19-S: rito de pasaje

STRICTO SENSU

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El ciclo temporal azteca constaba de 52 años. Que dos de los más graves terremotos sufridos por los habitantes de la ciudad de México hayan coincidido en la misma fecha, puede interpretarse como broma divina o remota probabilidad.

Prefiero pensar que nuestros ciclos actuales son de 32 años. Y, tomando la idea de mi compañero de páginas, Julio Trujillo, quien señala que el más reciente sismo significa un relevo generacional, comparo al país de entonces con el de ahora.

A diferencia del pasado, la sociedad mexicana es hoy mucho más consciente del lugar que ocupa el país en la escena mundial. En 1985, el Gobierno federal rehusó la ayuda internacional, como si el aceptarla menoscabara nuestra soberanía, celosamente resguardada por el régimen de la Revolución Mexicana. La semana pasada, en contraste, fueron recibidas numerosas ofertas de países amigos. Se hicieron no como un intento de conquista sino como muestra de la solidaridad entre las naciones.

Hace 32 años, un gobierno con tendencias autoritarias quedó pasmado ante la magnitud de un terremoto. La participación social en las labores de rescate fue desalentada desde el poder, e incluso se recurrió a las fuerzas armadas para preservar el orden. La semana pasada, de manera inédita desde hace lustros, la solidaridad entre mexicanos, sobre todo los jóvenes, se desplegó sin obstáculos. Haciendo de lado sus labores cotidianas, estudiantes, comerciantes, amas de casa y vecinos se dedicaron a salvar vidas y a resguardar los patrimonios de nuestros hermanos en desgracia. Las autoridades de nuestra imperfecta democracia, pertenecientes a diversos colores partidistas, superaron temporalmente sus diferencias para trabajar de común acuerdo. Una mención especial merecen los soldados y marinos. Una vez más mostraron su compromiso con el pueblo al que pertenecen y al que protegen incondicionalmente.

Hay algo de paradójico en el reconocimiento de que lo mejor de nosotros se manifiesta especialmente durante los desastres. Como en el sismo de 1985, la adversidad reciente permitió que los mexicanos nos viéramos como habitantes de una misma casa. Ojalá esto sirva para que los diferentes actores políticos, independientemente de filiación partidista, se esfuercen en reencontrar un sentido comunitario de proyecto y propósito. Su mejor respuesta al extraordinario ímpetu social sería poner de su parte para alejarnos de la polarización en la que vivimos desde hace algún tiempo.

En los últimos días, el nombre de México ha dejado de estar ligado al narcotráfico, secuestros, desapariciones y corrupción. Se ha hablado de un país solidario, de gente comprometida, de sacrificio y fraternidad. La frase “Fue el Estado” reveló esta vez un nuevo significado: brigadistas, policías, estudiantes, soldados, vecinos y marinos pueden trabajar juntos, codo con codo, como un solo equipo, para ayudar a sus hermanos. Estoy seguro que las muchachas y muchachos que adquirieron su adultez sacando escombros, llevando alimentos u organizado brigadas de ayuda, ahora saben que hay otro país, mejor del que les estamos dejando sus mayores, por el que vale la pena luchar. Confío en que así sea.

 

Mauricio Ibarra

Mauricio Ibarra

Abogado (UAM) y maestro en Economía y Política Internacional (CIDE).
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