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Agradezco la invitación a hablar aquí en la Suprema Corte de la Justicia de la Nación. Es un honor por dos motivos: por el papel de este recinto en nuestra historia, porque aquí fueron ministros Altamirano, Ignacio Ramírez, El Nigromante, Riva Palacio, y por la invitación a las celebraciones del Día de la Mujer, como es sabido instituido por las socialistas y sufragistas de distintas clases sociales, unidas en una causa común: que la Ley se aplique por igual a hombres y a mujeres de todas las razas, contra prejucios y costumbres.

Considerados estos dos motivos, iré directo a un tema que se relaciona con el bien colectivo y la Ley, y con la igualdad de derechos para todos los humanos. Iré a la “Zona de Contacto” (así la llama Thomas Ward), el espacio común de ocho escritoras latinoamericanas que participaron activamente en la creación de la identidad moderna de Hispanoamérica.

Quiero subrayar que las escritoras de nuestra lengua no han sido entes de  excepción y marginales, confinadas a la cocina, los niños y la iglesia (lo que los alemanes llaman las tres kas de la mujer: kuche, kinder, kirche), recluidas en el hogar o el convento a la caza de sus demonios o enemigos personales, sino verdaderas hacedoras de nuestras naciones, protagonistas de la vida civil —y por supuesto toreras de sus demonios, como todo buen escritor.

Recuperar la centralidad de las escritoras es subrayar lo mejor de nosotros mismos. No es que hagamos así una súplica para que sus voces “se inserten en la Nación” —como se ha escrito—, sino hacer evidente que ellas son nuestra Nación. No mencionarlas es borrarnos.

Flora Tristán. Foto: Especial

Por criterio cronológico, la primera es la peruana (socialista y feminista) Flora Tristán (1803-1844).

En 1834 publica sus memorias, Peregrinaciones de una paria, que dedica a “los peruanos”, y en la que claramente habla de una identidad continental: “El porvenir es de América. Los prejuicios no pueden adherirse en ella como en nuestra vieja Europa.”

Utiliza su narración como un espacio de lucha política y exige los mismos derechos para todos los seres humanos.

 

“Flora Tristán critica ‘esta organización social que, opuesta a la Providencia, sustituye con la cadena del forzado el lazo del amor y divide la sociedad en siervos y en amos’.”

 

Flora Tristán, de madre francesa y padre peruano, es un personaje complejo y magnético. Lucha activamente por el derecho al divorcio —presenta ante el parlamento francés, en 1837, una petición para el reestablecimiento del divorcio—, critica “esta organización social que, opuesta a la Providencia, sustituye con la cadena del forzado el lazo del amor y divide la sociedad en siervos y en amos”, lucha con su pluma por la igualdad legal de todos los hombres para que no haya parias en ninguna latitud, para borrar la inequidad laboral, por el derecho a la educación.

Critica a las mujeres que firman con nombre de varón —específicamente George Sand, pero pudo haber pensado en otras.

Nos hace saber su disgusto por las ficciones literarias, descree del poder de la novela o el cuento:

Las ficciones agradan, ocupan un instante del pensamiento; pero jamás son los móviles de las acciones de los hombres,

y en esto se distancia de la “Zona de Contacto” con las otras siete autoras que aquí vendrán. Flora pretende lo directo y lo utilitario en los escritos, aunque sus espléndidas y eficaces memorias sean bastante noveladas, trastocando verdades por ficciones más convenientes a su persona. De cualquier manera, no sería justo decir que sus memorias son una novela. Son memorias que ella no usa para explorarse (como es en parte el caso de las de Teresa de Ávila), sino para que el mundo la vea, para que su voz resuene defendiendo las causas que le interesan y para salvarse a ella misma de embrollos personales y financieros, poniendo a su persona a salvo de habladurías y escritos de otros, ganando un territorio para su honor personal que solía andar muy abollado.

Sus memorias son argucia en defensa propia y, como dije, un arma política. (Cabe agregar, por si alguien no lo sabe, y a modo de paréntesis, que es la abuela de Paul Gauguin.)

