Director General: Rubén Cortés Fernández
Diario La Razón
Búsqueda avanzada »
Lunes 28 de Julio | 01:25 pm
Facebook Twitter RSS Youtube
 
Pablo Hiriart Pablo Hiriart
 
Pablo Hiriart
 
Se abre paso el San Francisco americano

Pablo Hiriart

 

La batalla por la Iglesia comienza este medio día, frente al obelisco que trajo Calígula de Egipto y donde Nerón montó un circo en el que torturaba y mataba cristianos.

En la cima de ese desabrido promontorio de 23 metros de alto, una cruz simboliza la victoria de Pedro

—asesinado en ese lugar— sobre la barbarie de emperadores sanguinarios.

La Iglesia misionera y perseguida triunfó en aquel entonces.

Sin embargo, nada garantiza que librará con éxito la cita con la historia que inicia a las diez de la mañana de este martes, con una misa en la Basílica y que habrá de concluir con el habemus papam cuando uno de los cardenales reciba la estola blanca de sumo pontífice.

Joseph Ratzinger y Angelo Sodano son los que personifican la batalla entre dos perfiles de iglesia. Pero ninguno de los dos estará en el cónclave.

La victoria total para Ratzinger sería la elección de un papa como Sean O’Malley, el franciscano arzobispo de Boston, que calza sandalias pero habla todos los idiomas, vive con sencillez su evidente austeridad y limpió la Iglesia de Irlanda con un informe sobre pederastia que sacudió a Europa.

Y sacudió al Vaticano: fue un torpedo bajo la línea de flotación del grupo Sodano-Ruini-Re-Castrillón, más afines a ocultar la basura bajo la alfombra.

Sería el triunfo de una semana de reuniones entre cardenales, en que por primera vez en décadas pudieron discutir acerca de la Iglesia que quieren y la que no quieren.

O’Malley llena ese perfil, de un papado que pide cuentas de la conducta de sus príncipes, que cree en un mando menos vertical, vive la religión sin los símbolos de la riqueza, y que pertenece a una Iglesia que hace tiempo dejó de ser mayoritariamente europea.

“¡Francesco Papa!”, dice la única pancarta que vimos hoy en la Plaza de San Pedro, en manos de un hombre con apariencia de desquiciado que se plantó con ella en la raya blanca que marca el inicio del Estado Vaticano.

—¿Quién es Francesco? —le pregunté a Severio Vitaliamo, de saco multicolor, mirada distraída y un gorro excéntrico.

—No sabe quién es Francesco, entonces…—repuso con algo de incredulidad.

—No sé, dígame de dónde es ese cardenal que usted quiere para Papa —le contesté casi en tono de broma, para matar el tiempo a costa de alguien.

—Era de Asís —me dijo y agregó —: En la Iglesia necesitamos un Papa como San Francisco de Asís, para dejar atrás tanta suciedad y volver a dar prioridad al espíritu sobre la materia —me dijo, para mi vergüenza.

Sean O’Malley es el franciscano que da el perfil que Severio pide como papa. Un papa estadounidense, ¿pasará?

Ninguna sorpresa resultaría para los enterados que Sean O’Malley, el arzobispo de Boston, resultara electo Papa de la cristiandad para suceder a Benedicto XVI, que reposa a 40 kilómetros de Roma, con los hilos del cónclave en la mano. O en el rosario. Quién sabe.

La Unión Americana ya no es un país sin peso en el catolicismo mundial. Tiene 75 millones de católicos, en una tierra de protestantes.

Estados Unidos es el tercer país con más católicos en el mundo, junto con Filipinas, sólo detrás de Brasil y México.

“La llegada de un Papa estadounidense no sería una excentricidad, sino la consecuencia de una realidad”, con Estados Unidos en el centro de la nueva geografía del catolicismo mundial, afirma Sandro Magister, uno de los vaticanólogos más prestigiados del momento.

Sea o no sea O’Malley el sucesor a la medida de Ratzinger y su tarea de limpiar la Iglesia, mañana se medirán en las urnas dos ideas confrontadas de lo que debe ser la Iglesia.

La limpieza de la Iglesia es la herencia de Ratzinger, y eso tal vez explique su adelantada dimisión.

Tan sorpresiva fue la renuncia de Benedicto XVI, que medio Vaticano está en remodelación. Mañana, o pasado, o el jueves o en los siguientes días, la Plaza de San Pedro no lucirá esplendorosa e imponente, como hace siete años, en la elección del sucesor de Juan Pablo II.

Mañana el mundo verá, a través de la televisión, una plaza de San Pedro en plena remodelación, con mantos que ocultan las fachadas y llevan la leyenda tras la malla protectora: “Italiane Construzioni”.

El equipo que formaron el colombiano Darío Castrillón, Angelo Sodano, Giovanni Battista Re y Camillo Ruini se enfrentó a Benedicto XVI, en defensa del nombre (digámoslo así) de curas pederastas.

Castrillón envió una carta, que se hizo pública, al obispo de Bayeux, Pierre Pican, condenado a tres meses de prisión por encubrir a un sacerdote pederasta, y lo felicitó por su actitud.

“Me congratulo con usted por no haber denunciado a un cura a la administración civil… usted ha actuado bien, y me alegro de tener un hermano que, a los ojos de la historia y de los demás obispos del mundo, ha preferido la cárcel a denunciar a su hijo cura”.

El cardenal Ángelo Sodano, ex secretario de Estado Vaticano y actual decano del colegio cardenalicio (no participará en el cónclave por su edad), pidió que “el pueblo de Dios no se deje impresionar por las habladurías del momento”.

La respuesta de Benedicto XVI fue inequívoca en su carta pastoral a los obispos de Irlanda: “la misión que ahora tenéis es afrontar el problema de los abusos que se dan dentro de la comunidad católica irlandesa, y hacerlo con toda determinación”.

La respuesta del papa a Sodano llegó también por voz del secretario general de la conferencia episcopal italiana, Mariano Croaciata: “no hay ningún complot mediático. Se trata de un comportamiento doblemente condenable, puesto que quien lo lleva a cabo es un hombre de Iglesia, un cura, una persona consagrada… Quienes han tenido actitudes indulgentes o de ocultación, nunca han aplicado las directrices de la Iglesia, sino que la han traicionado”.

Ésas serán las versiones de la Iglesia que se enfrentarán a partir de hoy, en el secreto y la soledad de la Capilla Sixtina.

La carta franciscana de Ratzinger y de buena parte de los cardenales es Sean O’Malley, aunque también tienen la baza austriaca, Christoph Schönborn, y la alternativa noreamericana, en la persona del canadiense Marc Ouellet. O el propio Angelo Scola, de Milán.

De Milán dice que vino este personaje llamado Belabio Jeruccio —observa cómo apunto, letra por letra— que lleva una playera con la gruesa estampa del arzobispo y cardenal Angelo Scola.

—¿Por qué Scola? —le pregunto.

—Porque es bravísimo —contesta con vehemencia.

phl@razon.com.mx
Twitter:
@PabloHiriart




 
 
fecha 12 de marzo de 2013 01:11
ultima modificacion Ultima modificación: 01:09
autor Por: Pablo Hiriart
 
Versión imprimir
 
Todo sobre este tema
Noticias relacionadas
 
Noticias relacionadas Noticias relacionadas
Notas Relacionadas Despedida 01:23
Notas Relacionadas Las redes de “el más loco” 01:52
Notas Relacionadas ¿Reforma energética, a cambio de impunidad? 01:36
Notas Relacionadas La grosería de Marcelo Ebrard 03:09
Notas Relacionadas Necedad preponderante 02:24