Año del gallo

Por Francisco Hernández

I

El cacareo
lo ponen las plumas
cayendo de los árboles.

El gallo canta,
pero nadie lo ve:
se oculta en su garganta.

I I

Plaza Río de Janeiro, seis de la mañana.

Un perro labrador, negro de coraje, persigue
a un gallo blanco que corre, salta y trepa
a un fresno, donde una ardilla lo carcome,
hasta hacerlo caer a un bote de basura.

Quien conduce el bote le pega con una escoba
hasta dejarlo inconsciente.

(El gallo y el perro se encienden en abrazo
avivado por el viento. Después se apagan
lentamente, dejando sólo brasas).

De súbito, el gallo recobra la vitalidad
y en un descuido del barrendero le saca
el ojo derecho de un picotazo.

Chilla el barrendero tapándose
el agujero sanguinolento.

Nadie lo mira. No le cae bien a nadie.

Al borde de la fuente, el gallo aletea jubiloso.

Y canta cinco o seis veces,
como si anunciara un reloj despertador.

I I I

Entre escombros, donde el piso
no es de mosaico ni de cemento
sino de tierra, tu canto de corral
labra cetro y corona, rodeado
por ladrillos de adobe y sacos de cal.

Picudo canto, ancla idéntica
a la gravedad continua, se hunde
por la agudeza de su repetición.

Grito citadino, del azar inquietante
del suburbio, se funde al rojo
de una cresta por tu esplendor erguida.

¿Te habrás percatado alguna vez
de la simple invidencia?

Gallos ciegos abundan.

¿Tuertos? Uno que otro.

¿Y si alguien, con una aguja capotera,
te sacara los ojos?

Canta, gallo giro mitotero,
tan uruguayo como urogallo.

Canta, carajo. Si pudiera mirarte,
otro gallo me cantara.

Mayo, 2017.

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