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Antonio Zúñiga (Parral, Chihuahua) es uno de los creadores más completos de la escena mexicana contemporánea. Desde sus inicios ha participado activamente en todas las etapas de un montaje: es actor, director, dramaturgo y creador. En 2013, con la compañía Carretera 45, abrió un espacio de teatro comunitario en la colonia Obrera de la Ciudad de México, donde ha montado desde piezas clásicas hasta teatro contemporáneo. Miembro del Sistema Nacional de Creadores, Zúñiga ha sido acreedor a diversos premios nacionales e internacionales por su dramaturgia y su trabajo como director, que incluyen más de cuarenta puestas en escena en México, Colombia, España, por mencionar algunos países, y piezas publicadas, entre las que se encuentran Pancho Villa y los niños de la Bola, Mara o de la noche sin sueño, El enigma de Serenguetti, Rebelión, Historias comunes de anónimos viajantes, Lo que soñé un día que me quedé dormido bajo el puente, Mendoza, entre otras. Zúñiga ha concebido el teatro como un reflejo social. De esto y del proyecto de teatro para la comunidad habla en esta entrevista.

¿Cómo concibe la escena mexicana contemporánea un creador?

Las artes escénicas en México son fuertes, poderosas. Hay muy pocos países que tienen la diversidad de nuestro teatro: hay de todo y para todos. Sin embargo, hemos estado siempre muy acostumbrados a vivir los cambios impulsados desde afuera, es decir, el teatro en México nunca ha sido innovador per se. Siempre ha sido renovado por influencia extranjera: por los franceses, los canadienses, los argentinos, etcétera. A diferencia de lo que sucedió en las décadas de 1970, 1980, 1990, en nuestro país hoy existen cambios importantes en relación a la dirección, la actuación y la dramaturgia. Ha pasado, también, que la gente de pronto se aburrió, se fue de los teatros. Yo empecé a hacer teatro cuando todavía los teatros se llenaban y se hacían grandes filas para entrar, y conocí temporadas de cien, doscientas y hasta de cuatrocientas funciones, y ahora apenas llegamos a temporadas de doce. Cuando escenifiqué Pancho Villa tuvimos trescientas funciones, ahora es muy raro que alguna llegue a cien. Es algo paradójico: se fueron los espectadores y creció el número de dramaturgos, actores, directores, productores. Como si hubiera más gente arriba del escenario que abajo. Se fueron los espectadores y la gente que hace teatro se empezó a preguntar por qué, y la preocupación existía en todos los niveles: institucionales y no institucionales. ¿Qué hacer para que la gente regresara a los teatros? Y creo que lo que han hecho los artistas mexicanos, en lugar de exigirle al espectador que regrese, es haber saltado del escenario para ir en busca del espectador. Y es ahí donde se rompió la cuarta pared, pero tácitamente, abiertamente: con un hacha en la mano los personajes se han salido del escenario. Esto sucedió primero en Argentina, en España, en Francia y luego en México, pero la forma en que está sucediendo aquí es muy mexicana, es decir: muy distinta. En este momento, el teatro está realmente vivo, es pujante, experimental y está fuera de los círculos institucionales.

 

“Este año tuvimos un premio de dramaturgia que distingue precisamente al trabajo dedicado al barrio. Cada día podemos encontrar más vínculos sociales, si no artísticos. La gente participa con nosotros.

 

La compañía Carretera 45 ha salido, entre otras cosas, a buscar a sus espectadores con este proyecto de teatro de barrio. Cerramos el año contentos, porque Carretera 45 se ha consolidado como un proyecto importantísimo dentro de la oferta, sobre todo porque está enfocado en la gente y en el barrio.

¿Cuál es tu reflexión a casi cinco años de funcionamiento?

Que la gente sí quiere ver teatro. Y que la gente puede construirse a sí misma a través de proyectos como éste. Creo que eso pasó con Carretera 45. Ahora contamos con un grupo más sólido para generar teatro de barrio. Este año tuvimos un premio de dramaturgia que distingue precisamente al trabajo dedicado al barrio. Cada día podemos encontrar más vínculos sociales, si no artísticos. La gente participa con nosotros. La gente construye desde ahí y nosotros nos construimos con ellos. No sólo trabajamos en el perímetro de la colonia Obrera, sino que hemos logrado trascender, hemos llegado hasta América del Sur y el siguiente año llevaremos el proyecto a España. Estaremos en Colombia, y vamos a tener distintos proyectos que seguirán retroalimentándolo. En febrero de 2018 vamos a arrancar una residencia de jóvenes actores colombianos que estarán aquí para montar una pieza de mi autoría llamada La epopeya de los recicladores, que habla del problema de las mafias de la basura y de la basura misma. Esta obra la vamos a montar con actores de la compañía y los que lleguen a México. Después nos vamos a quedar en temporada sólo con los mexicanos, porque los actores colombianos se llevarán esta pieza a un espacio muy importante en Bogotá, el Espacio Umbral, donde tendrán una temporada, entre otras cosas que se llevarán a cabo en Barcelona y Costa Rica. En agosto vamos a estrenar, en el Teatro El Galeón, Los pequeños burgueses, de Bertolt Brecht, dirigida por Luis de Tavira con Carretera 45.

Una parte de tu trabajo es el contacto directo con los temas sociales, también lo es tu compañía.

El punto más determinante de este año ha sido la inclusión de lo diverso como el eje ideológico, discursivo, artístico, lingüístico y de investigación en todas las disciplinas. La sociedad está intentando construir opciones para quienes no las han tenido. A través del teatro también estamos tratando de inaugurar  espacios incluyentes. Esto abre nuevas fronteras para el arte, abre la puerta a otros lenguajes, y estos lenguajes abren la posibilidad de estar de diversas maneras en el mundo. Otras formas a las que, como sociedad, no estamos acostumbrados. No se trata de acostumbrarnos, sino de valorar y ver los horizontes que tenemos en las dinámicas sociales. Como artistas, debemos aspirar a entender, a incluir y a generar nuevos códigos, incluso divergentes, donde podamos crecer en la diferencia.

Esto es un objetivo muy noble, pero pese a ello el teatro presenta dificultades en su diario quehacer. ¿No es así?

Las complicaciones que tenemos ahora son las de siempre. Cada vez hay un mayor abandono institucional. Las inquietudes colectivas y comunitarias se ven afectadas por esto y por el tipo de política que vivimos, por ejemplo, con los políticos de derecha. Se avizora un año electoral en el que esperaríamos que las opciones más progresistas pudieran estar presentes, determinando el destino del país. Hay muchísima resistencia a la transformación y al cambio, en todos los políticos y partidos.

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