Acapulco Hills

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I’ll take it a ride with my best friend. Mi amiga Rat Power me invitó a pasar un fin de semana en Acapulco. Al depa que su jefe regentea en Caleta. No soy fan de Guerrero, pero con tal de rehuirle a las celebraciones del Día de Muertos en la Ciudad de México, acepté. Dotados con varios gramos de cocaína para el viaje, nos imaginé como émulos de Hunter S. Thompson y Óscar Zeta Acosta. Montados en el Mini Tiburón Rojo, un Fiat 500 del esposo de Rat Power, nos sumamos a las hordas de chilangos que apenas se presenta un puente escapan de la capital. Sin embargo, apenas comenzó la travesía estaba claro que Raoul Duke y el Dr. Gonzo éramos una imitación barata de Christmas y Lloyd, de Dumb and Dumber. Broma incluida de “mira lo rápido que corro”. En la que el copiloto mueve los brazos mientras atrás se sucede rápido el paisaje.

A 180 por hora, hasta el culo de coca (redurísima), inclinada sobre el volante, eludiendo el pistoleo del federal de caminos, y con Bowie e Iggy Pop a todo volumen, Rat Power me depositó en Acapulco a las 9 de la noche. Desde 2007 no pisaba el puerto. Me sorprendió lo desolada que lucía la ciudad.
Había dejado de ser el paraíso chilango por excelencia. El turismo destacaba por su ausencia. Si esto ocurría en asueto, un amague de temporada alta, imagino cómo se pondrá regularmente. Recorrimos el malecón, en otro tiempo dorado. Toda la costera estaba ocupada por el ejército. Cada esquina era vigilada por un guacho con arma larga en mano. Era una exageración. Había más soldados que gente divirtiéndose en la calle. Eso explica, sólo en parte, la decadencia que se ha instaurado en uno de los destinos vacacionales preferidos por los mexicanos. La atracción del pez pañal ha perdido todo su encanto.

El depa en Caleta resultó ser una extensión de la decadencia que caracteriza a la bahía. Se ubicaba en un edificio semivacío. Sólo el departamento de la planta baja se encontraba ocupado. Una pareja de amables ancianos llevaban una vida tranquila. Alejada del bullicio y de la falsa sociedad. Y mantenían la alberca en buen estado. Desde el balcón de nuestro depa en la segunda planta se divisaba La Quebrada. Entre línea y línea de coca admiraba el imperio caído. La violencia y la contaminación habían acabado con el edén tropical. Un lugar que visité de niño. Que amaba. Hasta que en 2007 estuve a punto de ahogarme y me enemisté con él. Cometí el error más pendejo de todos. Meterme al mar borracho. Con la nariz escurriendo me metí a la alberca sabiendo que aquella estancia no me reconciliaría con Acapulco.

Al día siguiente nos lanzamos a Barra Vieja. El Acapulco Dorado del siglo XXI. Donde se asientan los hoteles cinco estrellas. Lo mejor del viaje: el pargo zarandeado que despachamos en una de las tantas palapas que se asientan a un costado de la carretera. Desde mi arribo me prometí que no me metería al agua. Nunca he sentido nostalgia por la playa. Pero Barra Vieja era otra onda. Un camino de terracería junto a un hotel nos condujo a una playa decente. Extensión de la acordonada por el hotel. Con ocasionales turistas que caminaban al atardecer. Era mar abierto. Pasé más de veinte minutos luchando contra el romper caprichoso de las olas. Qué pinche visita al psiquiatra ni qué la chingada. El episodio me exprimió al límite. Broté de la espuma en paz con el mundo. Resultó tan terapéutico que dormí como una piedra a pesar de toda la cocaína que se paseaba por mi organismo.

Me duele confesarlo. Qué mal se come en el centro de Acapulco. Excepto Barra Vieja, lo demás fue decepcionante. En parte debido a mi condición de turista, seguro existen lugares ocultos que ofrecen un menú chingón (pero faltó tiempo para explorar) y en parte a que las cadenas de fast food dominan el paisaje. Tras unos insípidos tacos de camarón nos aventuramos a Pie de la Cuesta. La playa estaba más limpia y solitaria que la bahía. Poca gente transitaba. Uno o dos corredores ocasionales. Estacionamos el Mini Tiburón Rojo a un lado de una capilla levantada en honor de San Judas Tadeo y nos internamos por detrás del templo. La dinámica se repitió. El mar me escupió con el cuerpo adolorido. Y renuncié otra vez a salir por la noche. La vida nocturna es inexistente.

Al día siguiente volvimos al DF. Exhaustos, sin cocaína. Y al menos yo con un spleen que se me metió en la mente como la arena en los calzones. Rat power es acapulqueña, está habituada al ánimo que el Acapulco de hoy le insufla a la gente. Una certeza me invadió mientas la llanta del Mini Tiburón Rojo mordía la carretera. Va a transcurrir mucho tiempo antes de que regrese.

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