Armando Romero: la fascinación por la pintura

Ninguna existencia es permanente, ni la de nuestro ser,
Ni la de los objetos, y nosotros, y nuestro juicio…
Montaigne

“Un signo somos, inescrutable” decía el poeta alemán Hölderlin. La sutil exposición de Armando Romero (Ciudad de México, 1954), en la Galería Urbana, constituye, sin duda, un excelente campo de experiencias sensibles que desarrolla al extremo el carácter abismal del signo plástico y nos sitúa ante un modelo de curiosa depuración formal. El artista fía a la figuración, en inmensas superficies monocromas sesgadas por breves geometrías, el protagonismo de la percepción estética

En el convulso mundo del arte contemporáneo, no sólo de México, sino del resto del mundo, pocas trayectorias han sido tan sólidas, pausadas y sin prisa como la del pintor y escultor, que se dio a conocer a finales de los años ochenta, cuando la Galería Pasquele Lannetti de San Francisco,Estados Unidos, comienza a difundir su trabajo y que, más de veinte años después, sigue a lo suyo sin que haya mermado el interés por lo que hace.

En este sentido, habiendo fijado Romero su identidad artística inicial en una concepción analítica de la pintura, no ha dejado de evolucionar, en primer lugar, durante los años de 1980, afrontando una dimensión más figurativa y barroca de lo pictórico, de atmósfera muy romántica, y, más tarde, durante la de 1990, depurando sustractivamente su lenguaje hasta transformarlo en una visión cada vez más, vamos a decirlo así, “concreta y sintética”.

Un diálogo oblicuo de Romero con dos determinaciones imaginativas que trazan la mirada moderna., la gran pintura realista antinaturalista, léase idealizadora, de Vermeer o Velázquez, y la iconografía inducida por el consumo compulsivo de las últimas décadas, pero interpretada creativamente: una compleja cultura de masas radicadas en los soportes más valiosos y centrada en la manipulación visual y en la interferencia de los lenguajes gráficos.

Es cierto que, finalmente, la obra de Romero, particularmente culta, está en diálogo con algunos grandes nombres de la modernidad —de Cézanne y Picasso a Philip Guston, Richard Hamilton e Ignacio Iturria—, pero, conceptualmente, se halla mucho más próximo al discurso cuestionador y burlón de Sigmar Polke, por ejemplo, y de algunos otros de sus discípulos, como el norteamericano David Salle. Romero, en cualquier caso, es un artista singular al rehuir toda vanagloria narcisista, y eso hace que su discurso —su estilo— se articule de una forma hermética y fragmentaria.
A primera vista, la pintura de Romero no ha cambiado nada desde entonces. Ni siquiera parece haber cambiado mucho desde los años ochenta, cuando quedó establecido el lugar de Romero en la marea ascendente de la pintura, en aquella pasión por pintar que ahora parece tan lejana, como un maestro constante y discreto.

Pero si se mira bien, la pintura de Romero nunca ha dejado de evolucionar, aunque fuera muy lentamente. Las alusiones figurativas (objetos, partes anatómicas, mujeres…) que hace una década todavía poblaban sus cuadros se han ido desvaneciendo poco a poco hasta desaparecer por completo. Con ellas se han borrado también los últimos rastros de aquel humor ácido, corrosivo, un poco al estilo del último Philip Guston, que impregnó la obra de Romero en otro tiempo.

Definitivamente, la pintura de Romero se ha vuelto más silenciosa, más introvertida. Por eso la obra de Romero se sitúa en un punto de equilibro fugaz de los contrarios, “en un punto donde – dice el poeta José Ángel Valente- por un instante, coexisten lo pleno y lo vacío”.

Cada una de sus obras es una aventura estética: encuentro y desencuentro. En realidad, desde hace más de diez años, Romero ha alisado la superficie pigmentada, no sólo convirtiendo las figuras y los gestos en apenas una impronta patinada, sino neutralizando los campos de color, que parecen como barridos cromáticos poéticos. La influencia que en este proceso ha tenido la experimentación de la escultura y de otros materiales, como las técnicas gráficas, y desde luego, el dibujo, han sido claves para encontrar su propio territorio estético.

A la manera de un renacentista pero con la conciencia esencial de su tiempo, Armando Romer se sumergió en lo más profundo de la forma y la materia, para desarrollar sus diversas series como la dedicada a las lanzas, que son de alguna manera un juego de espejos de él mismo. Como esos ejercicios caligráficos que a fuerza de repetición nos procuran el dominio de la figuración, Romero no ha escatimado esfuerzos a la hora de dotarse de recursos técnicos y expresivos, en especial el dibujo y la gráfica.

Pienso en su cuadros: Las lanzas 1, 1994; Las lanzas de Velázquez, 1994; Meninas en blanco, 1996, entre otros. Pintura desmaterializada, paleta exuberante (centrada en el negro, en el ocre, en el blanco y el gris), formas evolucionadas hacia un código íntimo de trazos y líneas que, a veces, se anudan, se mueven como figuras de agua deslizándose sobre el soporte plano y se disuelven, y que, otras veces, constituyen estructuras geométricas planas o tridimensionales.

Su conocimiento exhaustivo de la perspectiva científica, de los principios que rigen las leyes de la proporción y la mesura o, entre otros, de las gradaciones y combinaciones cromáticas, le permitieron emprender con plenas garantías su emotiva y profunda interpretación y reconocimiento del mundo.

