Arqueología de la memoria artificial

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En su formidable ensayo acerca de la conciencia, Antropología del cerebro, Roger Bartra dedica un capítulo a la memoria artificial, y menciona los invaluables recursos tecnológicos usados para complementar la función cerebral: bibliotecas, hemerotecas, depósitos inconmensurables en las redes informáticas. Hoy en día, estas redes de la memoria artificial son un espacio virtual para perdernos y encontrarnos. Buscando los orígenes de esta maquinaria, el doctor Bartra rastrea la técnica conocida como mnemotecnia griega, hasta llegar a la figura de Cicerón. El célebre orador romano aseguraba que la memorización se facilita cuando una lista de nombres, objetos o ideas son ordenadas visualmente en un espacio tridimensional. En su obra De oratore, describe uno de los posibles orígenes del arte de la memoria: la famosa historia de Simónides de Ceos, un poeta cuya vida transcurrió entre los siglos VI y V a.C.

Simónides asistió a una cena de gala. Se retiró temprano del evento. Esa noche, el edificio entero donde sucedía la cena sufrió un colapso. En los días siguientes, los trabajadores recogieron los escombros y encontraron los cadáveres de los asistentes a la cena completamente desfigurados. Era imposible reconocerlos. Simónides visitó el escenario y reveló la identidad de los invitados: si fue capaz de hacerlo, no se debió al uso de habilidades superiores de percepción o métodos forenses para la reconstrucción de rostros. Simplemente recordaba los nombres de los muertos a partir de su posición en la mesa. La caída del techo fue tan abrupta que los comensales no pudieron huir: murieron ordenados espacialmente, tal y como se encontraban en el último evento de sus vidas. El episodio podría ser una leyenda, pero cuatro siglos después Cicerón inmortalizó a Simónides como inventor del arte de la memoria.

La neuroanatomía funcional permite construir hipótesis inimaginables en tiempos de Cicerón o Simónides. Hoy podemos plantear que la mnemotecnia, basada en el arreglo espacial de palabras y conceptos, sería el resultado del trabajo conjunto de los dos hemisferios cerebrales. El hemisferio derecho contiene regiones especializadas en el procesamiento de la información espacial, mientras que el hemisferio izquierdo procesa datos para el almacenamiento y la recuperación de la memoria verbal. ¿Es posible que el trabajo integrado de ambos hemisferios aumente el poder efectivo de la memoria? Mediante el trabajo bihemisférico, ¿la mnemotecnia griega hace más eficiente el trabajo de codificación de la información, y por lo tanto optimiza su recuperación? Durante el auge de las culturas griega y romana, no sólo era imposible conocer la respuesta: la pregunta misma nunca fue formulada, porque los conocimientos anatómicos eran realmente precarios.

En su Breve historia de la medicina, el patólogo y ensayista Francisco González Crussí nos recuerda la decepcionante situación de la anatomía en la antigüedad grecorromana. Hipócrates, padre de la medicina, no parece haberse ocupado del tema anatómico. A pesar de no ser médico, Aristóteles desarrolló un “notable sistema de conocimiento anatómico basado en disecciones de animales, aunque por lo general se reconoce a Herófilo de Calcedonia y a Erasístrato de Ceos el trabajo pionero en la disección de cuerpos humanos.” González-Crussí nos relata el recurso legal mediante el cual se realizaban esas disecciones.

Las desdichadas víctimas eran lentamente abiertas, mientras sus temblorosos órganos sangraban al ser expuestos, palpados e inspeccionados, todo ello en medio de
desgarradores gritos de dolor y bajo la fría mirada de los anatomistas,
sus alumnos y ayudantes.

Los reyes de Alejandría entregaron legalmente a los criminales condenados a muerte como un regalo para los anatomistas. De esta manera, la disección se realizaba en vida, según el ideal aristotélico de que el verdadero conocimiento de la estructura corporal debe realizarse en un organismo viviente. En su forma abstracta, este principio de Aristóteles es una poderosa guía filosófica, pero su realización práctica perturba, sin duda alguna, la sensibilidad de los lectores contemporáneos.

Desde los tiempos de Simónides, pasaron más de dos milenios antes de que la medicina y las ciencias biológicas empezaran a tener conocimientos precisos acerca de la anatomía
de la memoria. A pesar de esta falta de desarrollo científico, los poetas (quienes debían aprender poemas épicos de gran extensión, como La Ilíada o La Odisea), los actores (encargados de entretener al público con las obras de Sófocles o Esquilo), pero también los abogados y los políticos, llevaron a la mnemotecnia a un desarrollo extraordinario. En suma, los retóricos en su conjunto movían al gran público mediante la oratoria, en ciudades tan agitadas como Atenas o Roma. Irónicamente, esta ingeniería de la mente estaría en el olvido, de no ser por el ensayo definitivo sobre el tema de una académica británica, Frances Yates. En nuestros días, su estudio ofrece claves interesantes para el entendimiento lógico y experimental de las capacidades humanas de memorización. Así lo plantea Bartra en La antropología del cerebro.

Bartra se detiene en un detalle: además del modelo visual tridimensional, arquitectónico, en el cual se basaban los ejercicios grecorromanos de memorización,

se consideraban de gran importancia las marcas que se asignaban a cada espacio. Es decir, imágenes o marcas activas, capaces de fijarse en la memoria al dejar huellas emocionales gracias a su carácter extraordinario, grandioso, increíble, ridículo, inusual, deshonroso o bajo. Estas marcas debían mover las emociones por su singular fealdad, belleza excepcional o carácter sorprendente. La técnica consistía en imitar artificialmente a la naturaleza, pues se partía de que los sucesos cotidianos ordinarios suelen olvidarse, mientras que los acontecimientos extraños, nuevos y maravillosos se retienen en forma natural en la memoria.

Este énfasis en lo ridículo, lo deshonroso y lo bajo, como catalizadores del proceso de memorización, prefiguran las investigaciones contemporáneas acerca del papel de la emoción en la inscripción neural y en la recuperación de datos.

Durante la vigilia ocurre un marcaje emocional de las experiencias sobresalientes, y durante el sueño, especialmente en la fase de movimientos oculares rápidos, estas experiencias se reeditan para consolidar la información en nuestras redes neurales. El motivo de una nueva decepción social consiste en que esta maquinaria orgánica exquisita, dedicada al procesamiento de datos, y optimizada mediante el arte de la memoria, tiene una preferencia malsana por lo ridículo, lo bajo, lo deshonroso. Sospecho que los infortunios grotescos de nuestra sociedad del espectáculo serán inolvidables.

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