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San Jerónimo Lídice. De noche en una acogedora biblioteca con Amparo Dávila. Mientras la anfitriona habla, permite a sus pupilas andar caminos y tiempos diferentes, pero antes de concluir cada frase las vuelve sobre su interlocutor. Quizá lo que más me llama la atención de mi anfitriona sea eso, su clara manera de mirar como de faro marino: segura y profunda, fugaz, constante.

Nací en un pueblo minero, Pinos, Zacatecas, un lugar alto, situado de tal manera que los vientos lo azotan mucho y en algunas épocas del año el frío es en verdad tremendo. Ahí había muerto mi hermanito y yo era una niña sola, completamente sola, muy enferma. Los dos enfermamos. Pero él murió y yo sobreviví, si bien quedé mucho muy delicada. Y como no me dejaban salir permanecía en mi casa. Ahí mi única distracción era la amplia biblioteca de mi padre; sacaba libros, los hojeaba, y así fui aprendiendo a leer casi por mí misma. Ah, porque si me llevaban a la escuela del pueblo, una fría y húmeda escuelita para los hijos de los mineros, al día siguiente caía en cama con anginas y una fiebre espantosa; después de tres o cuatro días sanaba, me volvían a llevar y otra vez recaía. Hasta que optaron por esperar a que cumpliera los seis años para llevarme a San Luis Potosí. Pero lo poco que pude aprender, algunas letras, allá en la escuelita de los mineros, me sirvió para leer tan pronto como pude. Cuando llegué al primer año de la escuela de monjas ya no tuvieron que enseñarme las letras. Así comencé a leer, sola, nada menos que La divina comedia.  Esto, que es como de locura, lo dije ya en un ensayo autobiográfico en Bellas Artes, en el ciclo “Narradores ante el público”. Dije que me llamó mucho la atención La divina comedia porque era un libro bello, con los cantos dorados y las ilustraciones de Doré; eso me debe haber atraído mucho pero también fue mi perdición, porque me espanté con los demonios y durante años tuve terror por las noches: pensaba que uno de esos demonios se me iba a aparecer, imaginaba los círculos helados… No me explico cómo me dejaban pasar tanto tiempo sola con los libros, sin ver que lo que estaba haciendo a esa edad era muy peligroso para mi salud mental, ¿no cree usted?

 

“El cuento es monstruosamente exigente, y creo que por eso nos fascina a usted y a mí. Nunca tendremos mejor enemigo, amante más implacablemente rebelde.”

 

No, porque aquí está.

Aquí estoy, pero eso me aterrorizó muchísimo. Estaba atragantada de lecturas que no eran propias de una niña. Después mi padre, al darse cuenta de que yo leía todo lo que encontraba en su biblioteca, me compró El tesoro de la juventud, que tiene obras de la literatura clásica pero adaptadas para niños.

¿Sólo fue la literatura lo que le hizo padecer miedo?

El miedo lo he padecido leyendo pero también sucede que los lugares que yo habitaba eran casas de haciendas muy grandes, con leyendas de aparecidos y almas en pena. Para mí el mundo más terrorífico es el de ultratumba, un mundo que vislumbré cuando enfermaba y no podía salir a jugar porque hacía frío. En los días en que estaba bien subía a la montaña con mis perros; me llevaba el mozo, o la nana, y yo era feliz recogiendo florecitas y piedras. Pero los otros días me los pasaba en la biblioteca o viendo pasar los muertos a través de la ventana, porque en los pueblos cercanos no había cementerios y los llevaban a enterrar a Pinos; algunos en una caja rústica, otros tirados sobre una carreta y nada más cubiertos por una manta. Esos cuerpos eran los mismos fantasmas que poblaban todo mi entorno —ya ve usted, en lugares así siempre les están contando a los niños que por aquí se aparece don quién sabe quién y doña quién sabe cuánto, y que una mujer vestida así y con un velo asá—. Además, en la casa donde vivíamos contaban que se aparecía don Antonio Villaseñor, el dueño anterior a nosotros. Él, como había perdido una pierna y traía pata de palo, dejaba sentir el taconeo de su pierna postiza en el silencio de las noches. Imagínese, en esos pueblos donde el silencio es enorme.

Ese mundo de aparecidos, de fantasmas, de muertos que llevan a enterrar, fue el que me causó terror; ese mundo que una niña no sabía explicar, ése era el miedo máximo.

¿Le resultó muy difícil dedicarse a la escritura?

Sí. Empezando por mi propio padre, que era un hombre muy culto. Él me regaló la primera edición de El laberinto de la soledad y, para que usted se dé una idea de su capacidad intelectual, me dijo: “Mira, este muchacho, Octavio Paz, va a llegar muy alto”.

Pero tratándose de usted la cosa era diferente.