LA SEGUNDA es Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873). En 1841 publica una novela que carga bajo el brazo desde hace más de tres años, y que será la primera novela antiesclavista escrita en nuestro continente (La cabaña del Tío Tom es de 1852), Sab, un éxito entre los lectores de su época, aún en prensa y en el gusto de un lector contemporáneo.

Lectora de Walter Scott, de Chateaubriand, de Madame de Stäel, de Rousseau, Avellaneda nació en la Cuba española, tierra de azúcar y por lo tanto de esclavos de origen africano, en una familia enriquecida precisamente con el azúcar. Conocemos detalles de su vida por su autobiografía (es posible leerla en las páginas virtuales del Instituto Cervantes); su familia materna muy acomodada, el papá un capitán de navío español al que la hija adora. Como a Flora Tristán, a la Avellaneda le disgusta  la idea de los matrimonios arreglados por los padres:

Mamá no fue dichosa con él; acaso porque no puede haber dicha en una unión forzosa, acaso porque siendo demasiado joven y mi papá más maduro, no pudieron tener simpatías.

Sabemos de la muerte temprana del papá, del nuevo e infeliz marido de su mamá.

En la península ibérica, la escritora fue adorada por su poesía, sus continuos estrenos de obras de teatro —Baltazar mi predilecta con mucho—, algunos con más éxito que otros. En 1860 publica su ensayo La mujer, en el que argumenta, no ya la igualdad intelectual de los géneros, sino “la superioridad del nuestro”.

 

“Juana Manuela es una autora en esencia latinoamericana. Aborda el tema indio y denuncia el racismo de nuestro continente y lo pernicioso de anular la libertad de las mujeres.”

 

De temperamento torrencial, sus aventuras amorosas fueron (y son) célebres. Rompe compromisos de matrimonio; tan quiere al que no la quiere mientras desprecia al que la idolatra, como se entrega a amores recíprocos; queda viuda tres veces (la segunda del gobernador civil de Madrid, la tercera del coronel Verdugo, muerto por las secuelas de una estocada recibida cuando reta a un hombre para vengarse porque, en marzo del 58, el día del estreno de Los tres amores, lanzó un gato al escenario del teatro, provocando el fracaso de la obra.) Entre una viudez y otra, da a luz a una hija fuera del matrimonio, muerta aún siendo de cuna.

Avellaneda estaba en la cúspide literaria cuando sus amigos (Juan Vale-ra) la propusieron para la Academia Española. Sería la primer mujer en ingresar a la institución. Sus amigas (Emilia Pardo Bazán) la apoyaron también. No fue aceptada por un solo motivo: porque era mujer (lo mismo ocurriría con Emilia Pardo Bazán poco después, y con nuestra Rosario Castellanos en México, en una institución similar, un siglo más tarde.)

El rechazo le fue insoportable a Avellaneda. La quebró. Puesto que no la aceptaban sus pares, ya que nunca iba a ser considerada un igual, así ella se supiese superior, buscó refugio en territorio enemigo: en el seno de la iglesia católica más reaccionaria, renunciando a su espíritu libertario, enterrando sus pasiones de este mundo y, por último, con un gesto que a nosotros sus admiradores nos sigue dejando alelados: heredando su copiosa fortuna a la Iglesia.

TRES NACIONES están imbricadas en la vida de la escritora Juana Manuela Gorriti (1818-1892): Argentina (nace en el norte de ese país), Perú (vive en Arequipa y Lima largo tiempo y funda un salón literario), y Bolivia (muy joven se casa enamorada de un militar boliviano, Belzú).

 

“Fue en 1872 cuando Laura Méndez de Cuenca apareció como poeta en el rico ambiente literario de la Ciudad de México tras la entrada de Benito Juárez. Los espacios públicos acogieron importantes tertulias literarias.”

 

Belzú y Gorriti forman un matrimonio que a poco deja ver sus incompatibilidades; ella se instala con sus hijos en Perú, donde se gana la vida como maestra; Belzú da un golpe de Estado en su país, obtiene la silla presidencial, y muere asesinado en su propio despacho por el general del ejército. La versión de Juana Manuela en una carta, es que Belzú había llegado al poder por el pueblo y contra el ejército, que lo mató el ejército, y que ella se unió al pueblo a levantar barricadas. Tómese con pinzas esta trama —aunque puede ser exacta—, porque la informante es novelista romántica, y hace en ésta de ella misma su propio personaje heroico. Lo cierto es que aunque hubieran sido un matrimonio infeliz, Gorriti fue una viuda ejemplar: escribió la biografía de Belzú y defendió su memoria.

