Diario La Razón
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Nacido el 16 de septiembre
Domingo, 12 de septiembre de 2010
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Recibí por correo una bandera de México de parte del presidente Calderón. Supongo que usted también. El paquete incluía, además de la bandera, la letra (abreviada) del himno nacional y una carta firmada por el primer mandatario. Quiero aprovechar este espacio para acusar recibo, pero la verdad es que no sé qué hacer con el envío.

Por supuesto que sé qué hacer con una bandera, todos sabemos, forma parte de nuestra genética: colgarla por ahí, a la vista de todos, para que vean que soy de aquí mero; ondearla y gritar que viva México, cabrones (este último apelativo no sólo subraya sino demuestra la espontaneidad de la declaración); o incluso envolverse en ella y dar un brinquito, en cauteloso homenaje a Juan Escutia. Gracias, pues, por el lábaro patrio, pero ¿por qué me lo mandaron?, ¿cuál es la verdadera utilidad de una proliferación de banderas, o, para decirlo en otras palabras: qué de bueno tiene a estas alturas un empujón nacionalista? La enseña patria no siempre inspira respeto, como lo demuestra el numerito que montó Soto y Gama en la Convención de Aguascalientes. Yo me enteré de esa anécdota, como de tantas otras, en el prodigioso El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán, pero usted también puede encontrarla en la crónica de la Convención que escribió Vito Alessio Robles y en muchos otros documentos. Cabecilla de la delegación zapatista, Antonio Díaz Soto y Gama era un orador de “elocuencia pirotécnica y reiterativa”, un inspirado tribuno de verbo embriagante y un verdadero devoto de Emiliano Zapata. Un día, Soto y Gama, después de perorar sobre Marx, Buda y Zapata, enfiló su lengua contra la división de los hombres en pueblos y naciones, contra el lastre de las patrias y sus emblemas, tras los cuales los hombres acrecentaban su odio y se hacían la guerra. Inspirado, el orador tomó una bandera que se encontraba en el estrado y así apostrofó a la enseña nacional:

—¿Qué valor —decía, estrujando la bandera y recorriendo con la vista palcos y butacas—, qué valor tiene este trapo teñido de colores y pintarrajeado con la imagen de un ave de rapiña?  Ninguno de los convencionistas reaccionó, mareados como estaban ante el discurso del zapatista, pero a la siguiente frase de Soto y Gama, en la que el “trapo” había pasado a ser una “superchería”, una “mentira” y una “hilacha”, todos se miraron entre sí y, simultáneamente, se pusieron de pie y desenfundaron sus pistolas, apuntándolas al pecho del orador lenguaraz. ¡Qué momento: Soto y Gama, con la bandera hecha bolita entre las manos, impávido (aunque algo pálido) ante los cañones de las armas convencionistas! Nada ocurrió: los ánimos se calmaron y el orador terminó su discurso y bajó de la tribuna, pero el maltrato a la bandera ya había sido registrado para los anales de la historia.

Así que ya tengo mi bandera, y en las calles de la ciudad hay, casi, una en cada poste, así como hay por todos lados puestitos patrios, erizados de emblemas tricolores, rehiletes y un nutrido etcétera de parafernalia nacionalista. Bien. ¿Pero podrá esta marea simbólica de verdad levantarnos? ¿No corremos el peligro de creernos excepcionales? ¿No nos convendría ser menos soberanos y mejores administradores y empresarios? Leo algunas estrofas del himno nacional y lo cierto es que aquella beligerancia me queda muy lejos (“¡Guerra! ¡Guerra! Los patrios pendones / en las olas de sangre empapad”). Me asomo a un par de libros de poemas civiles y patrióticos y sólo se me ocurren sátiras. Y de repente me topo con este poemita de Amado Nervo:

      MI MÉXICO        Nací  de una raza triste,       de un país sin unidad       ni ideales ni patriotismo;       mi optimismo       es tan sólo voluntad,        obstinación en querer,       con todos mis anhelares,       un México que ha de ser,       a pesar de los pesares,       y que yo ya no he de ver…

Lo de la “raza triste” es ciertamente difícil de explicar. ¿Influencia del spleen? Tal vez, pero lo que más me llama la atención, en el contexto de la repartición masiva de banderas, es aquello del optimismo como “tan sólo voluntad”… Ahí lo dejo.

En la prepa, mis amigos me apodaron, por mi inusitada inclinación poética, Amado Negro. Y para acabar de redondear el asunto, resulta que nací el 16 de septiembre… ¿Qué debo hacer con mi bandera? No voy a estrujarla como Soto y Gama, pero tampoco tengo ganas de ondearla y confiarle todo a la voluntad. Tampoco voy a firmar una carta que circula por ahí en que los escritores se declaran muy preocupados por la situación. Voy a seguir buscando un buen adjetivo para un buen sustantivo, que es lo que sé hacer. Y prometo no pasarme ningún alto.

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