Me siento dios por un instante: os veo
a él, a ti, al mar, la luz, la tarde.
Todo lo que contemplo vibra y arde,
y mi deseo se cumple en mi deseo…2

Esa forma de mirar, cercana y a la vez reflexiva, es la que unifica todos sus trabajos. Romero es un caso único en México, pues su línea al momento de jugar con sus personajes (pienso en su cuadro Proveedor de sueños, 2007) es un ir y venir de una contemplación inédita constante. Esa mirada y una misma libertad, una incuestionable intuición para hacer de un simple motivo, metáfora de la unidad de lo existente. Desde sus payasos, formas femeninas, súper héroes a la manera de cómics, animales reales e imaginarios (un bestiario muy personal), Romero ha desarrollado una de sus series más personales y sugestivas, la dedicada a Velázquez.

Como un ceremonioso ritual que se repetía cada instante, el artista realizó incontables dibujos —primero al carboncillo y luego con pinceles y grafito—. Armando Romero ha sobrepasado con creces los límites de esa naturaleza sobria en la que inició sus tanteos con la realidad más prosaica para alcanzar esa excepcional libertad en la que se forjaron sus últimos cuadros titulados simplemente El diluvio, 2014; Entre héroes y dioses, 2014; Los pecados escriben la historia, 2014 o Sin palabras, 2014, que de alguna forman, convergen en su pasión por narrar y descubrir historias. Se trata de un planteamiento importante, pues resitúa a la pintura en sus mismos inicios: los de afrontar de nuevo e ir resolviendo de manera creativa, siempre diferente, el problema medular del cuadro: superar la condición plana de su espacio.

Contemplativas y de un dinamismo visual que oscila entre la contención formal y esa vibrante energía que aplicaba a la ejecución de cada composición, hoy sabemos que esas pinturas rigurosamente teñidas de la calidez del gesto humano, tienen una deuda de gratitud con el dibujo. Tiene este conjunto de telas recientes y su serie de grabados una marca de vida y de calma, un aire amable que no es inflexión de postrimerías sino naturalidad de cauce ya hecho, de torrente que discurre sin obstáculos.

Dibujos que manifiestan, mediante esa especie de condición líquida, el goce de vivir (de existir en el tiempo) y de crear, que traslucen la plena experiencia sensible de las cosas y el posterior trasvase al redil enmarañado de las ideas. Tal amabilidad es abiertamente visible en los temas (horizontes marinos, mínimos bodegones ante la ventana, composiciones de espacios en la noche). La pintura es un palimpsesto de escrituras superpuestas.

A lo largo de casi de treinta años de creación, Armando Romero nos conduce por su claro ideario estético, aquel que responde a un complejo y meditado análisis de las sensaciones, especialmente de aquellas relacionadas con la especialidad, el cromatismo y la forma. Perdidos en el espacio, 2011; La verdadera razón de por qué los robots no tienen cola, 2011 y Barco pirata, 2015, sintetizan alegóricamente la sobreposición de imágenes del cómic, el cine y la fotografía con la convencional acepción de figuras de arte —retrato y cartel—.

Un repertorio de cultura popular en un escenario simbólico. Un batidillo de imágenes y estímulos visuales, en efecto, que definen la cultura de consumo. La cultura del pop y el pop art: directo, efímero, barato industrial, divertido y ligero. Todo tiende a crear la sugerencia espacial de planos distintos, separados; pero enseguida esos planos se conectan entre sí por medio de pasajes, de arabescos lineales, de vueltas y revueltas del dibujo, hasta integrarlos en una rigurosa composición plana.

Sé que debo ir lejos
atravesar la ciudad y luego
más allá, hasta que sea hora de ir
a caminar largamente por el bosque…3

En ese atravesar el bosque, como dice el poeta sueco Tomas Tranströmer, Cora va buscando y encontrando grandes superficies vacías, que muchas veces encuentra en el paisaje como unidad espacial de infinitas incidencias plásticas y el diálogo constante entre lo circundante y los esquemas visuales que la realidad posibilita son las coordenadas básicas de una obra a la que se ha despojado de todo elemento distorsionante para manifestar, sólo, aquellos impulsos significativos que proporcionan estados de máxima.

En ellas lo íntimo se hace más patente hasta conseguir que las formas manifiesten su expresión más pura. La no presencia de los elementos, la superación de lo tangible a la búsqueda de realidades sensitivas que marcan las rutas de lo ausente, de aquello que se presiente, de la ausencia, del silencio, del vacío que acusa una imagen recordada, en definitiva, el alma de una ciudad llena de espiritualidad y magia, puesta en evidencia con unos mínimos rasgos, llenos de solvencia plástica y formal. Y de nuevo una deslumbrante constelación de formas.

Equilibrio y dinamismo. Una significación que no sólo se ha doblegado al arte, sino también a la poesía visual, que crean cada una de las imágenes de Armando Romero. Su arte, se sitúa, un paso más allá de las complacencias del viejo movimiento pop, y de cualquier otro movimiento. Armando Romero “piensa en imágenes” como el genial Poussin.

*La exposición Anarquía de Armando Romero se presenta en la Galería Urbana en Calzada de los Leones # 195 en la Ciudad de México hasta finales de noviembre.