Anábasis de Alicia Reyes

El pasado 14 de septiembre, Alicia Reyes —maestra, poeta, ensayista— fue galardonada en Monterrey con la medalla que lleva el nombre de su ilustre abuelo, Alfonso Reyes.

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Alicia Reyes con retrato de su abuelo. Foto: catedrareyes.org

Doy testimonio de mi amistad y deuda con Alicia Reyes Mota, ángel guardián, custodia activa, depositaria y albacea de la obra y herencia de su abuelo Alfonso Reyes y de la de su esposa Manuela Mota. Desde muy niña Alicia supo hacerse amiga de su abuelo. Esa amistad la ha cultivado ella a lo largo de los lustros y de las décadas con firmeza, lealtad y amorosa clarividencia. Ha sido Alicia Reyes una suerte de escudera o de caballera andante de la persona y de la obra del alto poeta y ensayista. No sólo eso, ha hecho sentir a lo largo de los años, en el espacio encantado de la Capilla Alfonsina, que el aliento del “abuelo”, como ella lo llama con cariño, todavía entibia las paredes de ese santuario. Para ello ha abierto a lo largo de los años las puertas de la Capilla al populoso tiempo mexicano y ha hecho coincidir sabiamente ese calendario con el otro más personal, aunque no secreto, de la vida y la obra de Alfonso Reyes. Paralelamente ha sabido cuidar —y esto es lo más importante— el presente y el futuro del legado de Alfonso Reyes que es, en cierto modo, el de la generación toda del Ateneo de la Juventud y de la literatura mexicana de la época. Primero abrió las puertas a los investigadores mayores, como Ernesto Mejía Sánchez, Jorge Ruedas de la Serna, José Luis Martínez, James Will Robb, Paulette Patout, Serge Zaitzeff, Gabriel Rosenzweig, Héctor Perea, Sergio Ugalde, para que pudiesen dar término a proyectos como las Obras completas de Alfonso Reyes en veintiséis volúmenes o las diversas correspondencias publicadas por El Colegio Nacional y otras más que suman más de medio centenar. Por cierto, cabría reconocer aquí el trabajo de los asistentes de Alicia Reyes, encabezados por Eduardo Mejía, que han digitalizado más de cincuenta mil cartas y documentos. Luego vinieron los editores del Diario de Reyes como Alfonso Rangel Guerra, Jorge Ruedas de la Serna, Alberto Enríquez Perea, Víctor Díaz Arciniega, Javier Garciadiego, Fernando Curiel, Belém Clark, el de la voz.

El autor en su Capilla Alfonsina.
Foto: Especial

Durante muchos años, además, Alicia se dedicó a editar el Boletín de la Capilla Alfonsina, cuya publicación había iniciado Alfonso Reyes Mota abriendo sus páginas a investigadores de todo el mundo. Alicia deja entre los estantes de nuestras bibliotecas una obra propia, escrita con su puño y letra, aliento y sangre, compuesta de una guía biográfíca de Alfonso Reyes, Genio y figura de Alfonso Reyes (1976), poemas como ¿Qué pasó con las parcas? (1968), A solas… diario poético (1975), América mía (prologada por Efraín Huerta, 2010), obras de teatro y poemas dramáticos como Tikanjáforas (2004), Ante el destino (2011), Antología poética (selección, introducción, versiones al español de poemas en francés y notas de Fernando Corona, 2013), novelas, cuentos y narraciones policiales como Fetiche (1994), Sólo un perfume tenue y otros cuentos (1995), El almacén de Coyoacán (2003), Aniversario número 13 (2004), traducciones como las de El cementerio marino de Paul Valéry y la Prosa del transiberiano de Blaise Cendrars, además de participar en la edición de las Cartas cruzadas entre Alfonso Reyes y Jaime Torres Bodet, 1922-1959 (2004), y Alfonso Reyes y Max Aub, 1940-1959 (2007), la antología de Cuentos Alfonso Reyes (2001), y de su presencia como maestra de generaciones de escritores.

No hay palabras suficientes para agradecer a Alicia Reyes, nuestra entrañable Tikis, su entrega y compromiso con las letras de México que se ensancha hasta la presidencia honoraria de la Sociedad Alfonsina Internacional que animó junto con su querida amiga Alicia Zendejas y en cuyo desarrollo colaboraron Alí Chumacero, Rubén Bonifaz Nuño, Jaime Labastida y Felipe Garrido, para sostener y apoyar los premios Xavier Villaurrutia y Alfonso Reyes (cuyos primeros recipiendarios fueron Juan Rulfo, Octavio Paz para el primero, y Jorge Luis Borges para el segundo). No es posible calibrar el significado de este homenaje cuyo sentido último no logramos desentrañar. Se da como una ceremonia de fin de ciclo, como una despedida voluntaria, como una abdicación, pues hablamos de Reyes, que nos deja ¿no es verdad? como huérfanos. La orfandad es un reto y la intemperie una invitación a hacerse más fuerte y a renovarse, y de la misma manera que aceptamos decir estas palabras insistimos en preguntarnos: ¿qué puede significar en el largo plazo este acto?

Todos los viajeros lo saben: la manera más segura de marearse es fijar los ojos en el costado del barco, allí donde baten las olas. Y el mejor remedio contra esta atracción del torbellino es levantar siempre la vista y buscar la línea del horizonte. Las lejanías nos curan de las cercanías.