En 1845, Gorriti publica La quena que, según algunos críticos, es la primer novela argentina, y sin duda también peruana. Juana Manuela es una autora en esencia latinoamericana. La quena es una novela de aventuras con mucho sabor local, costumbrista y sentimental, no necesariamente para el gusto contemporáneo, pero sin duda con inteligencia en su armado y la construcción de los personajes. Aborda el tema indio y denuncia el racismo de nuestro continente y lo pernicioso de anular la libertad de las mujeres.

En su salón limeño varias de estas escritoras se dieron cita: Clorinda Mattos de Turner, Mercedes Cabello de Carbonera, Teresa González de Fa-nning —que argumentó por la “Zona de Contacto” en su Trabajo para la mujer en la séptima de las Veladas literarias de Lima (1892). Gorriti creó en su salón literario y en su labor como editora una comunidad inclusiva, capaz de fomentar la admiración entre las colegas. Podríamos hablar de un factor Gorriti, contrarrestando la inercia envidiosa de La Colonia.

Es autora de la primera narración fantástica argentina, buena parte de sus cuentos aún seducen al lector contemporáneo. Flora Tristán no tenía razón al decir que la novela, como género, carece de valor político. La novela es dominio, reflexión, ejercicio crítico, laboratorio de la vida civil y espacio de la consolidación del universo sentimental. Escribir novelas, publicar, ser autoras leídas son muestra de independencia y poder de las mujeres. Gorriti las escribe realistas y fantásticas. Con las segundas defiende el derecho de las mujeres a la imaginación —y hace parábolas políticas que han sido analizadas. Hay algo más, y no menos importante: en las novelas cabe la ambigüedad. Además de exponer críticas explícitas, provocan la duda y la necesaria meditación para evitar la intolerancia. Por otra parte, los poemas, por su práctica inutilidad, en muchos casos, como panfletos políticos o como armas de un filo certero, también son imprescindibles: son el silencio y la soledad. ¿Puede existir la vida colectiva respetuosa en una Nación sin el silencio y la intimidad, sin la libertad de la vida privada —y qué más privado que lo que es indecible conquistaron naciones con su genio en estos géneros literarios? Nuestras escritoras también nos dieron nación cuando  sus obras no hablaron cuando hablaban, cuando abrieron espacio a lo ambiguo, introduciendo en nuestra vida civil la flexibilidad obligada para la reflexión y el trato inteligente.

La vida de Gorriti es larga y muy productiva. En la vejez, Juana Manuela se encuentra sin recursos económicos. Sus amigas, a lo largo y ancho del continente, se solidarizan y reúnen sus recetas en un volumen, Cocina ecléctica, para recopilar fondos. Con esto hacen también un homenaje a una faceta de su persona: la cocina. De ella fue el cortísimo prólogo y la autoría atribuida en la portada del libro. Se puede leer en la red (es una joya, a veces de humor involuntario, como la receta que recomienda atar a la burra antes de la madrugada para que gire llevando el balde que contiene los ingredientes de un buen helado de limón).

LA CUARTA ESCRITORA, la ecuatoriana Dolores Veintimilla (1829-1857), también fundó un salón literario, en su caso en Cuenca.

 

“Marietta de Veintemilla desde Lima escribe el ya mencionado libro de más de 400 folios, Páginas del Ecuador, relato histórico del país, autobiografía, memorias y ensayo.”

