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Donald Trump
(Foto: AP)

Eso de agarrarse a madrazos ya es obsoleto. Lo de hoy es hacerlo a tuitazos, feisbucazos o chatazos. Y en el ring de las redes sociales caben todos y pueden tratarse como pares. ¿Cuántas mentadas de madre pueden recibir algunos políticos de parte de Juan Gabriel Cátsup o Herlinda Mozzarella, ambos estudiantes de prepa que dedican un rato de la tarde a echarle bronca a un senador o al presidente? Quizás hasta lleguen a pensar que los susodichos leyeron sus reclamos y se enojaron: “Otra vez este Juan Gabriel diciendo que soy un ladronzuelo de mierda”. Si los leyeran, muchos de ellos recibirían varios knockouts virtuales por minuto.

En los madrazos al menos los contendientes se ven la cara y se disparan golpes con puños y patas. Y hasta se escupen con saliva de verdad. En cambio cualquiera puede recibir un tuitazo de un conocido o desconocido sólo porque el agresor, a la distancia, cree que en el mundo de las palabras un peso mosca bien puede tirarle un trancazo a un peso pluma o viceversa. Y la susceptibilidad es tal que a veces los manda a la lona de la depresión: “Creen que soy un tranza”.

He visto (perdón: leído) intercambios de tuits entre amigos o colegas que en la vida real, sentados en la misma mesa, difícilmente se tocarían. Como voyeur de esos pleitos, a veces distingo cuando uno de los dos agarró la peda y se envalentonó para enfrentarse al otro con insultos y descalificaciones. No pocas amistades se han roto en esos combates.

Pero hay de tuitazos a tuitazos. Muchos políticos, deportistas, escritores y gente VIP, que cuentan con millones de seguidores, utilizan la red con frecuencia para la autopromoción, para dar alguna noticia, para hacer campaña o para que los fans les echen toda la miel que cabe en 140 caracteres (hoy 280). El Papa tiene dieciséis millones y alberga a ocho; AMLO: tres millones y medio y 84 de sus preferencias; Peña Nieto: siete millones y 309 que él sigue; Gloria Trevi, en una de sus cuentas, está cerca de los cinco millones, pero acepta a casi dos mil.

El hombre-tuit del momento es sin duda @realDonalTrump, que tiene casi cincuenta millones de seguidores por 45 a los que él sigue. Y la suya es una de las cuentas más leídas, más activas y más impredecibles. El señor gobierna a tuitazos. ¿Para qué el diálogo o la diplomacia si desde la cama puede amenazar, descalificar, elogiar y dirigir al país? Sin que mediara nadie, desde su celular canceló la cita que tenía agendada con Peña Nieto porque dijo que México no pagaría su muro. ¿Llegó a pensar que el encuentro era para que le entregara un cheque? En piyama todavía, con sus regordetes dedos sobre el teclado de su celular, le advirtió a Kim Jong-un que el tamaño de su botón nuclear era más grande que el suyo. ¿Creerá que la guerra es como un juego de Risk que se disputa a distancia?

¿Qué bacterias habitan esa cabeza? ¿Qué bichos se le metieron en el cerebro como para poder afirmar, desde el trono del país más poderoso del mundo, que otras naciones, como El Salvador y Haití, y un continente completo, África, sean unos “agujeros de mierda”? ¿Cómo defenderse de la lluvia de críticas que recibió? Muy fácil: para eso está el tuiter, para desdecirse y, aún más, con su lenguaje hiperbólico afirmar que es la persona menos racista del mundo, a pesar de que dijo que le encantaría recibir más noruegos en los Estados Unidos que inmigrantes de esos “agujeros de mierda”.

Al parecer sí lee algunos tuits que lo mencionan y se burlan de él o lo atacan. Respuesta: hace berrinche y los bloquea (Stephen King, Rosie O’Donnell, Marina Sirtis, etcétera). Es como si les sacara la lengua para vengarse de ellos. King escribió: “Trump me ha bloqueado de leer sus tuits. Voy a suicidarme”. J. K. Rowling, solidaria, le respondió a su colega de pluma: “No te preocupes. Yo te los mando por DM”.

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