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Muchos animales permean la cultura política de nuestro país, empezando por la palabra política, que aquí se traduce como grilla y a sus ejecutantes como grillos. La define así Héctor Manjarrez en su diccionario: “Actividad y sonido de los políticos que se reúnen para hablar sin cesar, como los grillos en la noche”. Nada tienen que ver con el Pepe Grillo de Pinocho ni con Cri-Crí. En cambio, los chapulines sí guardan con ellos algún parentesco: son los funcionarios públicos que saltan de cargo en cargo sin dejar, por lo general, ningún recuerdo de su paso por las cámaras y las instituciones de gobierno. Muchos de ellos caen en blandito sobre el colchón de la plurinominalidad, que los exime de ser elegidos por el pueblo. Aunque de otro reino animal, los delfines también son familiares de estos insectos: son aquellos que heredan puestos o nominaciones por obra y gracia de un dedo poderoso que los señala como cómplices y hermanos.

Rubén Figueroa, el Tigre de Huitzuco, acuñó la frase “la caballada está flaca” al referirse a la pobreza de los candidatos del PRI a suceder a Luis Echeverría. Al fin quedó como único candidato en las democráticas boletas el nombre de José López Portillo, que prometió, hacia el final de su mandato, defender “el peso como un perro”, y sólo logró confirmar el dicho de “perro que ladra no muerde”. Y si hubo un Tigre en la política, también hubo una Tigresa en el Senado: Irma Serrano.

“¡Cállate, chachalaca!”, le gritó en un mitin López Obrador al presidente Vicente Fox, que por cierto no le hizo caso entonces, y sigue sin dejar de chachalaquear a la primera oportunidad. Al político moreno le llaman Pejelagarto o, de forma más cariñosa, Peje, por su procedencia tabasqueña. Hubo también en el pasado reciente una Gaviota que metió en líos a su marido por comprar una oscura casa blanca.

 

Entre los más peligrosos y prolíficos animales que pueblan la política mexicana están los roedores, en especial las ratas, que son difíciles de exterminar

 

Entre los más peligrosos y prolíficos animales que pueblan la política mexicana están los roedores, en especial las ratas, que son difíciles de exterminar y salen de cualquier cloaca con las patas llenas de dinero. Hasta en el Monopoly son capaces de robarles a sus propios hijos los billetes ganados. Suelen tener muchas propiedades a nombre de otras personas, caballos de pura sangre y relojes parecidos a los que usan los narcos. Sienten que merecen abundancia y que la vida ha sido justa con ellas: un karma que el resto de la población ignora. Aunque insuficientes, algunas cuantas ratas están tras las rejas, y no precisamente de un zoológico. Tan finas son que a veces son importadas de algún país en el que se daban la gran vida, de Italia a Guatemala. Tienen un pariente que hace lo propio: el ratón loco, que en realidad es un juego que consiste en acarrear
ciudadanos con credencial del
INE a las urnas para que voten por el candidato que les señalan, a cambio de un tamal o una torta, un refresco y, a veces, hasta una película. Son buenos conductores. Llevan a los ciudadanos en camiones.

Por su parte, los mapaches constituyen una gran cantidad de pandillas de ladrones. Están entrenadas para hacer todo lo que sea necesario con tal de robar una elección: manipular, obligar, extorsionar, falsificar y lo que sea necesario para que un candidato gane la elecciones. No lo sé, pero lo adivino: algunos cobran por sus servicios, otros lo hacen por convicción y quizás otros para luego chapulinear. Toman su nombre del mamífero que parece tener un antifaz, con el que se identifica el estereotipo de los ladrones.

El humorista Marco A. Almazán publicó en 1976 El zoológico de la política mexicana, un libro que sigue vigente. Reunió imágenes de animales y les puso un pie fuera de contexto. En una de ellas hay unos huacales llenos de pollos: “¿Y ahora a qué acto electoral irán a llevarnos?”. En otra una multitud de cocodrilos: “Antesala del PRI, en víspera de designar candidatos.”

Sean cuales sean los ganadores de la próximas elecciones en México, quienes resulten beneficiados por el voto popular tendrán un pesado pasado bestial.

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