 

Dolores Veintimilla. Foto: Especial

Nace en Quito de familia acomodada (pero no opulenta como la de Avellaneda) cuando Simón Bolívar aún gobierna la Gran Colombia —hay un retrato de ella niña, en las piernas del padre, pintado por el artista que solía retratar a Bolívar (Antonio Salas)—. Un año después, Ecuador se desprende de la república bolivariana, al mismo tiempo que lo hace Venezuela. Los padres de Dolores Veintimilla inscriben a sus tres hijas en la primer escuela para mujeres de Ecuador, fundada por el presidente (liberal) Rocafuerte. A la salida del presidente Rocafuerte, las hermanas Veintimilla dejan la escuela lancasteriana (el director había sido expulsado por “luterano”), y la educación de las niñas queda en manos de las monjas (consiste sobre todo en preparar mermeladas y otras labores quesque femeniles). El ambiente doméstico continúa siendo liberal, en casa de los Veintimilla se reúnen animadas tertulias literarias. La inestabilidad de los gobiernos ecuatorianos no priva a Dolores de una infancia feliz y una juventud también dichosa. Escribe poemas que circulan y son celebrados. Se casa con quien ella elige, a los dieciocho. Con el marido, y ya un hijo en los brazos, se muda al puerto de Guayaquil, y de ahí (dos años más tarde) a Cuenca, una ciudad considerablemente más tradicional que Quito y el puerto.

En Cuenca, la figura influyente es el conservador y prolífico intelectual (escritor y editor) Padre Solano. Dolores se convierte en el centro de la vida liberal y literaria de la ciudad fundando una tertulia. El marido de Dolores (se dice que enamorado de otra mujer), viaja a Panamá, donde se establece; la casera echa a Dolores a la calle con todas sus pertenencias, y se instala en otro lugar donde no se le permite recibir visitas. En esta situación, conversando con un amigo en la calle, Dolores ve pasar un cortejo rumbo al patíbulo. Escribe y da a publicación un panfleto defendiendo al condenado, un indio, y oponiéndose a la pena de muerte. Fechada antes del 5 de mayo de 1857, la Necrología:

No es sobre la tumba de un grande, no es sobre la tumba de un poderoso, no sobre la de un aristócrata, que derramo mis lágrimas. ¡No! Las vierto sobre la de un hombre, sobre las de un esposo, sobre la de un padre de cinco hijos, que no tenía para éstos más patrimonio que el trabajo de sus brazos…

¡Lucero!… mártir de la opinión de los hombres… valiente y magnífico como Sócrates, apuraste a grandes tragos la copa envenenada que te ofrecían tus paisanos y bajaste tranquilo a la tumba.

El impreso de Dolores Veintimilla desata un escándalo. Desde el púlpito y en la prensa, recibe fieros ataques. Dolores contesta. Respondiéndole, la injurian en impresos que circulan firmados por un tal Fray Escoba (seudónimo del Padre Solano). Uno de sus biógrafos dice que le arrojan piedras a su ventana, y en una ocasión también un recipiente conteniendo arsénico. Cuenca le da la espalda. Los vendedores locales le niegan la venta de los básicos. Dolores Veintimilla se suicida —escribe en una nota: “Me he suicidado”—. Su hijo tenía ocho años (estaba en el mismo departamento donde ella ingiere el veneno, como haría casi un siglo después, en 1963, Sylvia Plath.)

La saña contra la persona de Dolores no se detiene con su muerte: su cuerpo es sometido a riguroso escrutinio —parte de las murmuraciones en su contra decían estaba embarazada de alguien que no era el marido, el médico que practicó la autopsia explicitó que no lo estaba—. Queman sus manuscritos y, según algunas versiones, la turba arrastra su cadáver por las calles. Le niegan sepultura cristiana. El marido (aquel doctor que se había ido a Panamá) lucha para que la exculpen, consigue la exhumación años después, con ésta la absolución de Dolores, y la reubicación de su cuerpo en el cementerio católico.

Sobreviven de Dolores de Veintemilla sólo una docena de cuartillas, entre las que están, además de su “Necrología”, poemas formidables.

LA QUINTA ES LA MEXICANA Laura Méndez de Cuenca (1853-1928), también poeta, así como autora de una novela, periodista, ensayista, editora y educadora.

