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“¿Quién se jode con el plagio?”

Blanca Heredia

 

En una nota publicada en el diario El País el pasado 6 de noviembre, nos enteramos de que la opinión que le merecen al escritor Bryce Echenique los académicos, intelectuales y literatos mexicanos indignados por el hecho de que el jurado lo distinguiera con el Premio FIL de Literatura 2012 a pesar de ser un plagiario comprobado, fue un altisonante “¡Que se jodan!”.

Más allá de lo ordinario del comentario, cabe preguntarse quiénes son, en realidad, los que acaban jodiéndose como resultado del plagio en general y de la lamentable decisión del jurado, el patronato y las diversas instituciones involucradas en haberle concedido a un plagiario juzgado y sentenciado uno de los premios más importantes de literatura que otorga México.

Me referiré aquí tan sólo a uno de los ámbitos en los que el costo social del plagio es especialmente elevado: el de la educación superior y la producción de conocimiento científico. El que las mejores universidades del mundo cuenten con regulaciones estrictas e impongan sanciones muy severas a la comisión del plagio, tanto a estudiantes como a profesores, no es una exquisitez rebuscada de los habitantes de la torre de marfil. La prohibición del plagio es parte nodal del basamento que le permite a la universidad ejercer su función social específica: asegurar la existencia de un espacio y un conjunto de prácticas dedicadas a la preservación, transmisión y generación de conocimiento para beneficio de la sociedad en su conjunto.

El plagio que no es sino el robo de las ideas, las palabras y/o el conocimiento o creatividad de otro para lucro del plagiario socava los cimientos de la universidad y genera costos cuantiosos para todos. Ocurre con el plagio algo similar a lo que provoca el robo hormiga en los supermercados y los grandes almacenes. Para cubrir el costo de dicho robo, los dueños de las tiendas elevan los precios de sus productos y el diferencial lo acabamos pagando todos los que consumimos en ellas, seamos ladrones o no. El plagio en la academia se parece, pero es más grave aún.

Permitir el plagio en el mundo universitario priva a los investigadores del disfrute de los beneficios materiales e inmateriales derivados de la generación de conocimiento original. Ello desincentiva su producción y, en consecuencia, los que pagan por esa actividad —en las universidades públicas, los contribuyentes y en las privadas los estudiantes y sus familias— terminan recibiendo menos de lo que pagan y todos nos jodemos pues se produce menos conocimiento nuevo. Tolerar el plagio en los alumnos corrompe la función civilizatoria de la universidad y amenaza su sustentabilidad en el tiempo. Ello, de nuevo, afecta a toda sociedad, pues en lugar de inhibir la mentira, el fraude y la trampa, las perpetua.

Urge evitar que el problema siga creciendo y el affaire Bryce ofrece una buena ocasión para ello. Hace falta discutir más este asunto en nuestra conversación pública y hace falta, sobre todo, promover que las universidades eduquen a los estudiantes sobre el tema y lo regulen de mejor forma. A todos nos conviene que lo hagan.

bherediar@yahoo.com




 
 
 
 
fecha 9 de noviembre de 2012 00:10
ultima modificacion Ultima modificación: 02:03
autor Por: Blanca Heredia
 
 
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