Arturo Ripstein: “Me traicioné”

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Arturo Ripstein dirigió esta entrevista. Desde un principio, aclaró: “No puedo contarle eso que me pide, sería hablarle de toda mi vida”. Aunque era lo que esta reportera quería, atendí a su petición: “Llame de nuevo, y vemos…”. Y así entablamos una breve conversación off the record, hasta que dimos el banderazo de salida, y esta entrevista es el resultado.

Arturo Ripstein (Ciudad de México, 1943) es uno de los pocos
directores de cine que puede asegurar que hizo historia, con más de cincuenta filmes, entre los que destacan Tiempo de morir, El castillo de la pureza, Cadena perpetua, Profundo carmesí y La calle de la amargura; y más de cuarenta nominaciones y premios. Desde muy joven comenzó su carrera cinematográfica: se inició como actor en diversas películas, y como ayudante de dirección en El ángel exterminador, de Luis Buñuel.



¿Cuál es el aprendizaje de vida que le ha dejado el cine?

Yo aprendí todo lo que sé en la vida del cine, viendo películas. Fue parte de lo que determinó mi vida, aprendí todo. Desde cómo se mata a un vampiro hasta cómo se le va a uno la novia. El gran aprendizaje de haber hecho cine es una porción de zancadilla y codazo, si te dejas, te comen; hay que hacerse de una piel muy gruesa.

¿Qué tanto hay en sus personajes de su visión del mundo?

No sé. Quizá algunos se parezcan a lo que hago y soy, y eso es algo que no puedo evitar. Pero lo que sí puedo decir es que
a ninguno de mis personajes lo invitaría a tomar un trago, menos aún a cenar.

¿Cambiaría algo de su trabajo artístico?

No. Lo único que habría hecho son mejores películas. Si tuviera la oportunidad de cambiar algo, tendría que cambiar todo, definitivamente.

¿No es un crítico muy severo con usted mismo?

¡Claro que sí!

¿Ha logrado lo que se propuso cuando era joven?

No, ni de lejos. Cuando era joven quería hacer grandes películas.

Pero la crítica dice lo contrario.

El mayor, el mejor de los críticos, el más notable de todos no es nada al lado de un creador mediocre. Entonces, la crítica puede decir misa.

Ha contado sus experiencias con Buñuel, pero, ¿qué le aprendió?

Aprendí sobre la relación ética con el trabajo. No le aprendí técnica. La técnica de Buñuel era muy compleja como para aprenderla viéndolo. Lo que sí aprendí con él es la relación que se tiene con la profesión. El aprendizaje más importante con él fue el respeto. Intentar no traicionarse e intentar hacer las cosas lo mejor posible, con la mayor profundidad. Cosa que yo nunca pude hacer, me traicioné y nunca pude hacer las cosas que quise.

¿Por qué se traicionó?

Porque no hice lo que quise, hice lo que pude. Entre una cosa y otra hay un abismo, y eso es una completa traición.

A casi cincuenta y dos años de su primer filme, Tiempo de morir, ¿cómo valora ese trabajo de su juventud?

Mal, igual que entonces; así lo vi desde un principio, porque no me dejaron hacerla como yo quería, y ahí empezó el desastre.

¿Pudo trabajar bien con Gabriel García Márquez?

En esa película trabajé bien con García Márquez [guionista de Tiempo de morir]. El problema es que de ser un hombre adorable se convirtió en una estatua ecuestre y una pesadilla. Trabajé bien con él en esa película, pero después no me llevé bien con él. En aquel momento no era nadie. Poco después publicó Cien años de soledad y se volvió una estatua de sí mismo.

¿Ese después se refiere a El coronel no tiene quién le escriba, que usted filmó en 1999?

En ese momento prácticamente ni nos veíamos. No es que me dejara “trabajar a gusto”, es que él quiso que alguien hiciera esa película. Y no entiendo por qué fui yo.

La literatura ha sido uno de sus ejes creativos.

Sí, continúa siéndolo. No leo como leía antes, pero la literatura siempre ha sido para mí el rincón del amor y de los sueños. Ahora veo más películas viejas, sobre todo en blanco y negro, y eso me satisface muchísimo.

¿De qué género es la película Arturo Ripstein?

De terror. No me definen mis personajes, sí los que han creado otros, como Drácula.

Siempre hay algo que se odia de la profesión que elegimos.

Lo que menos me gusta de mi trabajo es levantar una película. El antes y el después de hacer la película son los dos momentos más aterradores. El previo, el antes es muy humillante, porque se trata de conseguir apoyos: debes convencer a los otros, pedir que crean que harás una buena película. Después, una vez que la terminaste, mandarla a los festivales, a diversas personas, etcétera, es horrible. Pero el rodaje es maravilloso.

Actor o director, ¿qué prefiere?

He sido más director que actor, pero
ahora mi experiencia como actor en este año me ha hecho revindicar el oficio y me ha encantado.

Es un director duro, dicen.

Pregúnteselo a la gente con la que he trabajado. Los detalles se los darán otros.

Afirma que su cine no es político o social, pero sus historias son producto de eso.

No te puedes despegar de la realidad, la necesitas para hacer cine. Soy mexicano, vivo en esta realidad, no cierro los ojos frente a lo que sucede. Mis preceptos están determinados por esa mirada que se da no sólo con los ojos, sino con el corazón y con las tripas.

¿Cómo enfrenta las nuevas tecnologías?

Me divierte mucho toda la nueva plataforma. La historia del cine, de alguna manera, es una máquina de cambios tecnológicos. Es una máquina agradable y divertida, que genera cambios y conozco desde niño; y sólo es cada vez más pequeña, más versátil.

En días pasados fue a Suiza como jurado, ¿qué hay en el cine contemporáneo?

Es muy curioso. Un festival es la forma de la injusticia más profunda. Cuando se es jurado, uno pregunta: ¿Por qué esa película es mejor que la otra?, y no hay forma de responderlo. Un festival de cine no es una carrera de cien metros planos en donde todos hacen lo mismo y alguien es más rápido. En el cine todos hacen lo mismo y son cosas distintas, y uno brinca, otro gana, otro va al simposio, otro lee el periódico y todos son evaluados de manera similar. Un festival es una de las mayores tonterías posibles.

¿Qué hará en los siguientes meses?

Ahora quiero sobrevivir. He hecho una película y un par de documentales en México, muy agradables y que he disfrutado mucho. Participé como actor en un proyecto de Fernando Trueba, La reina de España, que se grabó en Budapest y España. Trueba es una de las personas más encantadoras con quien me ha tocado compartir
el cine.

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