Hasta aquí he respetado un orden cronológico de las obras claves de las autoras. 1834, Memorias de una paria de Flora Tristán; 1841, Sab de Avellaneda; 1845, La quena de Gorriti; 1857, Necrología de Dolores Ventimilla. Rompo con el criterio al enumerar aquí aquí a Laura Méndez de Cuenca, por su obra más representativa debiera mencionarla más adelante (cuando sus poemas aparecen en la serie de Riva Palacio, El parnaso mexicano (1885-1901) o cuando publica su única novela, El espejo de Amarilis, en 1902).

La enumero aquí porque fue en 1872 cuando ella apareció como poeta en el rico ambiente literario de la Ciudad de México tras la entrada de Benito Juárez. Los espacios públicos acogieron importantes tertulias literarias en la ciudad de 80 mil habitantes, generadas por el ambiente de los intelectuales liberales (Justo Sierra, Guillermo Prieto, entres otros) y circundadas por muchos como el joven Juan José Tablada —años después, fundaría la primera librería en español en Nueva York. Manuel Altamirano escribió: “Las veladas literarias son el apostolado del porvenir.”

En ese ambiente maduró la personalidad de Laura Méndez, se inscribió en el recién inaugurado Conservatorio de Música muy frecuentado por los liberales, abierto al teatro y a la poesía. En 1872, además, vivió un tórrido romance con Manuel Acuña, el poeta romántico del célebre poema a Rosario:

¡Pues bien!, yo necesito decirte
[que te adoro,
decirte que te quiero con todo el
[corazón;
que es mucho lo que sufro, que
[es mucho lo que lloro

El romance entre Acuña y Méndez fue tórrido y desigual: el romántico terminó por huirle a la romántica, no sin que antes engendraran un hijo. Acuña le escribió un poema:

Sí, Laura… que tu espíritu despierte
para cumplir con su misión
[sublime
y que hallemos en ti a la mujer
[fuerte
que del oscurantismo se redime.

Acuña le escribió un adiós, un mes antes de que naciera su hijo:

es necesario
que tú también te alejes

Laura contestó a Manuel Acuña con un seudónimo, L., en El Imparcial el 29 de marzo de 1874:

Adiós: es necesario
que deje yo tu nido;

Laura Méndez —quien se casará con un amigo de Nervo, también poeta, Cuenca, enviudará, se consolidará como autora y editora— publicará años después sus obras más significativas. Aquí la nombro para hacer evidente que ella creció en el ambiente liberal de Ignacio Ramírez, El Nigromante, y Altamirano, y para subrayar el silencio en que se la ha tenido, muy posiblemente por su género. Borrada está, y borrado este capítulo que le valdría la entrada como un personaje importante de nuestro romanticismo. A menos que nosotros hagamos la batalla por verla de nuevo como un personaje central, como lo fue.

LA SEXTA ESCRITORA publicó en 1890 un formidable volumen de 410 páginas sin desperdicio, Páginas del Ecuador, también olvidado. Cuando apareció, tuvo enorme repercusión en la prensa de varios países, tanto de críticas favorables como en su contra; doce libros o folletines, dos de los cuales se pueden leer en las páginas de la Biblioteca Virtual Cervantes, la atacaron virulentos. No así su libro, imposible de conseguir y de nula distribución afuera del Ecuador.

 

“Dolores Jiménez de Muro fue cabeza y pluma del Plan de Tacubaya, redactora del prólogo del Plan de Ayala, apoyó a Madero y se rebeló en su contra, se unió al ejército zapatista.”

 

Marietta de Veintemilla (1829-1857) nace en alta mar, a bordo de un barco que se dirige a Guayaquil. El padre pide al capitán declare ecuatoriana a la recién nacida. Su mamá (La Marconi), cantante de ópera italiana de gira, estrella de la Compañía Lírica Ferreti que se presentaba en Lima, y su papá, el general José Veintemilla, en negocios con la compañía de gas de esa ciudad, habían engendrado a la niña por pasión fuera del matrimonio. Al llegar al Ecuador, celebran una boda con toda pompa.

La diva Marconi muere cuando Marietta Veintemilla tiene cinco años, el padre la deja en un internado administrado por religiosas, y regresa a la vida militar. El general Veintemilla se alza en armas contra la presidencia, ocupada por el teócrata y tirano García Moreno —que había dejado en manos del Vaticano el control de la educación, la banca y los bienes raíces de su país (escribió Montalvo que al romperse la gran Colombia de Bolívar, Venezuela fue el cuartel, Ecuador el convento y Colombia la universidad)—, quien lo manda asesinar, y quien envía al exilio al hermano del general, el también militar Ignacio (tío de Marietta) y también al hermano de Marietta, un niño de sólo seis años.