Así advierte Alfonso Reyes al inicio de su “Atenea política”, discurso pronunciado ante los estudiantes brasileños en 1938, cuando él estaba a punto de cumplir cincuenta. Buscar la línea del horizonte es el mejor remedio contra la atracción ejercida por las aguas turbulentas de lo inmediato. La distancia, la lejanía, dice Reyes, es fuente de curación. La distancia es una terapia contra el vértigo y la náusea. Hay que mirar a las estrellas para poder dar pasos firmes. Estos pensamientos de Reyes me han iluminado a lo largo de los años para saber estar en esa dimensión en la que se afina Alicia Reyes, la nieta, curadora de la vasta herencia de su abuelo. Su alejamiento, su distancia voluntaria después de más de medio siglo, representa una lección de dignidad y una invitación a continuar en la tarea de cuidar y organizar el legado alfonsino que va más allá de la obra de Alfonso Reyes. A él le gustaba la voz “arranque” y así subtituló el cuento titulado “Los dos augures” que versa sobre los dédalos de la identidad mexicana: arranque, impulso. Alicia Reyes se nos va: se arranca de México. En su salida la impulsa, la propicia, el ascua de la dignidad que quiere dejar encendida para que la cuiden otras manos que las suyas que ya han dedicado mucho a la obra del precursor. Sí, con el cuerpo temblando de emoción, acudimos a este acto misterioso en el Alcázar de Chapultepec. Acto original y originario que se da en las limpias alturas del venerable castillo. No sólo se está diciendo aquí adiós a una persona que ha decidido retirarse de la escena pública y hacer su propia Anábasis con los sentidos alertas y en cabal posesión de sus facultades intelectuales. Este día cierra una época: no es que se apague una luz: se cambia un sistema de iluminación. Desde su sillón en el entrepiso de la Capilla Alfonsina Alicia Reyes representa con su sonrisa bienhechora la distancia y la lejanía que saben hacerse intimidad, una de las lecciones más puras de Alfonso Reyes.

ha sabido cuidar —y esto es lo más importante— el presente y el futuro del legado de Alfonso Reyes que es, en cierto modo, el de la generación toda del Ateneo de la Juventud y de la literatura mexicana de la época.”

Retirarse y dar un paso hacia atrás después de haber estado cincuenta años al frente de una casa. El que se retira y sale de la escena por su propio pie se adelanta al caos, a los riesgos del azar, tiene sobre la escena que deja el poder y el gobierno de su ausencia.

Anábasis: retirada, repliegue, paso atrás. El que se retira lo ha pensado, ha llevado en sí mismo la chispa del desprendimiento y ha practicado en sí mismo ese oficio como un ritual: Anábasis del amante que deja el lecho, anábasis del hijo que deja el hogar como Telémaco en la noche para ir en busca de su padre, Anábasis de la nieta que sale del santuario de su abuelo. Expedición hacia el reino interior. En este país de atropellos y prisas, ¿cómo no aplaudir y aceptar que alguien se retire para cumplir la cita con el llamado de su interior después de haber cumplido largamente con la raíz heredada?

A Alicia Reyes le tocó en la ruleta un premio que es a la par galardón y responsabilidad. Ha sabido llevarlo con juiciosa y laboriosa prudencia. Una situación delicada: la de ser anfitriona y heredera y a la par funcionaria y cuidadora responsable de un bien que se hizo público, de una biografía —la de Alfonso Reyes— que ya en vida se transformó en monumento como la de Goethe, como lo puede ser el espacio físico mismo de la Capilla Alfonsina y más allá la obra de Alfonso Reyes. Esta situación, me imagino, no dejó de producir y atraer intereses públicos y privados y a la vez de imponer tributos, comisiones, necesidad de dar cuentas. Esta doble contabilidad moral y material la ha sabido manejar con destreza y elegancia esta señora de las letras que, por lo demás, ha sabido también mantener su vida privada en la penumbra a pesar de haber publicado y editado libros. Pocos saben que sus dos padres eran médicos, Alfonso Reyes Mota, doctor en patología y Alicia Mota, médico dentista, que sus hermanos fueron Celia, Manuela y Edurado Reyes Mota, que de niña fue un poco enfermiza y tuvo que sufrir una delicada operación, que practicaba la equitación, que luego se fue a Francia donde obtendría primero un título de doctora en microbiología, que se casaría allá el 29 de octubre de 1955 con Jean Pierre Marcillac, un ciudadano francés con el cual tendría un hijo, que se llama Phillipe, que le ha dado a su vez dos nietas, es querida y admirada por generaciones de alumnos de todas las edades y de todos los medios sociales.

“Buscar la línea del horizonte es el mejor remedio contra la atracción ejercida por las aguas turbulentas de lo inmediato. La distancia, la lejanía, dice Reyes, es fuente de curación.”

Es más sabido por la fuerza de las circunstancias que sin su apoyo y entusiasmo su abuela, Manuela y su padre Alfonso no habrían podido llevar adelante el proyecto cultural de la Capilla Alfonsina, cuyo primer amigo a días de morir Alfonso Reyes fue el escritor cubano José María Chacón y Calvo, que ha estado al frente de la Capilla en las duras y en las maduras, obedeciendo un juramento hipocrático. A muchos de los que estamos a su alrededor nos duele en las arterias su separación, pero también algunos la tratamos de entender pues sabemos que no es una resolución intempestiva y que lleva años preparando estos momentos para dar el salto trasatlántico que hará posible seguir sembrando la voz y aliento de Alfonso Reyes en el mundo y desde el corazón de Francia.

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