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Guerrilleros en elecciones

Rafael Rojas

 

Desde los años 90, en América Latina tiene lugar el espectáculo de antiguos guerrilleros que se presentan como políticos civiles en elecciones presidenciales. En Centroamérica, especialmente en Nicaragua y El Salvador, donde los conflictos armados se extendieron hasta los años 80, con las contrainsurgencias de dictaduras respaldadas por Estados Unidos, la vida política del siglo XXI parece estar marcada por aquellos conflictos.

En las elecciones de principios del año próximo, en El Salvador, contenderán un antiguo líder de la guerrilla, Salvador Sánchez Cerén, por el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), y el alcalde de San Salvador, Norman Quijano, militante del partido Arena, una asociación de derecha donde se agruparon militares y políticos de las últimas dictaduras en los años 90.

Aunque Quijano no fue una figura importante del régimen militar, su pertenencia a Arena lo ubica en una posición deudora de la derecha antiguerrillera. Frente a él, la candidatura de Sánchez Cerén busca capitalizar políticamente el pasado de la guerrilla, aunque evitando una identificación ostensible con las ideas más radicales de la izquierda marxista. Sánchez Cerén no es un candidato independiente del FMLN, como Mauricio Funes, pero a diferencia del fallecido Schafik Handal y otros líderes de esa izquierda, intenta proyectar una imagen centrista.

En todo caso, el pasado de la guerrilla y la dictadura está vivo en estas elecciones presidenciales en El Salvador. Un conflicto de hace treinta años gravita sobre las ideas y símbolos que se movilizan en la lucha electoral por el poder en ese país centroamericano. La guerra sucia continúa por otros medios, involucrando a las nuevas generaciones de políticos salvadoreños, que no vivieron en carne propia aquella confrontación.

Como en casi todos los países latinoamericanos, en El Salvador la fractura de la nación durante la Guerra Fría dejó una huella profunda. Hay algo de situación límite en aquel conflicto que lo vuelve omnipresente en la vida pública. La democracia facilita el abandono de la violencia política como método de conquista o preservación del poder, pero, lejos de borrar esa huella, permite su explotación simbólica por medio de la lucha electoral.

Los partidos y líderes antagónicos son conscientes de esa pervivencia y la aprovechan en el diseño de sus candidaturas. Sólo que la alusión al conflicto guerrillero debe ser lo adecuadamente sutil para estimular la memoria sin revivir los traumas del pasado. Ambos candidatos reconocen sus linajes históricos pero se cuidan de no presentarse en perfecta continuidad con los bandos enfrentados en la guerra sucia.

El pasado guerrillero o dictatorial es evocado en la campaña como un drama que debe ser recordado para no repetirse. Los herederos de la guerrilla o de la dictadura incorporan ese pasado a la mercadotecnia electoral como parte de un ritual de reconciliación a medias. La democracia es asumida como un periodo de la historia centroamericana que ha dejado atrás la violencia política, pero no la polarización de la sociedad.




 
 
fecha 26 de diciembre de 2013 00:15
ultima modificacion Ultima modificación: 23:35
autor Por: Rafael Rojas
 
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