Cuando Ignacio de Veintemilla regresa al Ecuador, promueve y participa en un alzamiento armado contra el teócrata García Moreno, y poco después derroca también al siguiente presidente, ocupando el cargo.

Marieta de Veintemilla, que sigue como toda su infancia, en Quito, se muda, con sus dos tías (solteronas y muy devotas), al Carondelet, el palacio presidencial. Pasan de las pobrezas a la opulencia, y en breve será Marietta quien ejerce el papel de primera dama del Ecuador. Ella promueve y consigue la construcción y habilitación del Teatro Sucre  —el Vaticano tenía prohibido el teatro—, la construcción de la Alameda de la ciudad, y el cambio de costumbres —las mujeres se liberarán del velo, que había sido obligatorio, y podrán salir de casa sin necesidad de chaperones—. La educación deja de estar en manos de la Iglesia, y el Concordato que el teócrata había firmado con el Vaticano se suspende.

Durante la tormenta liberal, Marietta de Veintemilla sostiene un romance con un hombre casado (el médico de Palacio), interrumpido por la ira presidencial; después se casa con un buen partido, el señor Lapierre, hijo del ministro francés en Ecuador. En menos de un año, Lapierre es desplazado a Guayaquil por el tío para auxiliarlo con el control de la rica aduana, y estando ahí muere. Así que Marietta enviuda, casi de inmediato pierde al hijo recién nacido que las malas lenguas atribuyen al romance con el doctor; las peores lenguas dicen que Lapierre fue asesinado por el tío, y las más viperinas que Marietta y el tío son amantes.

Al poco tiempo, la liberal Marietta es quien prácticamente lleva el poder ejecutivo de Ecuador, y también el militar: cuando Ignacio de Veintemilla se declara “dictador” desde Guayaquil, donde continúa resguardando la aduana, la oposición se alza en armas, y es la sobrina y primera dama quien toma las riendas, impide un golpe de Estado al confrontar frente a las tropas al general subversivo, y toma el mando. Entonces, se corean vivas a “La Generalita”.

Tras su derrota, Marietta de Veintemilla es tomada prisionera; ocho meses después, liberada, se exilia en Perú, sobrevive los primeros años cantando donde los contratan (a ella y al hermano, ella en la voz, él en el piano), se hace de amigos y tal vez de algún querido, no ingresa a la tertulia selecta que años atrás había fundado Gorriti (tal vez faltó el que llamé el “factor Gorriti”, la argentina ha regresado a su país), y desde Lima escribe el ya mencionado libro de más de 400 folios, Páginas del Ecuador, relato histórico del país, autobiografía, memorias (defensa, como en el caso de Flora Tristán, de su agenda y su persona) y ensayo, pues ella enfoca la problemática latinoamericana de una manera diferente que Sarmiento.

Marietta de Veintemilla colabora frecuentemente en la prensa escrita, tanto de Perú como de Ecuador, y dicta conferencias. Después de casi dos décadas de exilio, mientras su tía Rafaela funda en Perú una orden religiosa (que aún existe), puede regresar a Ecuador (de nuevo rige un liberal), reclama las propiedades de la familia, y se aboca a administrarlas y regresarles el lustre, sin dejar de lado su labor intelectual.

En la Universidad Central de Quito, dicta una conferencia sobre psicología moderna, y una vez más regresa a hacer una interpretación distinta de la historia patria y latinoamericana. Porque ella, con su primer libro, había contestado a Sarmiento, formulando en su momento que el conflicto nuestro no era la barbarie contra la civilización, sino la iglesia contra el poder civil; había reinterpretado la historia y la definición de Ecuador, y enlazado a su manera a América Latina, bajo la tutela de la memoria de Sucre, el Libertador (se hace retratar por uno de los herederos de Antonio Salas, el pintor de Bolívar —y de Dolores Veintimilla, con quien no tiene Marietta lazo familiar alguno— como una María Magdalena con el cráneo de Sucre, de quien acababan de exhumar sus huesos, y un aura de gloria y pureza heroica).

