Miércoles 06 Enero
A diferencia del aborto, que es un tema eminentemente científico (¿cuándo empieza la vida?), el caso de los matrimonios entre personas de un mismo sexo es una cuestión ética: ¿con qué derecho el Estado pone trabas a la felicidad de personas que no dañan a terceros?
Las iglesias —evangélica y católica, entre otras— y algunos comunicadores en medios electrónicos, han reaccionado de manera virulenta en contra de las reformas al Código Civil del Distrito Federal.
Tienen todo el derecho a opinar, aunque estén equivocadas.
A lo que no tienen derecho es a propiciar la discriminación, porque eso está prohibido por la Constitución.
En ninguna parte de la Carta Magna se dice que el matrimonio lo constituyen dos personas de sexo diferente; por eso los códigos civiles de los estados pueden ser modificados, como se hizo en el Distrito Federal.
Pero el punto central está en otro lado: no hay motivo para que los heterosexuales y los homosexuales tengan un trato diferente ante la ley.
Las iglesias están en su derecho al negarles el sacramento del matrimonio, pero el Estado no tiene argumentos jurídicos ni éticos para impedir que se unan dos personas del mismo sexo y gocen de todos los derechos que las leyes le consagran al resto de los mortales.
Si el Estado impide que dos personas sean felices, o que intenten serlo, está violando los derechos humanos de sus ciudadanos.
Llama la atención que personas de buena fe se escandalicen ante la posibilidad de que se extienda en el país la anuencia legal para bodas de personas del mismo sexo.
La sociedad no está enferma de “homosexualismo”, que por cierto no es una enfermedad.
De lo que está enferma nuestra sociedad es de desamor.
Hacia ese punto deberían dirigirse las energías de los ciudadanos e instituciones. Esa es una peste que corroe las relaciones humanas, laborales y familiares.
En nuestro país una de cada tres mujeres vive violencia de parte de su pareja.
Ante eso, ¿qué? ¿No importan los golpes porque los propina alguien de sexo diferente?
La Encuesta Nacional de Violencia Intrafamiliar 2008, elaborada por la Secretaría de Salud federal, apunta que las formas de maltrato se presentan con bofetedas en el 42 por ciento de los casos, golpes de puño en el 40, y también con objetos.
Aquí, en la zona metropolitana de la capital del país, la violencia intrafamiliar se presenta en uno de cada tres hogares.
Las autoridades, incluso aquí, en el DF, suelen ponerse del lado de los victimarios en lugar de defender a las víctimas.
Eso sí es escandaloso. Eso sí es una inmoralidad, además de ilegal.
Que dos personas del mismo sexo se casen no daña a nadie.
phl@razon.com.mx
fdm