Benedetti futbolero… hasta el silbatazo final

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Mauricio Flores

Por Jorge Ernesto Witker

Aún hoy, sus biógrafos no tienen la certeza de que el pequeño Mario, que tenía sólo 10 años cuando en Montevideo se disputó el primer Mundial en 1930, hubiera acudido a un partido en esa ciudad, a la que había llegado unos años antes llevado por una familia maltratada por el destino, y en la que a nombre de la patria, con bandera y estilos propio, 13 países jugaban sin saberlo a la pelota y a la historia.

Lo que sí es de sobra conocido de Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, a quien su familia de raíces italianas bautizó en el registro civil de Paseo de los Toros, su pueblo natal, con cinco diferentes nombres según marcaba la tradición, es que el futbol contaminaría desde la infancia hasta sus últimos días esa alma bonachona, apacible y nostálgica, como la que suele guarecerse en los guardametas y en los escritores, acusados ambos y con justicia de estar encantadoramente locos.

Desde ese sitio singular, por culpa del asma que le aquejaba y que le impedía realizar largos trotes, supo amar al futbol odiando al más ingrato de los puestos.

No le encontró mucho sentido al rol de ser portero: “Cuando un delantero hace un gol lo festeja con todos sus compañeros, menos el portero. Pero cuando éste lo sufre, debe consolarse a sí mismo. ¿Cuál es la gracia de un hombre que no festeja con el resto y que lleva su dolor en solitario?”, pensaba el poeta.

Esos fallidos partidos de la infancia, saldados probablemente con muchos goles en contra, sembraron en el escritor uruguayo que más libros ha vendido, la semilla de una pasión perenne. Pero no fueron su único acercamiento al futbol, en el que vivir bajo los postes tal vez le haya marcado ese dulce sabor amargo del desamor y del desencuentro que marcaron sus obras.

Uno de sus primeros empleos, y en el que seguramente se fue forjando el oficio del contador de historias, fue el de periodista deportivo. En los 40, acudía constantemente a ver jugar al Nacional de Montevideo, el equipo más ganador de esa época y del que siempre se declaró “hincha”.

Entonces, batallaba para que sus crónicas contaran el partido con apego a lo ocurrido y no simularan algo siempre más fascinante y conmovedor.
Con los años, mientras sus manos de poeta se ejercitaban mágicas y dicharacheras, sus pies viejos empezaron a elegir rutas más cortas. No volvió al Estadio Centenario, repudió frente al televisor ese triste viraje del futbol al negocio, de la pasión a la violencia, y se fue cansando de esperar en vano alguna rima frente al marco, alguna metáfora de felicidad con la pelota, algún drama en el que valiera más la pena de los vencidos que el esfuerzo de los vencedores, algún futbolista infectado del virus rebelde del poeta que le recordara a burócratas disfrazados de futbolistas que la cancha no es oficina y que en ella, como en la vida, no sirve la rabia tan sumisa, el coraje tan dócil y el furor tan prudente.

Y con el cuerpo cansado, el partido de la vida se le hizo a Mario muy cuesta arriba, primero porque el asma, los años y el frío le dañaron la garganta, le deshicieron los pulmones, le debilitaron la voz (que nunca la palabra); luego porque su compañera Luz López dejó de iluminarlo en el 2006 y súbitamente la desgana empezó a meterle goles, y el portero asmático dejó de intentar evitarlo.

Murió el 17 de mayo pasado y se vino entonces el porvenir de su pasado; en su honor, Nacional venció en el clásico al Peñarol sólo unos días después de su partida, y en la Copa Libertadores el equipo de Mario subió andamios, como queriendo alcanzar el cielo y llevarle hasta allá una buena noticia, aunque finalmente cayó en Semifinales.

Y es que hasta el futbol, de luto, repasa gustoso el profundo legado de este uruguayo entrañable, como el futbol uruguayo, que sigue viviendo el presente aferrado a la historia, encaprichado con recorrer esos caminos que hoy también le llevan al pasado, es decir al lugar en donde más feliz ha sido, en donde más feliz sigue siendo, en donde más feliz será, como ese anciano tierno de pies cansados que pasaba sus últimos días sentado en una silla de la confitería La borra del café, fijando la vista hacia delante, pero mirándose hacia adentro, conjugando ese verbo que nadie pudo conjugar como él, “yo nostalgio”, “tu nostalgias”, “nosotros…

De sus cuentos

“…Cobran mucho dinero simplemente por divertirse, por abrazarse y treparse unos sobre otros, cuando el que se queda bajo ese sudoroso conglomerado hizo el gol decisivo. O no decisivo, es lo mismo. Lo bueno en treparse unos sobre otros mientras los rivales regresan a sus puestos, taciturnos, amargos, cabizbajos, cada uno con su barata soledad a cuestas. Desde la tribuna es tan disfrutable el racimo humano de vencedores como el drama particular de cada vencido…”
De El césped.

“…Claro, para ustedes es fácil ver la cosa desde el alambrado. Pero hay que estar sobre el pastito, allí te olvidás de todo, de las instrucciones del entrenador y de lo que te paga algún mafioso. Te viene una cosa de adentro y tenés que llevar la redonda. Lo ves venir al jalva con su carita de rompehueso y sin embargo no podés dejársela. Tenés que pasarlo, tenés que pasarlo siempre, como si te estuvieran dirigiendo por control remoto…”
De Puntero izquierdo

“…Como es habitual, se alinearon los dos equipos para escuchar y cantar los himnos. Primero fue, lógicamente, el del local, que fue coreado por público y jugadores, seguido por una cerrada ovación. Luego vino el de los nuestros. La grabación era espantosa, con una desafinación realmente olímpica. No todos los jugadores conocían la letra en su totalidad, pero al menos coreaban la estrofa más conocida…”
De El Cambalache

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