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El fracaso de González Iñárritu

Julio Trujillo

 

Prefiero la ambición a la cautela. Y aplaudo más un yerro bien cometido que un logro aséptico y pasteurizado. Una frase de Samuel Beckett es un mantra elocuente: “Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Es por ello que no he dejado de aplaudir el grandioso fracaso que es The Revenant, de Alejandro González Iñárritu. Y digo “fracaso” en el sentido de que todo arte lo es: testimonio de nuestra fatalidad, si acaso una reproducción de las potestades creativas y destructivas del mundo natural (de la “divinidad”, dirían algunos).

Me gusta que el director mexicano lo apueste todo y que no pida permiso ni perdón. Se tira a matar, y el gesto mismo le confiere una cualidad especial de poder y fragilidad. Al tratar en The Revenant con puros temas primarios (la belleza y la hostilidad ciega de la naturaleza, la supervivencia del hombre en ella, la venganza), González Iñárritu encontró el hábitat ideal para su cine virtuoso y crudo, potente, pero también expuso su fragilidad: la de bordear con la pedantería y el acumulado lirismo. En esa frontera se tensa la película, y gana, permaneciendo del lado del buen fracaso.

Comparada en más de una ocasión con la intensidad de Werner Herzog, y surtidero de guiños y ecos, a mí The Revenant me hizo recordar los cuentos de Jack London, de una crudeza apenas tolerable y que suelen situarse en escenarios extremos protagonizados por agua, tierra, viento y fuego (y nieve, mucha nieve). Como si estuviera condenado a habitar un ciclo eterno de muerte-vida, el personaje de la historia se revela más sólido de lo que su apellido sugiere (Glass) y persevera respirando en este mundo con una sola motivación: la venganza. Pero para alcanzarla habrá de protagonizar una épica de la resiliencia en la que, entre otras cosas, un oso lo destruye, un caballo lo pare y un río lo bautiza una y otra vez. Uno siempre agradece, en esta vida que nos aprisiona y desangra entre Viaducto y Obrero Mundial, esos regresos a las potencias primigenias, ese recordatorio de que respirar es un milagro. Y la historia se narra, como no podía ser de otra manera, con una grandilocuencia visual que aspira, ni más ni menos, que a la recreación del mundo. La lente de Emmanuel Lubezki es, para esos efectos, mozartiana y perfecta. En un momento en que Glass ve a lo lejos la amenaza de una avalancha, y uno siente dicha inminencia pulsando en la sangre, le comenté a mi hijo: “se cree Dios”, refiriéndome al director de la película, pero lo dije quitándome el sombrero, reconociéndole que, si hemos de ser “creadores”, es mejor que lo seamos con toda nuestra fuerza y asumiendo todos los riesgos.

Western de vida, muerte, violencia, resistencia y vendetta, contrastado con momentos de pasmo y gran belleza, The Revenant es una composición magistral que, a riesgo de ahogarse en sus propias virtudes (no abusemos de los violonchelos, por ejemplo), se sobrevive a sí misma como su personaje y nos regala una odisea asombrosa y brutal, necesariamente ambiciosa, como si su director hubiera tenido en mente y trasladado al cine el famoso aforismo de Cyrill Connolly sobre los escritores: “que la función genuina de un escritor es producir una obra maestra y que ninguna otra finalidad tiene ninguna importancia”.

julio.trujillo@razon.com.mx
Twitter:
@amadonegro




 
 
 
 
fecha 25 de enero de 2016 00:55
ultima modificacion Ultima modificación: 20:49
autor Por: Julio Trujillo
 
 
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