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-Es sencillo, sólo tienes que hacer como que me dices algo al oído.

-¿Lo que sea?

-Sí, no importa, tú acércate.

Me acerqué, nunca he podido decirle que no, por un instante estuve tentado de decirle lo que sentía pero, no, hacerlo significaría ponerla en una situación incómoda, una en la que quizá sacaría lo que guardaba en el pecho y que me costaría su amistad y su confianza.

-Es un pobre diablo- susurré en su oído. Si pensara que te merece hasta te lo iría a buscar.

Su risa retumbó en la habitación mientras se doblaba de la risa. Si no fuera parte de la actuación hubiera dado por buena la “sincera” carcajada.

Las miradas se posaron en nosotros y mientras ella se movía en ese torrente como pez en el agua, para mí, era un abominable y pegajoso pantano en el que me hundía hasta el cuello.

-¡Estás loco!

Su volumen estaba en modo “centro de atención” y su lenguaje corporal gritaba “mírenme”. Me acerqué a su oído nuevamente y dije -¿Por qué me haces esto? Estoy haciendo el oso de mi vida.

-Eres un amor- Me abrazó y sentí su aroma envolverme, asfixiando la última neurona dedicada a la autoestima. Prefería tenerla cerca aunque fuera así a no tenerla en absoluto. Sí, sabía que era una forma bastante mediocre, triste, conformista y absurda hasta decir basta pero, no importaba, lo que deseaba era estar a su lado, tal vez, la cercanía fuera suficiente, tal vez en alguna de las ocasiones que me transformaba en paño de lágrimas, contenedor de pedazos de corazón destrozado o compañero designado para fiestas ocasionales, ella se diera cuenta de los deslices en mi autocontrol y en una epifanía, supiera de mi amor.

-¿En qué piensas?

-En que no debería ser tu alcahuete para que te ligues a un tipo que lleva toda la noche ignorándote.

-¡Bah!, no entiendes que es un juego, es parte del flirteo. Tú crees que me ignora pero, durante toda la noche lleva viéndome de reojo y si no se acerca es porque te tengo a mi lado, pero ahora resolveremos eso- Me empujó y se hizo la indignada mientras su cabello castaño cubría las manos que cubrían sus ojos.

-¡Vete!-, gritó. Aún sabiendo que lo actuaba, sentí una punzada en el corazón y una contracción en las entrañas. Titubeé hasta que me vio y moduló en silencio un “te veo al rato”.

Ella podía actuar, yo, por mi parte si me sentía utilizado y enojado, como hacía mucho no lo hacía, así que me fui a la barra, pedí una cerveza y me la bebí de dos tragos mientras hacía una seña con la mano para que me trajeran otra.

Dejar de ser actor y convertirme en espectador no pasaba muy a menudo y generalmente me iba antes de que concluyera con la pantomima pero, esta vez, la vena masoquista pudo más y decidí quedarme. Quizá no debí hacerlo.

A mi tercera cerveza el sujeto se acercó como por casualidad y si bien en los juegos que ella jugaba, yo no era el mejor de los actores, la cara de sorpresa del tipejo cuando vio los ojos enrojecidos por el “llanto” ni siquiera era digna de llamarse actuación, mi celos se transformaron en ira, en un enojo tangible que convertía las dagas de miradas iracundas en simples alfileres.

Ella sonreía coqueta siguiendo la pauta de seducción, el sonreía junto con ella y yo, en la soledad furibunda de la barra, bebía una cerveza sabor a bilis. Era demasiado, siempre pensé que mi amor sería suficiente para ambos, que amarla haría que me amara, que el estar presente haría que ella no tuviera que buscar más pero, aquí estaba, ahogándome boca abajo en un medio vaso de agua, sufriendo una flagelación por mi propia mano, sentía como si estuviera arrancándome trozos de piel hasta llegar al corazón y lo estrujara hasta que su latido se detuviera, era un dolor emocional tan intenso que lo era físico, era el dolor de saber lo que ya sabía pero que nunca acepté… Era el dolor del límpido torrente de amor que mientras espera, se estanca y muere hasta emitir nauseabundos olores de desilusión.

Ilustración: Norberto Carrasco

Los celos me carcomían, ya no sabía si quería reventar el envase en la cabeza del tipejo, de ella o en la que realmente tenía ganas de aporrear… la mía.

No me fui, me quedé a sentir como esa herida infecta desde hacía mucho al fin se abría dejando salir la certeza de haberme engañado diciendo que estaba para ella cuando en realidad solo me ponía de tapete para que ella no se ensuciara los zapatos. En ese momento supe que, efectivamente, el dolor y el placer usan los mismos canales neuronales y que el amor y el odio son emociones tan opuestas, que en ocasiones, sus extremos terminarán por tocarse.

Algo se rompe dentro de ti cuando ese amor guardado se transforma, cuando entiendes que fuiste utilizado y peor aún, cuando aceptas que te dejaste utilizar porque era emocionalmente cómodo, porque el gris combina con todo, porque el agua tibia no quema ni enfría, porque la mediocridad es donde se encuentra la mayoría y tu te sientes parte de “un todo”. Sí, algo se destroza en mil astillas, algo que puedes pasar toda una vida recogiendo pedazos y pegarlas con cuidado y nunca se verá igual, se sentirá igual o tendrá la misma solidez. Ese contenedor destrozado que ahora eres deja salir tu lado más oscuro, tu lado cruel, en unos instantes pasas de la víctima de un ser, al victimario de otro, en retribución a lo recibido, en venganza de lo obtenido.

Demasiado alcohol en mi sangre pero, no puedo decir que eso sirviera como atenuante, miré en derredor mío, encontré lo que quería y ni siquiera pregunté, tomé la mano de una mujer que era lo que yo había sido y le susurré al oído dejando resbalar mis labios por su cuello, sintiendo el estremecimiento, la aceptación de la propuesta y lo peor… lo peor era que mis ojos no se apartaban de ese amor platónico detonante de mi oscuro ser, quería que me viera, quería, aunque fuera una parte de su actuación, ver el destello incrédulo tras sus ojos, el que sintiera ultrajada “nuestra amistad”, que tal vez, quizá en lo más recóndito de su alma, en ese amor en espera en que me había situado, pudiera asir la sensación de pérdida de lo que pudimos ser mientras yo, yazco en los brazos de otra mujer…

El celular sigue sonando. La cabeza me palpita dolorosamente. Veo el número, es ella.

-Hola tú, no vi a que hora te fuiste. Menos mal que tenía con quien regresarme, eso no se hace ¡eh!-

Permanezco en silencio, no me vio, por un instante me siento decepcionado y luego me cae el torrente de alivio.

-Para qué quedarme, no me estabas haciendo caso.

-Sabes que siempre te hago caso, no seas exagerado. Dejé mis lentes en tu carro y el vampirazo al salir del antro es terrible. Al rato paso a buscarlos, así que no salgas.

-Aquí te espero. ¿Quieres qué pida algo de comer?

-No, yo lo llevo.

Contesto “ok” mientras pienso “ok amor”… siempre ha sido así. Ella, siempre ella, el amor es algo crudo que al tragarse… envenena o salva…

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