Nunca creyó que yo pudiera hacer algo. Menospreciaba a las mujeres, las consideraba inferiores al hombre, incapaces de libertad e independencia o de algo más que estar en casa al servicio del señor. Por eso cuando intenté seguir estudiando, por una cosa o por otra ponía trabas. Después de que terminé la secundaria, quise hacer la preparatoria para luego estudiar filosofía y letras, y matemáticas, que también me atraían muchísimo. Ahí estuvo el primer obstáculo, porque en San Luis no se podía; tenía que mudarme a México y cómo me iba a venir sola.

Luego, fíjese, mis padres ya estaban separados y yo vivía con mi madre. Cuando nosotras estábamos por venir a México, le dije a mi padre que nos veníamos porque yo me iba a dedicar a la literatura. Le dio risa. ¿A estudiar qué?, me preguntó. Literatura, dije. ¿Es que no te has puesto a pensar que para eso se necesita un gran talento, una gran cultura y tú no tienes ni cultura ni talento?, dijo. Pues no creo que haga yo el ridículo, dije, porque la cultura voy a tratar de adquirirla y aunque no tenga mucho talento algo podré hacer. Pero él no me creyó nada.

 

“Otros días me los pasaba en la biblioteca o viendo pasar los muertos a través de la ventana, porque en los pueblos cercanos no había cementerios y los llevaban a enterrar a Pinos.”

 

CONOCÍ A PEDRO CORONEL en 1957 y a principios del 58 me casé con él. Para entonces yo tenía planes de ir a la universidad, de estudiar, de buscar una base sólida de conocimiento; pero tan pronto me casé me embaracé. Un poquito antes, cuando el Fondo me pidió el libro, pedí un tiempo para corregir y seleccionar los cuentos; eso lo hice durante el embarazo de mi primera hija. Entonces, tanto el estar esperando un hijo como el estar corrigiendo un libro, imposibilitaron mis planes de estudiar. Nació la primera hija, luego vino la segunda casi inmediatamente y eso significó una nueva demora en el estudio; además a Pedro Coronel no le hacía nada de gracia que yo fuera a estudiar a la universidad. O sea que con mi marido tampoco encontré ningún apoyo.

(FUERA DE GRABACIÓN, Amparo Dávila me cuenta que salvo la edición en la serie Material de Lectura que le publicó la UNAM con prólogo de Luis Mario Schneider, ninguna de sus obras está en las librerías. “Es fantástico”, dice, “ser una escritora y no tener libros”. Después me confía que al ver los estantes y las mesas llenas de ediciones nuevas, se siente presa de una especie de irrealidad. ¿Cómo podría yo decirle que la irrealidad está en eso que parece realidad, en ese simulacro que es y será el mundo editorial y literario mexicano mientras no dé cabida a reales escritoras como la propia Amparo?)

Usted habla del miedo que sintió a partir de su precoz lectura de La divina comedia. Eso me llama la atención, porque muchos de sus personajes sienten miedo.

Todo eso me impresionó demasiado, entró demasiado en mí, así que no dudaría que mis personajes tengan miedo o den miedo.

Pero también suelen ser valerosos y a veces consiguen sobreponerse al miedo.

Pues no sé si se sobrepondrán, espero que sí.

Me refiero a “El huésped”.

“El huésped”… Tiene usted razón, porque aquellas mujeres atemorizadas por el huésped lograron sobreponerse y acabar con él.

Me recuerda “Casa tomada”, de Cortázar: si este relato es como un manifiesto de rentistas decadentes, “El húesped” es como un manifiesto feminista.

Nunca pretendí eso, pero pudiera parecer así. Porque dos mujeres se unieron, unieron su terror, su propia debilidad y sacaron fuerza para acabar con el huésped.

Amparo, ¿cuál sería para usted el parentesco entre el miedo y el misterio?

El miedo surge de cosas conocidas o desconocidas que aterrorizan. No sé si usted habrá leído un cuento mío que se llama “El espejo”, donde primero una mujer y después ella y su hijo ven aparecer en el espejo formas y cosas que los aterrorizan; es un mundo misterioso que ellos no entienden, que no saben identificar ni pueden explicarlo, un mundo que los llena de terror porque no saben cómo luchar contra él. El misterio fascina, el terror paraliza.

Lo que trato de decirle es que para mí la literatura es vivencial. Alguna vivencia o vivencias lejanas de mi infancia o mi adolescencia, que aparentemente están olvidadas, quedan guardadas. Y un día cualquiera, el menos pensado, alguna melodía, un olor, un color, una calle o un paisaje, me hace recordar la vivencia que me emocionó, me conmocionó, me hizo sufrir o gozar, y entonces empiezo a escribir. Al principio es sólo esa vivencia, pero conforme avanza el cuento se va trasmutando, surgen otros elementos y todo va siendo un poco menos personal. Al principio sí es una vivencia personal pero después se va convirtiendo en literatura; de lo contrario resultaría una autobiografía y no es eso lo que hago.

La vivencia para mí es importantísima, como gente sensible que soy. Pero no solamente escribo cosas mías: parto de emociones mías, de lo que yo conozco, para después convertirlo en literatura.

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