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Fernando Escalante Gonzalbo Fernando Escalante Gonzalbo
 
Fernando Escalante Gonzalbo
 
El reino de este mundo

Fernando Escalante Gonzalbo

 

En una reunión bastante solemne, hace unos días, los rectores de las universidades del país exigieron al gobierno federal que aumente el presupuesto dedicado a educación superior. Pidieron cincuenta mil millones de pesos más, aparte de los cien mil millones que hay asignados. El secretario de educación se comprometió a intentarlo. En resumen, como si nadie hubiese dicho nada.

Es claro que un sistema de educación superior eficiente, serio, productivo, riguroso, como el que nos hace falta, requeriría mucho más dinero. Y algunas otras cosas también. Los responsables de elaborar el presupuesto desconfían de las universidades desde hace décadas. El problema es que los mecanismos que se han diseñado para vigilar el trabajo académico, como el Sistema Nacional de Investigadores, han acabado por ser contraproducentes —no inocuos ni imperfectos, sino estrictamente contraproducentes.

En esa gesticulación de los rectores que exigen, y el gobierno que promete, hay algo que recuerda al teatro Nô. Todos muestran muy ceremoniosamente la profunda emoción que corresponde a su personaje. Nadie dice nada desagradable. Nadie hace mucho ruido. Nadie dice que los problemas de las universidades son en parte de dinero, pero en parte también de diseño, de un diseño que hace enormemente difícil una carrera académica, y en parte también consecuencia de los usos y costumbres —de una inercia de la vida universitaria que resulta demasiado cómoda para todos los que cuentan, y que no interesa cambiar.

Sirve de ejemplo el caso del señor Boris Berenzon, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es un asunto conocido, que está en la prensa desde hace un año aproximadamente, mucho más en los pasillos de la facultad. El señor Berenzon compuso su tesis de maestría, su tesis de doctorado, y unos cuantos libros, a base de copiar páginas enteras de otros libros, obras de colegas suyos, también de Carlos Monsiváis, de Octavio Paz. Según lo que se ha hecho público, hasta mil páginas de la presunta obra del señor Berenzon no son suyas. Eso aparte de un ausentismo escandaloso, que había ocasionado protestas en la facultad desde hace años. Las pruebas de plagio son irrefutables. En cualquier institución seria habría sido motivo para que se le despojase automáticamente de ambos títulos, de su plaza como profesor en la universidad, que se retirasen de la circulación los libros, y más. No en la UNAM.

Las autoridades tardaron meses en darse por enteradas. Cuando no hubo más remedio, turnaron el caso al consejo técnico, que finalmente acordó destituir al señor Berenzon por “graves deficiencias en las labores docentes o de investigación”, con lo cual el asunto ha pasado a la Comisión de Honor del Consejo Universitario, que decidirá lo suyo, dentro de un tiempo, y después irá a las instancias laborales —sin prisa ninguna. En su descargo, el señor Berenzon dijo que todo era producto de una campaña de desprestigio, movida por sentimientos antisemitas, y explicó que “la no atribución de pasajes ajenos no puede considerarse plagio, tal como está definido en las leyes”. Alguien lo habrá incorporado ya a Wikipedia para ilustrar la palabra cinismo.

Me interesa la nota de color que ponen un par de cartas en la sección de correspondencia de La Jornada. La primera la firma Cristina Barros Valero, hija del rector Barros Sierra. Dice que conoció al señor Berenzon en el Colegio Madrid, que se lo encontró como editor de una revista que dirigía Lourdes Arizpe, y que tiempo después la invitó a participar en un coloquio en el que se reunieron entre otros: Antonio Lazcano, Julieta Fierro, Adolfo Sánchez Vázquez, Patricia Galeana, Vicente Quirarte, y dice que las ponencias se publicaron en dos libros sobre el “tiempo espacio”. Añade que supo que Berenzon era uno de los organizadores de la exposición conmemorativa del centenario de la universidad. Y algo más: “En el tiempo hemos cruzado escritos en apoyo a diversas causas sociales”.

La otra carta es de Margarita Peña, de la Facultad de Filosofía y Letras. También ella conoció desde niño al señor Berenzon en el Colegio Madrid; cuenta que fue amiga de su padre, Ignacio Osorio Romero, que fuera director de la Biblioteca Nacional. Y dice que hace poco recibió de él como regalo los mismos dos volúmenes sobre el “tiempo espacio”, un día en que conversaba con Adolfo Castañón, “a quien obsequió igualmente los libros”. Recuerda que en una ocasión la entrevistó para una revista que coordinaba con mucho entusiasmo, y dice que es un “historiador de enfoques originales”.

No niegan que sea un plagiario, no se refieren ni a sus libros ni a su docencia. Ni siquiera dicen que sea bueno, ni medio bueno. Para defenderlo basta con rodearlo de una serie de nombres, tan peregrino como sea el motivo: su papá fue director de la biblioteca, él fue compañero de clase de los Barros Valero, le regaló un libro a Margarita Peña, Lourdes Arizpe por acá, Patricia Galeana por allá, es decir, que pertenece a ese pequeño círculo de los que cuentan, y no tienen que demostrar nada —todos apoyan causas sociales, desde luego. Pertenece, con eso basta.

Y no sé por qué me viene a la cabeza la imagen de una pequeña piedra que cae silenciosamente en un estanque.




 
 
 
 
fecha 25 de agosto de 2013 00:06
ultima modificacion Ultima modificación: 23:17
autor Por: Fernando Escalante Gonzalbo
 
 
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