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Columnas

Topes Julio Trujillo 09:10

Viernes 30 Octubre


Los topes son el punto cero de la civilización. Son embriones de muros, y nada hay más indignante que esos límites concretos levantados ante el fracaso de la política, es decir: de la conversación. Un tope es el polo opuesto a la conversación, es un grito, una interjección (diría que es un ladrido, pero el símil sería indigno para los perros). Un tope es tan burdo, tan básico, que cualquier adjetivo le queda grande (incluso “burdo” y “básico”). Un tope es un tope es un tope. Un tope es un puñetazo en la cara.

Según mi experiencia, las ciudades mexicanas (algunas) son los únicos lugares del mundo que basan su vialidad en la imposición del tope. Si un español lee este texto, probablemente no lo entienda porque esa acepción de “tope” no ha entrado ni a su vocabulario ni a su vida. Pero mi experiencia es limitada. Habrá otras ciudades que manifiesten su fracaso civil con un relieve de chipotes. Auch: el tope es la vulgaridad del horizonte. Es la interrupción por antonomasia. Es el odiado telefonazo inoportuno. Es el puño infame que tocó en la puerta de Coleridge cuando éste transcribía el sueño de un poema perfecto, del cual sólo alcanzó a registrar un fragmento. Sí, los topes nos fragmentan, nos obligan a desplazarnos en añicos: son el asma de la urbe.

¿Qué pasó con los anuncios rojos que decían sencillamente “ALTO”? Murieron por indiferencia: hoy son los fósiles de otra época. ¿Qué pasó con la dignidad de los semáforos? Los semáforos son los predicadores de las esquinas, y todos comparten el mismo discurso, la misma perseverante letanía: no, sí, cuidado. Son moralistas que antes imponían respeto porque su fe se basaba en el dogma del orden, es decir en la “colocación de las cosas en el lugar que les corresponde”. Toda ciudad es un organismo, un conjunto de órganos y de las leyes con que se rige. Los semáforos son, o eran, el asta bandera de la más evidente realpolitik. Son el lenguaje que nos inventamos —trinitario y cromático, bello en su sabia simplicidad— para funcionar sin estridencia. Idealmente, en una ciudad se tejen miles de diálogos mudos y simultáneos gracias a los semáforos: pase usted, gracias, ahora usted, gracias, cuidado, ahora sí, ahora no. Pero dimos un manotazo en la mesa y nos levantamos, rompimos el diálogo y erigimos el tope.

¿Será el tope el monumento que nos merecemos? No lo creo, pero está muy cerca de definirnos. En cualquier caso, a estas alturas ya es posible hacer un catálogo de topes, una breve selección que podría conformar una exposición futura titulada “Aberraciones de ayer”:

Tope tortuga: Si no fuera un tope, sería adorable. Es un tope de los años cincuenta conformado por bolas de acero que se asoman en hilera.

Tope clásico: protuberancia moderada y anunciada con pintura. Reduce la velocidad sin destrozar el coche.

Tope histérico: Consiste en colocar topes clásicos cada 10 metros.

Tope escalón: Extraordinariamente violento. Puros ángulos rectos. Ha llegado a confundirse con el final de la calle.

Tope montaña: Es la madre de todos los topes. Sobra su definición. La madre que lo parió.

Tope espectro: Carece de pintura y, de noche, es sencillamente indetectable. Una subespecie de este tope es la que viene anunciada con un letrero que, colocado dos metros antes, dice: “Tope”.

Tope vibrador: Conjunto de topes minúsculos que, además de reducir la velocidad, produce un sonido como de güiro colosal.

Tope timo: Sólo es pintura, sin tope, pero ya pisamos el freno a fondo.

Tope cóncavo: Hondonada, vacío: bache suave y deliberado. Es un tope al revés: epot.

Tope ruina: Restos de un antiguo tope. Actualmente se estudia si deben ser considerados patrimonio de la nación.

Bache: Tope natural. Al ver que funcionan exactamente igual que un tope, las delegaciones deciden no arreglarlos.

Tope inteligente: La novedad en topes. Se mantiene plano si se respeta el límite de velocidad, y forma una pequeña pirámide si no. Es un tope ecológico, ya que evita las frenadas y acelerones de los que sí respetan los límites.

Si la ciudad fuera un discurso (que de alguna forma lo es), necesitaría una sintaxis e incluso una retórica. Los topes son un atentado contra el buen discurrir. Tope. No son parte de la puntuación Tope, sino todo lo contrario: una ausencia Tope violenta de signos gramaticales. Serían Tope tachones, tal vez, manchas de tinta o súbitos y violentos accesos de Tope tos. Claro que la única manifestación posible en contra de los topes sería la ya impensable vuelta a una gramática tradicional. El escenario de que frenemos en una esquina por pura civilidad se antoja imposible. La generación de los SMS y de Twitter se educó en la retórica destrozada por los topes. Se asoma ya un nuevo lenguaje fragmentario. Cachos, astillas, topes.

fdm


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