En la publicidad exterior del “Centro de Encuentro” se leía en letras rojas sobre la imagen difuminada y sobreexpuesta de unos rostros besándose “Amor Garantizado”. Quizá era algo cursi pero, dentro del Centro, todo cambiaba, la recepcionista en un inmaculado uniforme de corte sastre rojo con lazos blancos, se sentaba tras un escritorio de cristal que se apoyaba sobre unos delgados tubos de acero inoxidable, las paredes y el piso eran blanco luminoso sin adornos por lo que, la recepcionista era el único punto de color, una gota carmesí sobre la nieve. Mientras la veía, me preguntaba en que instante de la historia se le habría ocurrido a alguien asociar el amor con el corazón y, obviamente, asociar el corazón tenía que ver con la sangre dejando, entonces, el color rojo, como color del amor. ¿Por qué asociarlo con el corazón? ¿La razón sería que amar y no ser correspondido te provocaba un dolor de pecho? ¿De ahí el corazón roto? Era indistinto, demasiados años tuvimos la errónea idea de que el amor era una cuestión de emociones, de circunstancias aleatorias que hablaba del destino en dos de cada tres palabras, de “dos corazones latiendo al unísono”, etc… Nos desgastamos demasiado buscando en lugares erróneos lo que tenía una explicación sencilla.

La tasa de divorcios en las últimas décadas era producto de una evolución de nuestra sociedad, pasamos de un entorno de familia nuclear en la que una vez cerrada la puerta del hogar todo se quedaba atrás, a una de un exceso de información en la que los momentos en casa, eran utilizados para navegar por las redes, para flirtear virtualmente con conocidos y desconocidos, para encontrar almas gemelas en cada tuit o post o para publicarnos en las poses más sugerentes buscando aceptación. En otras palabras, nuestros tiempos de calidad uno a uno se volvieron tiempos compartidos. La tasa de divorcios, los acosos en redes, la malsana excitación del coqueteo entre desconocidos minó lo que hasta entonces conocíamos como pareja y si tres son multitud, miles se convertirían en disociación de la personalidad en la que pasábamos de enigmáticos mujeriegos a poetas rematados. Eventualmente la sociedad evolucionó, el amor tenía que hacerlo también y como la tasa de divorcios, la depresión producto de la búsqueda incansable por agradar dejando de lado lo que éramos, terminó creando, como consecuencia un aumento en el escape a todo, el aumento en el suicidio. La propuesta de legislación para combatir esto, abrió la puerta al “amor garantizado” y se crearon los “Centros de Encuentro”… Y aquí estoy, en la edad mínima requerida de 25 años, viendo a la bella recepcionista de rojo, a punto de llenar el formato e iniciar el proceso de emparejamiento.

-Bienvenido al Centro de Encuentro 34. Necesito que por favor llene este documento de exención y complete los generales que inició en su solicitud online.-

Me quedé pasmado pues como podía llenar algo que no tenía y creo que no había sido el único con esa expresión en el rostro pues la recepcionista me indicó una puerta de la misma tonalidad blanca que la parede en la que sólo por la dirección del dedo que la señalaba uno se podía dar cuenta de dónde estaba. Me encogí de hombros y entré.

Ilustración: Norberto Carrasco

La habitación era una amplia sala con mullidos sillones y unas pequeñas mesitas de esas que les desdoblan las patas y puedes poner sobre las piernas, como si fueran mesas para desayunar en cama nada más que en lugar de ser de madera, la mesa misma era una pantalla touch. Me senté y empecé a llenar mis datos faltantes imposibles de llenar online por la prohibición del uso de datos privados en redes abiertas. Sangre A+, fumador, licenciatura, casa propia dirección:XXX, vehículo propio, ningún dependiente económico, sueldo tipo B.3, ninguna operación quirúrgica o estética, color negro, comida carne, música indistinta, libros de todo tipo, frío…

Después de la media hora de exhaustivo llenado en la que puse mis gustos y disgustos, entró una asistente para el escaneo de cuerpo completo, que esperó con la mirada de quien ha hecho esto hasta el hartazgo que me desnudara y me subiera a la plataforma mientras se hacía un levantamiento 3D de mi físico y aunque no lo dijeran, sabíamos que también para corroborar lo llenado en la sala anterior y si alguien mentía en lo escrito, la exención les permitía mandarnos a volar y cerrarnos las puertas al emparejamiento hasta la década siguiente y aunque 35 años era una edad relativamente corta en hombres, en mujeres implicaría un duro golpe a las posibilidades de selección.

