AMLO: los retos de la victoria

VIÑETAS LATINOAMERICANAS

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Andrés Manuel López Obrador será, según todas las encuestas, el próximo presidente de México. Habrá que ver cómo queda conformado el Congreso federal, tras la contienda, pero es muy probable que el nuevo gobierno cuente con más de 250 escaños, lo que equivale a una mayoría legislativa, aunque no calificada. De ser así, los límites de la hegemonía partidista y presidencial volverán a ponerse a prueba, como en tiempos del viejo PRI.

La mayoría parlamentaria dará al nuevo Poder Ejecutivo una gran capacidad de gestión y operatividad política. En los primeros ejercicios presupuestarios, si así lo decide, el flamante gobierno de Morena podrá dar un impulso decisivo al gasto social. También podrá tomar medidas enérgicas contra la corrupción, como ha prometido su líder, por medio de un programa de austeridad para la mayoría de los cargos públicos.

Pero frente a los gravísimos problemas estructurales de México –desigualdad, pobreza, violencia, inseguridad, narcotráfico, deterioro ambiental, mala calidad de programas educativos y servicios sanitarios…–, la oferta del gobierno deberá quedar por debajo de sus promesas. López Obrador puede dar un vuelco al estilo de gobernar en México, poner a circular las élites políticas e, incluso, cambiar la percepción popular del gobierno.

Lo que no podrá hacer, al menos en la primera mitad del sexenio, es revertir ostensiblemente ninguno de los graves problemas del país. Y no lo podrá hacer porque carece de programa y equipo de gobierno para lograrlo. Pero también porque para combatir la pobreza y la desigualdad, contrarrestar la inseguridad y la violencia y ofrecer cobertura universal y de calidad en educación y salud, no basta con aumentar el gasto público.

Para algo de ese tamaño se requiere una política económica bien diseñada, que reporte al Estado ingresos sólidos y crecientes. Ni por la vía extractivista, que ha dado resultados desastrosos en Venezuela y otros países latinoamericanos, ni por la fiscal, que iría en contra del instinto plebiscitario del propio López Obrador, parece haber forma de dotar al nuevo gobierno de los recursos que necesita para su “cuarta transformación”.

De manera que uno de los primeros retos que enfrentará el nuevo presidente será acortar la distancia entre la promesa y la realidad del cambio. Y ahí radica, justamente, el mayor riesgo de los próximos años: que el gobierno y el líder intenten salvar esa distancia por medio de la polarización y, en el peor de los casos, la regresión autoritaria. No sería la primera vez que en América Latina suceda algo así.

De lo que no cabe duda es que la llegada de López Obrador a Palacio Nacional –ya, por lo visto, no se podrá decir “a Los Pinos”– supondrá una profunda recomposición de la clase política mexicana. La transición democrática, que comenzó en México hace dos décadas, podría hacerse irreversible luego de esta sucesión presidencial o torcerse y desembocar en otro autoritarismo competitivo del siglo XXI.

Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador, internacionalista.
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