Adiós a Adolfo Suárez

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Horacio Vives Segl


El fallecimiento, hace unos días, de Adolfo Suárez González, significó el adiós a uno de los personajes más estrechamente ligados con la transición a la democracia en España; pero también su biografía demuestra la complejidad de dar resultados satisfactorios en el desempeño del gobierno. Van algunas reflexiones.

 Contexto. Tras el final de la Guerra Civil Española, Francisco Franco fue la cabeza de un gobierno de facto por casi 40 años. A su muerte, en noviembre de 1975, España estuvo en condiciones de transitar a la democracia. Juan Carlos I fue investido rey y, tras un breve periodo en el que se mantuvo la administración de Carlos Arias Navarro, en julio de 1976 el monarca encargó a Adolfo Suárez la formación de un nuevo gobierno. A los pocos meses éste presentó un proyecto de reforma política, aprobado en diciembre, que derivó en las primeras elecciones democráticas llevadas a cabo en España en cuatro décadas, las que se celebraron en junio de 1977.

 Suárez, el sello de la transición. Como muchos personajes que tuvieron una vocación pública, a Suárez no le quedó otra que colaborar como funcionario del franquismo. Y a pesar de no tener visibilidad como opositor al régimen, en el momento oportuno Suárez tuvo la habilidad de aglutinar las energías democráticas: fue, en los hechos, uno de los líderes —posiblemente el más notable— de una amplia coalición de liberales, socialdemócratas, democristianos y comunistas que desmanteló las instituciones y el legado destructivo de la dictadura franquista. Al celebrarse las elecciones de junio de 1977, Suárez se impuso bajo el membrete de la UCD, Unión de Centro Democrático. Pocos meses después fueron signados los llamados Pactos de la Moncloa, acuerdos fundamentales para el proceso de transición. En 1978 se aprobó en referéndum la Constitución Española, vigente hasta esta fecha casi sin modificaciones. Con esos y otros éxitos en su haber, Suárez refrendó su triunfo electoral en las primeras elecciones bajo el nuevo orden constitucional, en 1979. Con todo, las dificultades económicas, políticas y sociales por las que atravesaba España complicaban el cuadro de opciones para el gobierno de Suárez, quien enfrentó, en 1980, una moción de censura por parte del PSOE, junto con una pérdida paulatina de los apoyos políticos —inclusive dentro de su propio partido— que durante la transición fueron el báculo de la coalición de lo sostuvo. El 29 de enero de 1981 presentó su dimisión como presidente del gobierno y líder de su partido. Muestra gráfica de la crisis política que atravesaba España, no había transcurrido un mes de su dimisión cuando, el 23 de febrero, en la ceremonia de investidura de su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo, guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero “secuestraron” el Congreso, pretendiendo dar un fallido golpe de Estado.

 Presidentes en democracias delegativas. El politólogo argentino Guillermo O’Donell sostuvo una tesis en la que el caso español encaja adecuadamente. O’Donell afirmaba que los primeros presidentes que encabezan gobiernos de transición democrática, tras el final de experiencias autoritarias, tienen depositadas sobre ellos elevadísimas expectativas para que resuelvan “como por arte de magia” complejísimos problemas heredados del régimen autoritario. La combinación de recursos y resultados limitados frente a expectativas infinitas puede generar un balance poco favorable para el desarrollo de los gobiernos que inauguran periodos democráticos: ser mal evaluados o, en el extremo, no completar el mandato. El de Suárez entró en ambos supuestos. El exitoso hombre de la transición no pudo ser el eficaz gobernante.

Con la muerte de Suárez se va una de las figuras más emblemáticas de los liderazgos que comandaron transiciones a la democracia alrededor de la década de los ochenta del siglo pasado. Conmemoremos su legado democrático y el ejemplo multiplicador que dio.

hvives@itam.mx
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@HVivesSegl

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