Domingo 07 Marzo
Por Yuliana García Hernández
El Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro es el lugar de trabajo de más de 42 mil vendedores ambulantes, los cuales, sin algún tipo de regulación, se han convertido en el dolor de cabeza de cinco millones de pasajeros cada día.
La presión psicológica y física que ejercen a diario los discursos de estos vendedores afecta la salud mental de los usuarios y han logrado que el Metro sea ahora una fábrica de gente agresiva, depresiva e ineficaz laboralmente, considera la directora de Hospitalización Continua del Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino, Socorro González Valadez. En promedio, de acuerdo con un sondeo en el Metro, un usuario pasa por 30 estaciones al día para desplazarse a su lugar de trabajo o escuela. Recorre 15 de ida y 15 de regreso.
En tanto, por cada estación llegan a subirse hasta dos vendedores, es decir que un solo pasajero puede llegar a escuchar a 60 vendedores en un día.
Sumado al desempleo, los bajos salarios, la inseguridad que se respira en el país y la ola de historias con las que a diario los vagoneros turban a los usuarios, el Metro es un espacio propicio para el estrés, comenta la especialista en entrevista con La Razón.
“El escenario no es nuevo, a diario los usuarios son víctimas de los llamados vagoneros, quienes con largos y variados discursos bien manipulados buscan mover los sentimientos de los ciudadanos a cambio de una moneda. El número de vendedores ha crecido alarmantemente”, indicó.
En cada estación logra colarse un vendedor, quien con estruendosos gritos arremete, lo vende: “llévelo, lo mejor de la música ranchera en MP3”. Después se baja, pero sube otro, luego otro. Se turnan e incluso coinciden, explica Socorro González.
Ciegos, ancianos, indígenas, niños, vándalos, indigentes, mutilados e incluso ex presos son ejemplo de quienes también desfilan de vagón a vagón. La mayoría ofrece algún producto, como dulces, gelatinas o accesorios para el hogar, otros sólo piden dinero, pero todos perturban al usuario.
Por ejemplo, los adictos a sustancias tóxicas utilizan un monólogo de doble filo. Se pintan como buenas personas, sin embargo dejan entreabierta la idea de que si no reciben lo que desean pueden asaltar y lastimar a alguien, explica.
Los ánimos suben y bajan durante el viaje. Las emociones son encontradas: uno va del miedo de los vendedores que amenazan, a la compasión por los minusválidos o ancianos y luego al enojo contra quienes provocan un escándalo con las bocinas que cargan en la espalda para ofrecer discos piratas de diversos ritmos.
Aunque algunos pasajeros logran escabullir el discurso y el estruendo gracias a sus iPods o celulares, a los que se adhieren para sustraerse de la realidad, otros menos afortunados, tienen que escucharlos. Lo anterior propicia en los vagones una atmósfera pesada: “la gente arremete cuando está a la defensiva y es imposible que en un clima tan contaminado de ruidos, de forcejeo, estrés y bombardeo las personas no reaccionen con violencia. Lo vimos apenas con la balacera desatada en Balderas”.
Señala que ante esto algunos sujetos sólo reaccionan con trastornos de ansiedad que se caracterizan por nerviosismo, taquicardias, palpitaciones o sudoración profunda, pero que en algunas ocasiones algunos desarrollan crisis de pánico, fobias, miedo de salir a la calle o sencillamente desencadenan cuadros depresivos.
Para la especialista estas condiciones están gestando a ciudadanos agresivos, inseguros y decepcionados por el desempleo y la carencia, pero sobre todo están propiciando que la gente se desarrolle ineficazmente en su medio laboral.
“Cada día tenemos más miedo de salir a la calle, las formas de vida se están afectando social, familiar y laboralmente. La gente no sabe si va a ser agredida o no, por lo que se mantiene a la defensiva ante cualquier situación. Además llega al trabajo tarde, harta del ruido, enojada y afectada emocionalmente de las malas experiencias que ha pasado durante el camino”, subrayó.
Para la doctora, aunque las personas se acostumbran a todo, las autoridades deberían implementar algunas medidas, sobre todo por los niños, los más susceptibles a estas escenas.