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Columnas

El esqueleto glorioso Rafael Rojas 01:07

Martes 20 Julio


Finalmente Hugo Chávez ha logrado la exhumación del cadáver de Simón Bolívar y un equipo de científicos, contratado por el presidente venezolano, ha iniciado la investigación sobre las causas de la muerte del Libertador en 1830.

Luego de ver los restos, Chávez ha declarado: “tiene que ser Bolívar ese esqueleto glorioso, pues puede sentirse su llamarada. Dios mío. Cristo mío”. Expresiones religiosas que se dan en un momento crítico de las relaciones del chavismo con la Iglesia católica.

Chávez lleva años intentando apropiarse del cadáver de Bolívar por la vía ideológica y ahora trata de apropiárselo físicamente. Su objetivo es doble: confirmar la identidad del esqueleto y probar que Bolívar no murió de tuberculosis, como ha afirmado la buena y nutrida historiografía bolivariana en los dos últimos siglos, sino envenenado con arsénico. ¿Por quién? El enemigo, según Chávez, tiene rostro histórico —el prócer neogranadino Francisco de Paula Santander—, pero la alegoría quiere inculpar a los “enemigos” del propio Chávez: Estados Unidos y Colombia, el imperialismo yanqui y los opositores internos, a quienes llama “escuálidos”.

Si Bolívar es el Dios padre de Venezuela y Chávez su enviado entonces los antichavistas son malos hijos y traidores a la patria, que mancillan el legado del libertador. Esta operación simbólica, como han advertido tantos estudiosos y analistas, busca una reedición venezolana de la manipulación del legado de José Martí realizada por Fidel Castro y el gobierno cubano durante medio siglo. Sólo que en Cuba sí se produjo una revolución —si entendemos por ésta el cambio de un orden social— que facilitaba esa variante religiosa del nacionalismo.

La caricatura que el chavismo intenta hacer de Bolívar sólo es equiparable a la que el propio Chávez y sus historiadores hacen de Francisco de Paula Santander. Este último, como es sabido, fue una figura clave de lucha militar y política contra el imperio borbónico en el virreinato de Nueva Granada. Elegido como Vicepresidente de Bolívar, tras la aprobación de la Constitución de Cúcuta, en 1821, que dio origen a la Gran Colombia, Santander ejerció la presidencia interina, con Antonio Nariño como vicepresidente, mientras Bolívar encabezaba la campaña del Perú. La ruptura entre ambos caudillos sobrevino en 1826 y no fue la única que experimentó el libertador en sus últimos cuatro años de vida.

La historiografía chavista intenta atribuir a Santander una ideología antipatriótica, pero lo cierto es que las diferencias entre el prócer neogranadino y Bolívar fueron, sobre todo, constitucionales y políticas. Santander era partidario de la Constitución de Cúcuta, documento liberal y republicano, que a pesar de ser unitario concedía una relativa autonomía a los departamentos de Cundinamarca, Venezuela y Quito y permitía a esas regiones elegir sus senadores al congreso de la Gran Colombia. Cuando Bolívar intentó trasladar el modelo centralista y autoritario —presidencia vitalicia y senado hereditario— de la Constitución de Bolivia a la Gran Colombia, en 1826, Santander, como tantos otros, se le opuso.

rafael.rojas@razon.com.mx


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