El cine de género según Diego Cohen

Sobre sus producciones cinematográficas, la industria mexicana y las nuevas apuestas de los creadores, Cohen habla en esta charla.

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¿Qué tan complejo es crear cine de género o su mercado en nuestro país?
Se abre más cada día. Ahora vivimos una etapa muy afortunada para los que hacemos cine de género en México. De algún modo se puede considerar como el resurgimiento del cine mexicano de género y, en general, quienes hacemos ese tipo de cine hemos allanado el camino y hemos ganado mayor credibilidad, por ejemplo con los exhibidores, quienes se dan cuenta de que este cine está funcionando. De pronto voltearon a ver este tipo de cine independiente —es importante mencionar que debe ser producido de manera independiente, porque los nuevos comités de selección de los fondos oficiales tampoco están muy acostumbrados a juzgar proyectos de esta naturaleza. Recordemos que hace no mucho tiempo el cine mexicano en sí mismo se consideraba como un género. La dificultad ha sido cambiar la percepción de quienes consideran que no hay géneros dentro del cine mexicano, principalmente la de los exhibidores. Poco a poco, se están abriendo las puertas. En el caso de mis producciones, he tenido la fortuna de que se exhiban en Escandinavia, Alemania, Italia, Reino Unido, Colombia, China. Netflix compró Luna de miel, lo que también nos habla de la apertura que tiene el mercado internacional para este cine mexicano. Al ver la posibilidad de hacer negocio, los festivales lo incluyen cada vez más.

¿Por qué hacer un cine con violencia en un país tan violento como México?
Es raro ver reflejado en el cine aquello que podemos ver en el día a día. Todo aquello que forma parte de nuestra cotidianidad como habitantes de la Ciudad de México o de cualquier sitio. En este momento de mi carrera estoy muy comprometido con este tipo de creación, y me interesa mucho también indagar en la violencia, como es el caso de Luna de miel. La manera en la que quise contar esa historia requería exposición gráfica y explícita del secuestro, pero también es un recurso que cumple más su objetivo dentro de la película como obra de género, que el de reflejar una realidad. La violencia que vemos en la película, o por lo menos en tres cuartas partes de la película, no se expresa —digamos— de forma gratuita ni para hacer sufrir a la otra persona: en este caso se utiliza como un método dentro de un experimento de condicionamiento conductual. Lo que intenté hacer fue traducir cómo podría funcionar un experimento de esta naturaleza con un personaje cuya psicopatía esté acentuada. El uso de la violencia en esta historia recae en el tema central que es la historia de amor. Nosotros vemos la historia desde la víctima y el victimario, pero el hombre no la considera así: es su amada y esa persona “merece” todo su afecto y todo amor.

¿Qué objetivo tiene tu cine?
Las películas tienen muchísimas lecturas. Mi interés al momento de hacerlas y compartirlas tiene mucho que ver con esas lecturas sociales. Trato de narrar alguna historia, por ejemplo, de amor y de psicopatía. En un inicio, mi objetivo ha sido narrar historias desde diversas situaciones, condiciones, etcétera, como lo sería la violencia, pero en ningún momento lo he hecho con el propósito de plantear una película de denuncia. Refleja cosas que vivimos dentro de la sociedad mexicana y puede permitir también un espacio para la reflexión sobre los mismos temas. Creo que si la película tiene esas herramientas, uno puede preguntarse naturalmente por qué o para qué sucede; los espectadores pueden cuestionarse en su vida cotidiana qué pasa con la gente con la que convivimos a diario. Este descubrimiento o posible descubrimiento de las distintas realidades existentes detrás de cada una de las puertas es parte de lo que muestro; por ejemplo, hay un tema también que puede ser relacionado con Luna de miel (en una interpretación un poco más libre) y tiene que ver con todo lo que sucede alrededor de estos grupos religiosos que defienden la existencia de las familias tradicionales. Esta historia de terror refleja a una pareja tradicional, determinada simplemente porque son un hombre y una mujer, pero eso no implica que esa familia tenga una vida saludable, relaciones normales de afecto y demás. También se puede relacionar con ese tema y puede existir una lectura en ese sentido. Sin embargo, hago hincapié en que finalmente estas interpretaciones son posibles dentro de la película, pero el objetivo primordial no es hacer cine de denuncia sino una película de género.

¿Qué es lo más complejo al hacer cine de género en una sociedad tan conservadora como la mexicana? Leí en una nota de periódico que algunos llegan a salirse de las salas de cine.
Sí, eso pasó, tuve la oportunidad de verlo. Fue durante unas funciones que dimos en Seúl, en Corea del Sur, y hubo personas, sobre todo de edad avanzada, que se salían justo después de algo que sucede en el minuto cuarenta y cinco. La violencia explícita está ahí. Aunque es una película realista, no hay exceso de sangre. Lo estudiamos muy bien. Este tipo de cine tampoco es un incentivo a la violencia; nunca en la historia, ni la música ni el arte en general lo ha sido. Hoy, la gente tiene más tolerancia a las imágenes fuertes, y lograr ese efecto de impresionar o de impactar al espectador con una película de terror creo que es muy valioso para el momento que estamos viviendo.

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