Amy Winehouse

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Me tocó ver el documental Amy en un vuelo Madrid-Dallas. Estoy convencido de que el Hay Festival me odia. Programaron mi vuelo a las 7 a.m. Tuve que despertarme a las 5. Salí de Carabanchel, un barrio ya sin heavies y sin yonquis, a las 6 a.m. El metro estaba atascado de otros pobretones que como yo preferían la penuria que pagarse un taxi. Había amanecido en un mood muy Janis Joplin. Me puse mis audífonos y le di play al Pearl. Tenía que marcharme con dramatismo. Cuando el disco se terminó el random me restregó en la jeta “A song for you” de Amy Winehouse, como un presagio de lo que iba a ocurrir.

Migración siempre es una pesadilla. A mi arribo a España no me jodieron. Pero por alguna razón, que todavía no comprendo, me interrogaron a mi despedida. La agente de la línea aérea me interrogó a propósito de mi estadía. Qué lugares visitó. Le gustó el país. Qué comió. A ver, pendeja, le inyectaba con la mirada, ya me largo. No estoy ingresando droga ni pretendo quedarme de ilegal. De España no hay coca que me pueda llevar. La comida de poca madre, ¿no ve los pinches kilos de más que me heredaron?. Me dejé 85 mil pesos en euros en tiempo récord. Lo único que anhelo es irme a la chingada. Qué desesperante es. Por favor déjeme de estar chingando. Tras veinte minutos de monosílabos me permitió pasar al mostrador. American Airlines te odio. Mi maleta traía un excedente de siete kilos. Embutidos y libros. Y querían que pagara cien dólares. Tan pendejos. Saqué siete kilos de libros y los metí en una bolsa. Y así, hasta la madre, y cargado como burra me interné rumbo al puerto de embarque.

Estaba irritable por la desmañanada, y en un estado de desesperación por el interrogatorio, y con un hastío por ir cargando kilos de libros que probablemente no fuera a leer en los próximos seis meses. Si fuera un hombre los habría tirado ahí mismo. En el aeropuerto. Pero no, los paseé por tres países hasta mi depa. Lo único que quería era dormir. Pero idiota de mí. Me había terminado mis reservas de rivotril. Llegué al vuelo más reseco que un terrón. Confiado en que el cansancio me abduciría, acomodé los viniles y los libros en el portaequipaje. Me disponía a desparramarme en mi asiento, me tocó ventanilla, odio la ventanilla, cuando me percaté que el asiento de pasillo estaba ocupado por un texano enorme. Medía más de dos metros. Era blanco. Podía oler su racismo a hectáreas. Éste es de los que cazan ilegales en la frontera, me dije. Excuse me, le espeté y vi en su jeta el desagrado que seguro experimenta todo miembro de KKK cada vez que ve a un chicano. Mierda, pensé, no me voy a poder ni levantar a miar en once horas.

Sin medicamento controlado para desmayarme y encajonado en el asiento, el sombrero del texano, no se lo quitó en todo el vuelo, me tenía adherido como sticker a la pared del avión. Me pongo a leer, chingue a su madre. Pero la puta luz no funcionaba. Incapaz de dormirme, no me quedó otra que encender la pantalla que está incrustada en el asiento delantero. Como siempre, el contenido era pura mierda. Pero entre todo el cochinero sobresalía una joya: Amy. El documental sobre Amy Winehouse. Y en lugar de distraerme me despeñé. La irritabilidad, la falta de sueño, el cansancio me pusieron en un estado vulnerable. Que combinado con el contenido del documental detonaron en llanto. Si las escenas de Kurt Cobain jugando drogado con la hija en Mountain of Heck me revolvieron el estómago, ver salir a Amy toda puteada de su departamento, con los ojos morados y un diente flojo me desató la chilladera. Entonces, mientras me sorbía los mocos, sentí la mirada del texano clavada en mí.

No sólo prieto, también joto, cabrón, me decía con los ojos. Traté de contenerme, pero fue inútil. Me descosí. Oía al gringo carraspear. Se la estaba pasando peor que yo. Qué esperaba, que el avión trajera un documental sobre jaripeo. Cuando faltaban veinte minutos para que se terminara el documental la pantalla se congeló. Y no tuve más remedio que volverle a poner play. Y volví a llorar. Veinte minutos antes del final volvió a ocurrir lo mismo. Y le puse play una vez más. Así hasta llegar a Dallas. Eso y mis ocasionales idas al baño molestaron al texano a niveles de odio que pocas veces he sentido. Bájate aquí, sentí que me decía con los ojos, en Fort Worth, para matarte pinche homo. Con los ojos enrojecidos en llanto (y unas ganas locas de fumar crack) el destino se deshizo del texano y me marché a mi conexión a Torreón.

Hacía tanto que no veía cosa tan triste. El documental es sencillamente insoportable. Es un festín de dolor. Amy llevaba la penitencia en el apellido.

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