Muere al corto tiempo, antes de cumplir los cincuenta, de una fiebre palúdica cerebral, contraída, según se cuenta, mientras viajaba por Ecuador organizando un alzamiento contra el presidente en turno, para restituir al viejo tío en la presidencia —y volver ella a gobernar el país.

Clorinda Matto de Turner. Foto: Especial

A LA SÉPTIMA ESCRITORA la menciono sólo al vuelo: Clorinda Matto de Turner, peruana, en su novela Aves sin nido de 1899, señala y condena los abusos de un cura de pueblo contra una comunidad rural. La reacción contra su novela fue brutal: la chusma, alborotada por los curas, tomó su casa por asalto, incendiándola; y perdió el empleo —había sido editora de la revista más leída de su tiempo en Perú. Poco antes había enviudado. Reparó su situación y recuperó el patrimonio perdido con el negocio de un molino.

LA OCTAVA ES OTRA MEXICANA: el 11 de septiembre de 1910, la periodista y poeta Dolores Jiménez y Muro (1848-1925), presidenta del Club Femenil Hijas de Cuauhtémoc, encabeza en la Glorieta de Colón de la Ciudad de México la manifestación por el fraude en las elecciones. “Es tiempo —dijo— de que las mujeres mexicanas reconozcan que sus derechos y obligaciones van más allá del hogar”. Por protestar, la entambaron en la Cárcel de Belén y la confinaron al aislamiento, después en la Penitenciaría, desde donde exigía la liberación de sus compañeras Julia Nava y Mercedes A. de Arvide.

Supe de ella por José Revueltas, en su guión sobre Emiliano Zapata. Cito aquí las palabras que Revueltas pone en boca de Zapata:

Quiero que sepa una cosa: le tengo ley de la buena; la quiero… la quiero mucho, pues. Y puede estar segura de que hasta ahora sentí eso de verdad por una mujer.

Ella es Dolores Jiménez y Muro (1848- 1925), la mujer cuya cara asoma entre Zapata y Villa cuando son fotografiados en la silla presidencial.

Hablando de ella (en el guión de Revueltas) Zapata la llama “héroa” y “Mucha mujer se ve que es esta señorita”. Si fuera verdad que Zapata se enamoró de ella, y que le confesó su amor, como escribe Revueltas, y que Dolores le hizo saber su reciprocidad, hay que anotarle otro gol a Emiliano, porque no le avergonzó rendir su corazón ante una mujer de muchos pantalones, que ya no se cocía al primer hervor, una sesentona que le llevaba treinta y un años (Zapata nació en 1879) y que había sido su guía intelectual. Zapata adoptó sus escritos como ideario. ¡No cualquiera se atreve! Se necesita ser muy hombre para atreverse a romper tantas convenciones de un plumazo.

Los hechos: Dolores Jiménez de Muro fue cabeza y pluma del Plan de Tacubaya, redactora del prólogo del Plan de Ayala, apoyó a Madero y se rebeló en su contra (en sus propias palabras: “Contra Madero, porque éste faltó a sus promesas, y apostató de sus propias doctrinas”), se unió al ejército zapatista,

cuando los zapatistas tuvieron bajo su control la fábrica de papel San Rafael, ella misma imprimía la propaganda revolucionaria y los diarios perseguidos… era la tarea más peligrosa de entonces, los periodistas eran reprimidos sin miramiento alguno (escribe Oresta López, del Colegio de San Luis),

y fue cómplice e ideóloga del primer Vasconcelos. Dolores escribe en carta a su hermana Pepita (esposa de Manuel José Othón):

Mi vida… demasiado accidentada y penosa, siempre perseguida o encerrada en alguna prisión hasta 1911 en que, con el triunfo, terminó el primer periodo de nuestra revolución actual; poco después, desde 1913 a 1914, es decir, hasta que cayó Huerta, estuve un año, un mes y un día en la penitenciaría y cincuenta días en Belén, y por último, a consecuencia de la rebelión del señor Carranza contra la convención que le depuso del alto puesto de Primer Jefe, mi albergue ha sido lo más abrupto de las montañas del sur, en los estados de Morelos y de Guerrero, o lo más intrincado de sus selvas, donde he llevado la existencia amarga y llena de peligros del proscrito.

