Bataille y los toros

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Ilustración Rafael Miranda Bello La Razón


Georges Bataille (1897-1962) es el responsable de que el horrible Marqués de Sade sea una moda constante de los intelectuales franceses modernos. Durante su militancia surrealista, identificó las obras del creador de Las 120 jornadas de Sodoma con un delirio libertario de la imaginación y, al mismo tiempo, entendió su idea de la crueldad como una reafirmación soberana del ser.

Este bibliotecario y experto en numismática, aparentemente un tranquilo pequeño burgués, reivindicó las supuestas cualidades estéticas de la crueldad y su exceso de muerte lo consideró una manifestación de vida. Sus elucubraciones hicieron escuela y al ser expuestas en forma rebuscada se convirtieron en un ejemplo para una gran parte de la ensayística francesa, que abjuró así de Montaigne.

Bataille sería risible si no fuera patético. Su interpretación de la célebre foto de un chino condenado al suplicio “de los mil pedazos”, es una muestra de lo ridículo de su pensamiento. En esta imagen los verdugos se ensañan con un hombre a quien literalmente despedazan vivo. El autor de Las lágrimas de Eros ve en el rostro de la víctima —amarrada a un poste—, una expresión de éxtasis y de ahí deduce que el placer puede estar contenido en el dolor extremo.

Pero toda esta especulación es una falsedad. La víctima de esa tortura —un boxer quien había atentado contra un miembro de la realeza—, un magnicida condenado originalmente a la hoguera, había sido objeto de una especie de clemencia del Emperador. Pues la víctima era drogada para que pudiera soportar físicamente ese suplicio. Y eso explica el rostro en éxtasis de la foto y no otra cosa, como se regodea Bataille.

Vio también en el sacrificio practicado por las culturas antiguas un acto de magia potente, de posesión del mundo y una manera de conjurar la ausencia de Dios o de los dioses. Admiraba la brutalidad del sacrificio —“que con frecuencia es el secreto de los mayores placeres”— y le hacía tener nostalgia de sociedades arcaicas más naturales.

Quizá una de sus peores concepciones fue precisamente apreciar según él la persistencia de Eros o del placer hasta en la tortura o el suplicio. Las suyas no eran disquisiciones sicológicas ni tenían nada que ver con el análisis de desviaciones sado-masoquistas; su planteamiento se trataba más bien de una teoría de pulsiones enfermizas elevadas a categorías filosóficas o estéticas. Proponía, en el fondo, el disfrute pleno de la crueldad.

Sin embargo, Bataille no aspiraba a convertirse en verdugo, aunque su sociedad secreta Acéphale ­—la cual editaba una revista del mismo nombre cuyo símbolo era una imagen gnóstica del siglo III d. C. representando a un dios decapitado de origen egipcio—, sí se propuso realizar un sacrificio humano para fortalecer el vínculo entre sus cofrades. Sus rituales nocturnos en un bosque cercano a París eran bastante tenebrosos y sirvieron para ahuyentar a sus amigos de persistir en esa vía.

En la década de los años veinte vivió en España. Ahí, como era lógico de acuerdo con la perversión de su espíritu, se enamoró de la fiesta taurina donde vio claramente una manifestación de crueldad estética, tanto en la tortura al toro como en el riesgo del matador. De hecho fue inolvidable para él la corrida en una arena de Madrid durante la primavera de 1922 cuando un toro traspasó con uno de sus cuernos el ojo del torero Manuel Granero. A la sangre de la bestia se agregó la del hombre, logrando “un hermoso sacrificio para el placer humano”.

Esta experiencia inspiró su novela El ojo, en la cual relata dicha corrida y pone a sus personajes excitados, quienes tienen orgasmos ocultos durante la misma. Para Bataille la fiesta taurina estaba asociada indefectiblemente al erotismo, y lo celebra con este tipo de prosa: “…la espada reluciente al sol frente al toro moribundo cuya pelambre humea, empapada de sudor y sangre, realiza la metamorfosis y pone de manifiesto el aspecto fascinante del juego”.

Este ex seminarista fue, hasta su muerte, un gran aficionado a la tauromaquia. Le debemos haber expuesto claramente la esencia cruel de la fiesta taurina y el placer que provoca. En efecto, puede ir más allá de la simple diversión. Pero por lo menos Bataille no engaña ni se auto engaña.

Todos quienes defienden en México la fiesta taurina utilizan siempre argumentos colaterales lindantes con la hipocresía. Por ejemplo, se refieren a los empleos que desaparecerían si se aboliera su fiesta bárbara, como si les hubieran preocupado los millones de empleos perdidos por las importaciones chinas; o alegan que se extinguiría el toro de lidia, cuando la tauromaquia portuguesa —donde está prohibido torturar y matar al toro— ha demostrado cómo se preserva realmente este animal que al ser lidiado varias veces adquiere un cierto sentido del combate lo cual obliga a enfrentarlo con auténticos toreros; o lamentan que se pueda perder el arte producido alrededor de las corridas, un arte que, salvo excepciones, es más bien cursi y no sé quién pueda realmente extrañarlo.

Como dice el filósofo español Jesús Mosterín: “Hay maltratos de animales cuya solución es compleja —aunque como lo ha demostrado la legislación austriaca es posible aminorar sensiblemente dicho maltrato—, dada su incidencia en la alimentación o la investigación, por ejemplo. No así las corridas de toros y las salvajadas pueblerinas, que no sirven para nada y representan una masa de sufrimiento inútil. Aquí la solución está clara: hay que abolirlas. Es el
último fleco de la España negra que ha quedado colgando, una bolsa de crueldad que hay que eliminar”.

El verdadero litigio está en si los políticos, los oligarcas, los artistas de televisión y otros personajes similares —los verdaderos valedores de esta fiesta—, pueden ser libres en el disfrute público de un acto cruel por antonomasia, o si, por razones de civilización y por defensa del derecho de los toros, las corridas deben ser abolidas. Esto es lo que debería ser discutido. Pero no veo en los aficionados taurinos algo semejante a la franqueza sostenida por un Georges Bataille.

Otras obras de George Bataille

» Historia del ojo (1928)
» Madame Edwarda (1937)
» La experiencia interna (1943)
» Presunto homicida (1943)
» El pequeño (1943)
» La parte maldita (1949)
» El abad (1950)
» La pintura prehispánica, Lascaux o el nacimiento del arte (1955)
» La Literatura y el Mal (1957)
» Erotismo (1957)
» El azul del cielo (1957)
» Lágrimas de Eros (1961)
» Mi madre (1966)
» El imposible (1962)