Alberto Manguel
“El éxito no puede imitarse”

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Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) se ha involucrado en todo el proceso del libro: fue editor y lector para editoriales como Gallimard o Les Lettres Nouvelles; después se convirtió en traductor y crítico literario; en un autor cuya obra ensayística y prosística emanan un valor estético. Ha publicado novelas como Stevenson bajo las palmeras y La puerta de marfil, y ensayos como Nuevo elogio de la locura, Elogio de la lectura y Una historia de la lectura, entre otros. Muy joven, Alberto Manguel conoció a Borges en la librería Pygmalión, y a partir de ahí se forjó una relación intelectual. El próximo junio, como un eterno retorno nietzscheano, Manguel asumirá el puesto que un día el autor de El Aleph ocupó: la dirección de la Biblioteca Nacional de Argentina.


¿Qué le espera al asumir el cargo en la Biblioteca Nacional de Argentina?

He escrito mucho sobre libros y bibliotecas, y espero poner en práctica algunas de mis ideas. Ahora me voy a encontrar en medio de la realidad material de ese tema. Es un poco como si yo hubiese estado leyendo Los viajes extraordinarios de Julio Verne, y de pronto me encuentro en un viaje al corazón del Amazonas. Me voy a enfrentar a problemas insospechados. No voy a tomar este cargo con una misión ya preparada de antemano, sino que voy a hacer preguntas, a escuchar, a tratar de armar un mapa cuando esté allí.

Su regreso a Argentina para ocupar ese cargo parece un eterno retorno borgiano.

¿Cómo negarme a ocupar el sillón que ocupó Borges, que es tan central en mi vida? Al mismo tiempo esto provoca una especie de espanto, es como ir de lo sublime a lo ridículo, yo en esa posición. Espero que ese acto que puede ser considerado
de arrogancia, se convierta en acto de homenaje a Borges, haciendo yo mi trabajo como es debido, si me dejan hacerlo.

¿Qué dejó para tomar el cargo?

Estaba escribiendo dos libros cuando me hicieron esta propuesta, uno era un libro sobre el fin de mi biblioteca, porque, al mismo tiempo que me ofrecieron el cargo, yo había cerrado mi biblioteca en Francia, había empaquetado los libros y están embodegados, como vivos enterrados. El segundo es un encargo sobre el filósofo medieval Maimónides, una figura muy importante porque en medio de una atmósfera de represión, de extremismo ideológico, él seguía creyendo en el poder de la razón humana: la lucha más difícil. Bertrand Russell, al cumplir noventa años, dijo que toda su vida siempre le habían dicho que era un ser racional: pero nunca tuvo pruebas de ello.

Hoy se prefieren bancos en lugar
de bibliotecas.

Los edificios que construimos, como todo lo que hacemos, tiene un valor material y un valor simbólico: la biblioteca, el banco, la escuela… y la sociedad decide dónde colocarlos. En la Ciudad de México tienen lo que yo considero la biblioteca contemporánea más hermosa y funcional del mundo: la Biblioteca Vasconcelos. Para mí, esa obra denota la inteligencia del arquitecto que creó un espacio donde el lector está enfrentado al mundo de los libros y al mundo en sí; es una idea muy antigua en el mundo judeocristiano: Dios creó el mundo y creó el libro del mundo. Esa idea también la reflejan las tradiciones indígenas. En Nueva York, por ejemplo, el edificio principal no es la biblioteca, sino el centro financiero, es por eso que el atentado del 11 de septiembre no sucedió en la Biblioteca Pública, sino en las Torres Gemelas.

Se dice que hay una desmedida producción de libros, uno cada treinta segundos, y más escritores que lectores.

Bueno, creo que no es para tanto. Es cierto que se escribe y publica mucho. Las tecnologías modernas permiten una producción mucho mayor que antes. En el fenómeno de la lectura cada lector elige
lo que quiere leer, encuentra libros por casualidad o recomendación y elige.
Guardando las distancias, en la Edad Media se escribían muchos textos que nosotros consideramos fundamentales, finalmente muy pocos en relación a lo que se escribió. Porque, consciente o inconscientemente, los lectores emitimos juicios, decimos que Rulfo será recordado y cientos de escritores contemporáneos de Rulfo serán olvidados. Eso es inapelable: el fantasma del escritor no puede ir y posarse en el hombro del lector y decirle: “Por favor, recuérdame, considérame un clásico”. Los lectores somos jueces severísimos.

El mercado es, al mismo tiempo, una bendición y una maldición.

El mercado siempre fue problemático en el mundo de la literatura. En el siglo I, Marcial se quejaba de que ya nadie compraba sus poemas y de que los libreros que copiaban sus poemas, no querían seguir haciéndolo porque ya no era negocio. El problema es distinto en cada época y el mismo también. El mismo porque la ambición de ser conocido y de vender nunca alcanza el nivel de la realidad. La realidad siempre está por debajo de lo que uno quisiera vender. Pero es distinto en el sentido de que los problemas que enfrentaban los editores y libreros del siglo XIX no son los que enfrentamos ahora. Se ha desarrollado en la literatura la idea de una fórmula para escribir un libro que sea exitoso, y esta fórmula, que cambia momento a momento, está basada en los libros que han tenido éxito sin recurrir a la fórmula. Cuando Umberto Eco escribe El nombre de la rosa, y el libro se convierte en best seller, comienzan a aparecer cientos de novelas policiales, históricas, contadas en conventos en lugar de monasterios. El asunto era imitar lo que tuvo tanto éxito. El problema es que el éxito no puede imitarse. ¿Qué hacer?, seguir confiando en el azar, que siempre determina el destino de un libro.

¿Qué debería conformar una política pública en pro de la lectura?

El problema es que un programa político que se ocupe de la lectura tiene que ocuparse al mismo tiempo de cambiar ciertos valores en la sociedad; una política en cuyo centro esté la voluntad de crear consumidores será una muy mala promotora de la lectura, porque los valores son contrarios. No conozco ningún país —quizás algunos países escandinavos— donde la lectura se divulgue y promocione como actividad central del ciudadano con el fin de reflexionar y
comunicarse.

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