa que elegir entre los muy pocos que el azar o las circunstancias me han puesto enfrente: Luis Felipe Fabre, María Rivera, Julián Herbert, Julio Trujillo, Luigi Amara, Oscar de Pablo, Hernán Bravo... Yo que sé: ni son tan jóvenes, ni sería esa condición lo que los hace buenos, ni conviene confiar en mi memoria.

¿Seguirá habiendo lectores de poesía en un mundo obsesionado por la tecnología, la virtualidad y los espectáculos? Es curiosa la pregunta, porque parte del supuesto de que las personas que hacen uso de las ventajas y desventajas de la tecnología están condenadas a no entender el lenguaje poético. Y no es así: un hombre de ciencia ocupado en el desarrollo de la cibernética puede estar perfectamente preparado para disfrutar de un poema que implique la crítica de un mundo propenso a la automatización, escrito por un poeta en su laptop y divulgado a través de su blog. Y uno de esos millones de individuos que hoy se pasan las horas frente a un monitor podría ser especialmente sensible a una crítica así. Es verdad que la poesía no tiene empacho en mostrarse, digámoslo así, anacrónica, renuente a la servidumbre del tiempo. Pero eso no es un impedimento, al menos no de antemano, para que cualquier persona dispuesta a abrir un libro de poemas termine por hacer contacto con esos mundos otros (pero que están aquí) de los que se ocupa la poesía.

Eduardo Hurtado
Poeta, ensayista y editor
Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

 


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fecha 20 de agosto de 2011 00:36
ultima modificacion Ultima modificación: 22:50
autor Por: Raudel Ávila / avilasolisraudel@gmail.com
 
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