Amor, olvido, censura: las obras perdidas de Hemingway, Byron, Lowry…

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En la estación de Lyon, en París, a Hadley Richardson le dio una sed tal que, antes de partir destino Lausana para encontrarse con su marido, Ernest Hemingway, bajó del tren y compró una botella de agua Evian. A su vuelta, la maleta que llevaba había desaparecido del compartimento. En su interior iban las primeras creaciones (relatos y hasta una novela completa) del por entonces periodista del Toronto Star. Esto lo contó el propio Hemingway en París era una fiesta: “Yo nunca había visto que nadie sufriera por nada que no fuera una muerte o un dolor físico insoportable, excepto a Hadley cuando me dijo que le habían robado los manuscritos”.

¿Qué hubiera sucedido si…? Se preguntaba Pascal qué hubiera sido de la Historia, con mayúsculas, si la nariz de Cleopatra hubiese sido chata. Con la Literatura podemos hacer la misma reflexión: ¿qué hubiera sucedido si Petrarca jamás hubiese dado a la luz sus Rime Sparse, esos “poemitas que se me han caído de las manos”? Giorgio Van Straten en su Historia de los libros perdidos (Editorial Pasado & Presente), una recopilación de los relatos, novelas y memorias que no vieron la luz jamás, a pesar de que un día existieron en forma tangible.

Los herederos, los robos y el fuego acabaron con las obras de grandes autores como Gogol, Lord Byron, el mencionado Hemingway y Malcom Lowry, entre otros. Van Straten se centra en ocho casos, uno de los cuales se hubiera convertido en un imprescindible: las memorias de Lord Byron.

Una cosa está clara: el vate nunca quiso que esa obra en la que hablaba a las claras de su homosexualidad y otros asuntos escandalosos desapareciera.
De lo contrario, no la habría vendido a un editor para ser publicada seguramente tras su muerte. Sin embargo, en 1824, en el despacho de ese mismo editor, se consuma un aquelarre literario: unas seis personas (entre ellos sus amigos y su hermanastra) acuerdan devolver las dos mil libras de anticipo que el editor Murray entregó a Byron y quemar esas memorias llenas “de páginas escandalosas y peligrosas”.

El papel de los herederos es fundamental en estos casos. Con Sylvia Plath muerta, la responsabilidad de su obra recaía en su amado y odiado esposo infiel, Ted Hughes. Esta figura ambivalente promocionó la obra poética de Plath al tiempo en que destruía celosamente sus diarios. Van Straten se centra asimismo en la novela Double exposure, unas 130 páginas inacabadas que Plath dejó al morir.

Van Straten deja una rendija abierta para con esta obra: “Entre los papeles que el enigmático Hughes donó a la Universidad de Georgia hay algunos que no pueden ser consultados antes del 2022.No puede excluirse que entre esos materiales se encuentre también Double exposure.

Nazis contra El mesías. De ida y vuelta es también la historia de El mesías, la novela visionaria (y perdida, por supuesto) de Bruno Schulz. Al manuscrito se le perdió la pista cuando dos oficiales nazis, en un pueblito de Polonia, en 1942, deciden saldar una pelea matando al esclavo de uno de ellos: el mismo escritor que veía en El mesías “la obra decisiva de su vida”. Durante años, décadas, la novela de Schulz se considera totalmente perdida. Pero, poco después de la caída de la Unión Soviética, resurge la esperanza: un diplomático sueco se entera en Kiev a través de un agente de la KGB que en manos de la policía política soviética obra el texto mecanografiado. El Gobierno polaco se interesa y unos expertos validan, que efectivamente puede tratarse de El mesías. El diplomático sueco, actuando en nombre de Polonia, paga una cantidad considerable al agente de la KGB, y se hace con la copia, pero… “puede que recogiera el manuscrito o puede que no. No lo sabremos, porque en el viaje de regreso tuvo un accidente, el coche se incendió y murieron él y el chófer”.

También relacionado con las llamas, el caso de Gogol es uno de los más particulares retratados por Giorgio van Straten: el del escritor que atenta contra su propia obra por un afán insuperable de perfeccionismo. Ya de adolescente, narra el autor, “escribió una poesía y la publicó en una revista local pero, ante las reacciones negativas suscitadas, compró todos los ejemplares de aquella gaceta y los quemó”, contó Van Straten.