Alonso Arreola “La música, un objeto en movimiento”

¿Qué momento fue decisivo para dedicarte al arte?
Me gusta que me lo pregunten. Una cosa es pensar en dedicarse a algo relacionado con el arte y otra dedicarme a la música. Me incliné por el arte desde muy chico, no sólo por haber crecido cerca de mi abuelo Juan José [Arreola] o porque mi papá tuviera una librería. En casa siempre estuvimos cerca de la literatura e incluso de la música, que llegó como tal en la adolescencia, cuando me enamoré de poner discos con un amigo en fiestas, y sobre todo cuando mi hermano, José María Arreola, mayor que yo por tres años, empezó a tocar la batería. Lo vi en sus primeras clases y me entró una terrorífica envidia de adolescente, y dije: “Tengo que entrarle a esto porque me va a robar a todas las chicas”. Aunque la anécdota parezca superficial, con el tiempo la música se convirtió en una terapia muy importante para canalizar mi creatividad y mi carácter obsesivo.

Entonces tu relación con la creación tiene dos puentes.
Mis proyectos siempre tienen una carga literaria, como lo es el que realizo con Monocordio, con Fernando Rivera Calderón (me encanta cómo escribe); o con el poeta Mardonio Carballo; proyectos en los que siempre estoy trabajando con la palabra, algunas veces hasta como spoken word. En mis propios discos —o en los que hice con La Barranca— la literatura siempre está presente. En el terreno estrictamente literario, tuve una inclinación particular por la poesía latinoamericana: Eliseo Diego, Vicente Huidobro, Borges, Oliverio Girondo, Juarroz. Tengo una pasión muy particular por las formas breves. Mi tesis de licenciatura la hice sobre eso. Por el lado de la música, quienes me definieron como artista son Paco Ibáñez o Serrat, este último fue importante desde mi infancia, precisamente cantando a León Felipe; ese disco me hizo llorar, pero en esos años yo ni entendía por qué lloraba. En el mundo clásico recuerdo a Jordi Savall, que le gustaba mucho a mi abuelo.
Hay muchísimos que me han importado, como Miles Davis o Michael Marning —con quien ahora colaboro en el grupo 3Below—, reconocido como el mejor bajista de todos los tiempos. En 3Below también comparto escenario con Trey Gunn, bajista por muchos años de King Crimson. Esto es una gran satisfacción: héroes de toda la vida que ahora comparten algo conmigo.

El bajo es un instrumento de coyuntura, ¿no es así?
Me gusta que en su esencia original sea más un punto de articulación entre la sección rítmica e instrumentos armónicos-melódicos. Su temperamento permite no sólo cobijar y dar pulso, sino también experimentar muchísimas técnicas. Es el instrumento que más ha evolucionado técnicamente en los últimos años. Ha saltado al escenario y su “limitación” de tener menos cuerdas —aunque hoy hay bajos con más cuerdas—, te obliga a crecer, es un poco la teoría del poder de los límites.

¿Eres un artista ambicioso en términos creativos?
He participado con bandas de rock, rock pop, jazz, progresivo, etcétera. Los músicos formamos parte de una industria: se hacen festivales, discos, discos de los discos, y me parece importante mostrar lo que hago y cerrar el ciclo con las audiencias. Desde niño fui un tipo al que le gustaba romper juguetes y armarlos —mis primos me odiaban por eso—, y la música tiene que ver con eso: todo el tiempo me pregunto cómo funciona. Me gusta experimentar y relacionarla con cosas no musicales. La música es como un objeto en movimiento. Cuando termino un disco, no pongo punto final, me apasiona cuestionarlo, deconstruirlo, pensar en la matemática que hay dentro de la música. Esto no quiere decir que quiera que mis creaciones sean sofisticadas o que tengan ese aire intelectual que aleje a la gente.

¿Piensas en las grandes audiencias?
Como decía Carlos Chávez, durante una conferencia en Harvard: “Las grandes audiencias son respetables”. Tiene razón, son un filtro. Me importan las audiencias en el momento en que presento una pieza en el escenario, realmente espero que conecte con ellos. Me preocupo hasta por el detalle más pequeño en cada presentación y por saber qué discurso se va a desarrollar en el escenario, entre las canciones, etcétera. Sí me importa ver la reacción del público y analizarla, pero no es determinante, nunca lo ha sido, y si bien me importa eso no define los pasos a seguir con respecto a un proyecto.

¿Todo músico medianamente profesional puede vivir de la música?
Cada músico lo vive de manera distinta. En mi caso, uso la tecnología en mi favor: hoy puedo grabarme con unos cuantos aparatos, pero cuando empecé era muy difícil. También me parece inevitable que la música —precisamente por su materialidad— sufra la compactación digital y se pueda compartir de manera tan libre. Pero no estoy tan de acuerdo con eso, pienso que la industria le ha causado un gran daño a los artistas. Antes pensábamos que la producción discográfica iba a controlar la distribución a precios altísimos, pero ahora sabemos que no es así. Casi todos mis discos los doy de manera gratuita o a través de intercambios, a través de fondos colectivos. Hasta ahora he dado 40 mil discos, algo poco sencillo si lo piensas en términos económicos. Lo hago porque pienso en objetivos a mediano y largo plazo. Sin embargo, escribo en periódicos desde hace muchos años y tengo un laboratorio con más de 45 alumnos, todos bajistas a quienes enseño a desarrollar su talento musical, la armonía, la rítmica, etcétera. Con esto sólo quiero decir que apuesto por todo aquello que la música te da pero no en términos de pagar una renta, sino que esto me otorga libertad creativa. Hoy muchos músicos jóvenes siguen pensando en que van a pegar en la radio. A mí me parece que la música hoy está para tener una relación más solitaria con ella.

Informamos a los lectores de El Cultural que este suplemento no aparecerá el próximo
sábado 31 de diciembre. Regresamos el 7 de enero próximo. Hasta entonces y feliz año nuevo.