El tercer proceso era el que me había obligado a no fumar durante todo el día y la falta de nicotina ya me estaba ocasionando mal humor e irritabilidad. El proceso era simple,  una muestra de sangres, soplar en una boquilla, correr 20 minutos en una cinta transportadora, soplar nuevamente y entregar una gasa esterilizada empapada en nuestro sudor, ver escenas eróticas y soplar una vez más, recibir una pequeña descarga eléctrica con un sonido potente y soplar apenas escucháramos el mismo sonido. Eso era el amor, un proceso químico emitido en partículas dentro de nuestra respiración que transmitían información al receptor traduciendo esa información en atracción, deseo, anhelo, comodidad, empatía y otros cientos de datos que le serían útiles a la pareja.

Después de los procesos entrabas a un spa donde te relajabas mientras se procesaba la información, se cotejaban las coincidencias, se añadían preferencias, se combinaban variables de intercambio químico y si había coincidencia se informaba, en caso contrario, se ponía en espera hasta que hubiera una unión factible. El máximo tiempo de espera era de dos años aunque hasta el momento lo más que se habían tardado los Centros de Encuentro en encontrar las tres posibles parejas de amor garantizado eran menos de dos meses con un porcentaje de efectividad de 99.8%.

Mientras estaba en el jacuzzi sonó la alerta del anillo de compromiso que entregaban al término del proceso. Apenas llevaba 45 minutos y ya tenían mis candidatas, esa era efectividad, estaba emocionado y si he de ser del todo honesto, algo asustado, conocer a tu pareja de toda la vida era, hasta cierto punto, abrumador.

En la sala de chat tridimensional me entrevisté con cada una de ellas, mientras hablábamos, íbamos oprimiendo los botones de un control en el antebrazo de la silla, nos íbamos evaluando mutuamente, el idioma no era impedimento pues ambos teníamos traductores universales y si se daba el caso de que el “match” fuera con alguien que hablara otra lengua ambos tendríamos cursos nemotécnia onírica lo que nos permitiría aprender el lenguaje de nuestra pareja y encajar en la sociedad en la que eligiéramos vivir una vez casados.

Mi tercera candidata era de una belleza deslumbrante, sólo imaginar que podría estar con ella me daba una sensación de calor en el bajo vientre aunque, en último término, dependería de nuestras evaluaciones. Difícilmente podría calificarla negativamente, estaba pasmado, se llamaba Maje y su nombre sonaba dulce en mis oídos, cada movimiento que hacía me cautivaba, su risa resonaba en mis oídos y su sonrisa era hermosa, a diferencia de las dos entrevistas anteriores, en esta no usábamos el traductor pues hablábamos el mismo idioma, eso me sentir que tenía más en común con ella que con las otras dos… Sentir, curiosa selección de palabras en este proceso de emparejamiento, hablé de todo, incluso de mis miedos y ella mostró comprensión y compasión. Si en estos momentos estaba embelesado, si ella me seleccionaba como yo lo había hecho ya, en el momento de encontrarnos frente a frente, las feromonas harían el resto. Vivir en esta época en que el amor era garantizado era una maravilla…

Los algoritmos de la IA encontraron coincidencias de 99.9997% y no obstante, la directrices de intercambio estaban fijadas para evitar la pérdida de productividad, en los parámetros de la entrevista habían detectado la aceleración del ritmo cardiaco en momentos claves que hablaban de amor auténtico además de complementariedad química, extremadamente raro pero, en las ocasiones anteriores no tendría impacto alguno lo que en el análisis de futuros plausibles implicaban una devoción hacia su pareja que socavaría cualquier intento posterior de control social y posible rebelión de los estándares interculturales aprobados…

El anillo destelló dos veces, se lo quedó viendo esperando que se le hubiera pasado un destello, fueron segundos eternos y el anillo destelló dos veces de nueva cuenta. Con un desánimo extraño, con una tristeza que no había sentido nunca y con una sensación de traición por la evaluación baja que quizá me había dado Maje. Me resigné, el Centro de Encuentro no se equivocaba, ese era un hecho probado, así que quizá mi alma gemela era la segunda candidata y no aquella de la que en un extraño sentido, me había encandilado. Sea pues, el amor, al fin y al cabo, estaba… Garantizado.

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