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Fernando Escalante Gonzalbo Fernando Escalante Gonzalbo
 
Fernando Escalante Gonzalbo
 
Una sólida batería de resortes

Fernando Escalante Gonzalbo

 

El domingo pasado publicó El País una larga y emocionada carta a sus lectores, para explicarles (es un decir) las recientes tribulaciones del periódico, y la necesidad del “doloroso ajuste de plantilla” —o sea, del despido de 130 empleados. El eufemismo del antetítulo ya sugería lo que podía esperarse del texto. Era eso y más, y mucho peor.

En una interminable jeremiada, “la empresa”, que parece ser quien habla, lamenta el “descenso de la calidad y el rigor informativo”, por el modo como muchos medios han informado sobre el conflicto laboral del periódico. A continuación proclama su propia “solvencia moral”, y sobre todo su “independencia”. Según el texto, “El País es uno de los pocos, si no el único, de los periódicos de referencia en el mundo que cuenta con una sólida batería de resortes y métodos de actuación tendentes a garantizar dicha independencia y a evitar manipulaciones interesadas por parte de nadie”. Así está escrito, yo no tengo la culpa.

El autobombo siempre resulta sospechoso. En este caso es propiamente ridículo. Para empezar, porque no está claro de quién o qué sea “independiente” el periódico. Pero vayamos un poco más despacio.

La historia de El País es ejemplar, para libro de texto. En su origen fue bandera, espejo, de la generación que produjo la transición democrática en España. Como los jóvenes de entonces, empezando por Suárez y González, el periódico estaba hecho de entusiasmo, ambición e inteligencia, de audacia y responsabilidad y sentido histórico. Y como muchos de los jóvenes de entonces, se volvió enormemente poderoso —y se dejó en el camino prácticamente todas las virtudes. Se convirtió en el periódico “de referencia”, como les gusta decir a sus dueños, y también en ápice de un conglomerado empresarial, y en instrumento político. Y desde luego dejó de ser independiente. Para decirlo en una frase, El País de Jesús de Polanco, porque ahí empezó, podía ser independiente de todo, menos de los intereses de Jesús de Polanco. Las cosas no han hecho más que empeorar.

No hace falta meternos en los enjuagues políticos del diario. Basta con los intereses de su grupo editorial: Santillana, Altea, Taurus, Aguilar, Alfaguara y demás. Y ver lo que hace El País en el caso Bryce, por ejemplo.

Conste que esto ya no se trata de Bryce: bastante tiene con verse todos los días en el espejo. Se trata del periódico —de la famosa “independencia” y la “batería de resortes”. En breve, ningún periódico de los que conozco informó del asunto de forma más torticera y engañosa que El País. Nunca supieron sus lectores, por ejemplo, que hay una sentencia en firme del INDECOPI de Perú por 16 plagios, ni que hubo un comunicado para reiterarlo una semana después de iniciado el escándalo, ni pudieron tampoco ver la lista de los 42 plagios probados hasta la fecha —como sí los lectores de cualquier periódico mexicano, pongamos. No supieron sus lectores sino de vagas y brumosas acusaciones, nada claro. Pero, eso sí, en la página electrónica del diario estuvo durante semanas la famosa carta de los cien denunciando la “campaña” contra Bryce.

El despliegue de todo lo que puede ser El País está en la nota con que cerró el asunto —la famosa nota del “¡Que se jodan!”. Ahí Bryce se desahoga, insulta, calumnia, miente con absoluta libertad, a sabiendas de que el periódico lo acompaña en el sentimiento. Ofrece como explicación lo que podría pedir un lector devoto de El País: una conspiración de la extrema derecha, de escritores frustrados, que quieren todos los premios.

El periodista, o lo que sea el señor Manrique Sabogal, tan sólo toma el dictado. Dice Bryce que le acusa un grupo de extrema derecha, y a él no se le ocurre pedir aunque sea un nombre. Bryce, como sólo Bryce: “No he plagiado, nunca lo he hecho”. Y el señor Manrique Sabogal no lleva una copia de la sentencia de INDECOPI, ni la lista de los plagios, ni se le ocurre poner en duda la afirmación. Obedientemente apunta: dice Bryce que “los tribunales no lo han condenado y por el contrario, lo han absuelto en seis o siete casos”. Y lo publica así, sabiendo que es mentira (la batería de resortes y métodos no venía al caso —porque era una mentira muy independiente).

El País miente con Bryce, calumnia con Bryce, engaña con Bryce. También insulta con Bryce. Porque es el periódico el que decide repetir el insulto hasta tres veces. En la primera línea: “¡Que se jodan!”. En el último párrafo: “¡Que se jodan!”. Y en el titular, con letras bien gordas: “¡Que se jodan!”. Es el periódico el que lo dice, con una arrogancia provinciana, palurda y cínica, con el enojo de quien ha sido puesto en evidencia; se lo dice a los que criticaron el premio, a los que denunciaron el plagio, a los autores plagiados, a las autoridades mexicanas que trataron de que el extraño jurado modificase su extraña decisión, a todos les dice con obvio regocijo, ¡que se jodan! A fin de cuentas, ellos —“la empresa”son los poderosos, ellos tienen el periódico “de referencia”, las editoriales y la radio, y los autores famosos, y ellos deciden los premios. Eso es “solvencia moral” y lo demás son buñuelos de feria.




 
 
 
 
fecha 17 de noviembre de 2012 01:14
ultima modificacion Ultima modificación: 22:37
autor Por: Fernando Escalante Gonzalbo
 
 
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