A Pepita, por cierto, Dolores, que gozó “de autonomía económica”, solía enviarle dinero para auxiliar con los gastos domésticos. Cito más a Revueltas:

Una mujer como debiera haber sido mi esposa. El hombre y la mujer están hechos para luchar juntos por las mismas ideas; eso le quita al matrimonio todo el carácter humillante y despreciativo que tiene para la mujer.

Dolores Jiménez y Muro. Foto: Especial

Creo entender, en carta de un contemporáneo, que Dolores murió por su propia decisión —si fuera el caso, sería una de las autoras latinoamericanas que optaron por su muerte voluntaria, su derecho a decidir cuándo dejar la vida; la otra en que pienso es Alfonsina Storni, enferma de un cáncer incurable que, aún siendo joven, ya habían desahuciado.

En cambio, la admirable Silvina Ocampo vivió sus últimos años perdida sin memoria, atada al lecho. La oí un mediodía llorar sin control, cuando fui a visitar a Bioy Casares (a quien buscaba yo era a Silvina). Él me contó que ya no comprendía o reconocía nada. Acababa de salir algún libro de cuentos de Silvina al alemán, Bioy le enseñó la portada para alegrarla, pero fue inútil.

Por último, de Dolores, unos versos de su “Rayo de luz”:

Pronto voy a morir; lo sé, lo siento
[…]
mas no me aterra
el pensamiento de perder la vida:
mi alma está desprendida de la
[tierra
y espera hasta con ansia la partida.
[…]
¡Venga la muerte, pues!

Oresta López, quien ha investigado su vida y obra, encontró sus restos, “su nombre ha desaparecido hasta de su tumba”. Otra escritora en el injusto olvido.

HE LLEGADO A MI CUENTA, y me quedo sin mencionar otras, pero debo cerrar recordando a la premio Nobel Gabriela Mistral. Genial poeta, habría mucho que hablar de ella, en lo que se distancia con las mencionadas y en lo que se les acerca. De todo lo que comparte en la “Zona de Contacto” con las arriba mencionadas escojo un punto: su labor como educadora, lo que Flora Tristán formuló: “Estableced escuelas hasta en las aldeas más humildes: esto es lo urgente en la actualidad”.

Vasconcelos la invitó a México, para colaborar en la idea de resolver el problema de la educación en los medios rurales. La extraordinaria poeta Mistral recorrió el territorio mexicano, y trabajó en el trazo de las normales rurales. Con ello entra legítimamente en la “Zona de Contacto”, y con ello la debemos recordar como una exploradora.

ESTAS ESCRITORAS CONSTRUYERON Nación y naciones. En sus obras inclinaron el gobierno hacia el poder civil, exigieron cambiar leyes injustas: Flora Tristán pugnó por la igualdad para hombres y mujeres, la de todos los humanos, el derecho al divorcio. Avellaneda se opuso a la esclavitud, Gorriti fomentó el latinoamericanismo y el derecho de las mujeres a imaginar, a la fantasía y a la profesionalización de la escritura. Veintimilla se opuso a la pena de muerte. Laura Méndez de Cuenca fue “la mujer fuerte”, cruzó fronteras y géneros, vivió una vida sola, por años acompañada de una amiga que le ayudara con la maternidad. Marietta de Veintemilla la primera dama liberal que arrebata al Vaticano el control de la educación y los poderes de su país. Clorinda Matto, quien condena los abusos de los curas y las inequidades del mundo rural. Dolores Jiménez y Muro que imprimió panfletos, precisando la frase de “La tierra es de quien la trabaja”.

¿Podríamos esperar algo menos de nuestras escritoras, si Juana de Asbaje en el XVII, con sus poemas negrillos y sus tocotines y textos diversos celebró una idea de Nación que arropara distintas razas y culturas con equidad, exigiendo además el mismo trato para las mujeres?

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