Al cabo los libros

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A pesar de estar a muchos kilómetros de la línea que divide nuestro país de los Estados Unidos, Cabo San Lucas se siente una ciudad fronteriza. El turismo es mayoritariamente norteamericano, se habla en inglés, se comercia con dólares, los hoteles y restaurantes esperan con gran expectativa la llegada de los spring breakers, los canales de televisión exhiben más los partidos de beis o basket que los de la liga mexicana de futbol, se consumen margaritas, nachos, hamburguesas y fajitas y las parejas de jubilados, aburridas de verse durante tantos años, juegan en las albercas de los hoteles scrabble con tal de no tener que hablarse. Y algo más que hermana a esta ciudad con otras de la frontera de nuestro lado: abundan las farmacias (más que los bares) que ofrecen especialmente a los visitantes gringos aquello que no pueden comprar libremente sin receta médica: viagra, cialis, levitra, ibuprofeno (que aquí se consigue hasta en las tlapalerías), pastillas para dormir, relajantes musculares, ansiolíticos, esteroides, antinflamatorios y antibióticos. Los aparadores de las farmacias no presumen, como en México, descuentos: ofrecen productos que son ilegales si no tienes el pasaporte médico que te los venda. Pregunté: ¿me venden antibióticos sin receta?

Claro, a usted sí (en Bend, Oregon, fui a una tienda de productos mexicanos —tortillas, refrescos Jarritos, nopales, chiles La Costeña, etcétera— en la que también se vendían antibióticos). ¿Cuánto cuesta el cialis? Mil seiscientos cuatro pastillas (o sea: a cuatrocientos pesos la vulcanizada). No parece haber abiertamente, a diferencia de otras ciudades fronterizas como Tijuana, comercio sexual o venta de drogas.

Una gran cantidad de yates pueblan la Marina, desde los más pequeños, que seguramente cuestan más que diez viviendas populares, hasta aquellos que tienen helipuerto propio. Estacionarse allí puede tener un costo cercano a los mil, mil quinientos dólares mensuales. Todos los años, en octubre, se celebra el torneo de pesca deportiva de marlín más famoso del mundo: Bisbee’s Black & Blue. La bolsa para quienes saquen los mayores peces ronda los cuatro millones de dólares y no pueden concursar los que pesen menos de 300 libras (136 kilogramos). En el 2015 participaron 121 embarcaciones y el equipo ganador capturó un marlín negro de más de 500 libras.

Aunque aún se pueden ver las secuelas del huracán Odile que castigó severamente el sur de la península en septiembre de 2014, Los Cabos resurgió de sus cenizas, al menos en lo que se ve de su infraestructura turística. Los aviones entran y salen constantemente: hay vuelos a y desde 34 ciudades del extranjero (24 de Estados Unidos, 9 de Canadá y uno de China). El movimiento de taxis marítimos, veleros y yates no cesa, los hoteles y los restaurantes muestran buena afluencia, hay filas para subir al barco pirata y los comercios están abiertos hasta entrada la noche. Otro de sus atractivos turísticos es la posibilidad de ver ballenas entre noviembre y marzo.

A diferencia de San Lucas, San José vive un ritmo más tranquilo. Estuve allí con mi esposa dos meses después del paso de Odile. Los estragos eran muy notorios: casas y hoteles dañados, palmeras desprendidas, árboles caídos sobre automóviles, comercios cerrados y una necesidad de la población por recuperar la ciudad y la rutina. Llegamos el día en que reabrieron las galerías, que conforman un corredor que atrae a propios y extraños. El modesto hotel en el que nos hospedamos la primera noche empezaba su reconstrucción. Las otras dos nos quedamos en uno de esos hoteles grandes que si bien tuvo fuertes daños, el poder del dinero hizo que no se notaran. Su ocupación estaba casi al tope.

En medio de este mundo, como un oasis, abrió sus puertas hace unas semanas una pequeña feria del libro en Cabo San Lucas, una ciudad en la que no existen librerías. Durante dos días nos invitaron a dar conferencias y talleres a Ana Clavel, Bef, César Ibarra y a mí. El esfuerzo de los organizadores se vio compensado por una asistencia entusiasta de la población local. Buena vida a estas iniciativas que pueden convivir con el millonario juego de la feria de la libra.

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