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La represión es la represión

Rafael Rojas

 

En las últimas semanas hemos visto una consistente represión de manifestaciones pacíficas en Venezuela por parte del gobierno de Nicolás Maduro. Las escenas en las redes sociales no dejan margen a la duda: los manifestantes son reducidos con tanquetas militares, soldados con escudos y macanas, chorros de agua, gases lacrimógenos y balas de goma. El saldo es de varios muertos y miles de heridos. Si algo así hubiera sucedido en Estados Unidos y Gran Bretaña, Alemania y Francia, el rechazo sería unánime.

El régimen chavista, por supuesto, no lo admite. Su lenguaje es testimonio de un mundo al revés. Según Maduro, su canciller Delcy Rodríguez y el general Vladimir Padrino López, los opositores pacíficos son “golpistas violentos”; los gobiernos latinoamericanos que llaman al diálogo y la cordura, son “derechistas” e “intervencionistas”; y las marchas pacíficas son “desestabilización”, “complot”, “contrarrevolución”. De manera que la represión no es represión sino “restitución del orden público”.

Dado que el gobierno venezolano, en un deliberado trueque conceptual que aprendió de Cuba, asume la oposición pacífica como contrarrevolución violenta, su manera de enfrentar el conflicto no es por medio del diálogo sino por la fuerza. Un día antes de la manifestación opositora del 19 de abril, Maduro anunció un nuevo plan de contingencia militar para enfrentar “el golpe” por medio de un considerable aumento de las milicias, que pondría sobre las armas a más de 500 mil civiles.

Si realmente existe un peligro de golpe de Estado, a pesar de que el ejército ha reiterado su lealtad al gobierno, ¿es esa la mejor forma de conjurarlo? Frente al riesgo de violencia contra el Estado, provocado por la crisis económica y la pérdida del consenso político, ¿qué sentido tiene reforzar la potencialidad de violencia desde el Estado? Pareciera que es el propio gobierno el actor más interesado en que el conflicto escale y desemboque en una guerra civil.

La solución a la crisis venezolana debe, y todavía puede, ser política y en apego estricto a la Constitución y la soberanía de ese país. Pero si el principal actor, el gobierno de Maduro, no está interesado en una solución, ¿qué se ofrece a la mitad —o más de la mitad— de la ciudadanía que desea un cambio? Es en esa encrucijada donde se incuba la posibilidad de la catástrofe.

Hay, de hecho, en la tradición política a la que pertenece Maduro, una fuerte tendencia a poner a elegir a la ciudadanía entre el régimen y el apocalipsis.

Al momento de escribir esta columna, todavía no hay informes acabados sobre las marchas opositoras y oficialistas de ayer, 19 de abril, en Caracas.

Pero esa medición de fuerzas en las calles, al margen de su apasionado mensaje, ofrece una imagen falseada de la profunda crisis política que vive Venezuela. Las marchas proyectarán el rostro de un país partido en dos, pero es muy probable que el deseo de cambio sea mayoritario. La única forma de saberlo es por medio de un referéndum o unas elecciones.

rafael.rojas@razon.com.mx




 
 
 
 
fecha 23 de abril de 2017 00:45
ultima modificacion Ultima modificación: 09:49
autor Por: Rafael Rojas
 
 
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