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Thoreau

Julio Trujillo

 

Escojo al azar: “Ningún hombre ha caído de mi estimación por usar un parche en su ropa; no obstante estoy seguro de que comúnmente hay una mayor ansiedad por usar ropa de moda, o al menos limpia y sin parchar, que por tener una conciencia limpia”. Quienes estén acostumbrados a la prosa juiciosa, de un altísimo rasero ético, pero también naturalmente lírica y honesta de Henry David Thoreau, lo habrán reconocido de inmediato y, quienes no, están en el umbral de un viaje único.

Hace unos días se celebró el bicentenario del nacimiento de este autor estadounidense que en vida fue un gran solitario con un puñado de amigos y lectores y que hoy es considerado el precursor de la conciencia ecológica y de la desobediencia civil, por lo menos, pero que también es un peso completo del individualismo radical y un potente vocero de esa corriente llamada “trascendentalismo” que enarbolara el gran Ralph Waldo Emerson, tutor y amigo de nuestro personaje.

Al principio de estas líneas cité a Thoreau al azar y no mentí: sus palabras provienen del libro Walden o la vida en los bosques, una especie de Biblia laica que compendia, sin desperdicio alguno, las temáticas comentadas arriba en las que el autor destacó y que se ha convertido en un auténtico clásico del ecologismo, pero que también incursiona con soltura en los terrenos de la filosofía, la poesía y en ese género que, a falta de mejores palabras, plagiaré de un título de Georges Perec: “La vida, instrucciones de uso”. Pues Walden, sin imponerse como una cátedra, es una deliciosa serie de instrucciones para sobrevivir en el bosque con poco más que un hacha y un cerillo. Y en realidad no es eso, tampoco, sino un formidable (y terrible) contraste entre lo que nos estamos perdiendo del mundo natural y el cataclismo de nuestra sociedad “civilizada”. Donde el lector abra este libro encontrará un torrente de impecables aforismos (en los que gravita un orientalismo bien leído) sobre cómo vivir y cómo no vivir, y descubrirá, tal vez, que otra vida es posible, que nada lo obligó a ser la persona que hoy es, inconscientemente esclavizada y con un espectro de visión reducidísimo. Esta manera de pensar y de señalar con el dedo la tragedia del hombre urbano condenó a Thoreau a una soledad que él, por otro lado, incluso procuraba. Pero también señaló al Estado, combatió la esclavitud y defendió, so pena de cárcel, su derecho a no pagar impuestos. Léase: “No me importa rastrear el curso de mi dólar (si pudiera, hasta que el dólar compre a un hombre o un rifle para dispararle al hombre), el dólar es inocente: me preocupa rastrear los efectos de mi lealtad”, refiriéndose con ello a su rechazo a serle leal al Estado.

Artista del caminar y del saber estar, monje de la austeridad y virtuoso de la observación profunda, a Thoreau le preocupó una sola cosa: saber estar parado entre dos eternidades, el pasado y el futuro, y engrandecer el paso del tiempo en ese prolongado instante. Si él dijo: “He aquí la vida, un experimento que apenas he podido llevar a cabo”, ¿qué podremos decir nosotros?

julio.trujillo@razon.com.mx
Twitter:
@amadonegro




 
 
 
 
fecha 17 de julio de 2017 00:20
ultima modificacion Ultima modificación: 20:38
autor Por: Julio Trujillo
 
 
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