Bob Dylan 75
Revisitado

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Es probable que si Bob Dylan hubiera pretendido ingresar al mundo de la música por la puerta del rock & roll le habrían negado la entrada. Ninguno de los asistentes a la presentación que ofreció en el Gaslight Café en 1961 habría creído tampoco, si alguien les hubiera dicho, que se convertiría en la voz más emblemática del rock. Por ambas razones la leyenda tuvo que comenzar desde el blues. El primer gran logro de Dylan fue convertirse en telonero en los conciertos de John Lee Hooker. Que un chico blanco menor de veinte años actuara para una audiencia negra define a la perfección el poder de
la magia Dylan. Conseguir el respaldo de un bluesman
de la generación anterior y no ser linchado por el público. Tal atrevimiento puede acabar con una carrera. Pero Dylan ni siquiera tenía una carrera. Más que como músico, se comportaba como un publicista de sí mismo.

Su siguiente paso, y el que definiría su filosofía en la música durante esa temprana etapa, fue la visita que realizó a Woody Guthrie, quien se encontraba hospitalizado en Nueva York. Observado a la distancia, este gesto asusta por lo conveniente que resultó. Parece diabólicamente calculado. Al señalar a Woody como el gran pastor de la canción americana preparó su ingreso en el ambiente folk. Era un desconocido. Pero con este acto Dylan había establecido que las hazañas de Woody necesitaban un continuador. Y él era el elegido. Como bluesman, Dylan sabría que se encontraba en desventaja. La carrera eléctrica estaba por comenzar.

Y el interés de Dylan se encontraba centrado en la poesía, no en el virtuosismo en la guitarra. Es horrorizante la capacidad de Dylan para leer su entorno de aquel entonces. Nada fue gratuito en las acciones de Dylan. Ni un equipo de mercadotecnia lo hubiera podido hacer mejor. Antes que Jim Morrison mintiera al declarar que sus padres habían muerto, Dylan manejaba distintas versiones sobre su origen. Ninguna de ellas comprobables por sus ahora biógrafos.

Su primer álbum, el homónimo Bob Dylan, de 1962, marca a la perfección la transición del blues hacia el folk. Los pilares del disco eran “In my Time of Dyin’”, “Highway 51 Blues”, “House of the Rising Sun”. Sólo dos composiciones pertenecían a Dylan. “Talkin’ New York” y “Song to Woody”, el instrumento maquiavélico del cual se serviría para situarse al frente de la vanguardia folk. Nadie cuestionaría la legitimidad de su figura como podría hacerse en el blues. Era el tercer paso. La pinza se había cerrado. Robert Zimmerman había transmutado en Bob Dylan. Pero como ocurriría a lo largo de su carrera, todos sus movimientos obedecerían al misterio. Dylan había engañado a su época. Le hizo creer a todo el mundo que era el nuevo mesías del folk, cuando en realidad era un ambicioso chico que blanqueba canciones negras. Así nació el mito, con una broma.

CUALQUIER COSA EN LA QUE VALGA
LA PENA PENSAR MERECE SER CANTADA

La vía más rápida para obtener la legitimación que necesitaba era el folk. Dylan no deseaba ser un cantante de folk, pero necesitaba un campo donde desarrollar sus dotes de fabulador y de storyteller. Actitudes que fueron mal interpretadas según el propio Dylan. Sin manifestar un compromiso político abiertamente, fue calificado como un cantante de protesta. “Blowing in the Wind”, “Masters of War”, “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”, “Talking World War III Blues”, “The Times They Are A-Changin’”, “The Lonesome Death of Hattie Carroll”, “All I Really Want to Do”, “Chimes o Freedom” eran canciones que contradecían a Dylan en cuanto a su negativa a aceptar el papel que se le había asignado. Ser el portavoz de su generación. La ambigüedad era por entonces el arma favorita de Dylan. Por una parte era la voz de los oprimidos, pero renegaba de todas las responsabilidades que se supone debía asumir al cantar esas canciones.

A diferencia de otros productos folk, las canciones enumeradas en el párrafo anterior consiguieron sobrevivir al paso del tiempo. Algunas son antibelicistas pero contienen el ingrediente que convierte a las obras en atemporales. Una honestidad insobornable. No fueron concebidas como hits ni tampoco como panfletos. Eran, son, arte. Desde el momento en que fueron estrenadas no sólo se convirtieron en clásicos, sino también en himnos. Y lo más aterrador era el carácter prolífico de Dylan para edificar un himno tras otro. Dylan tenía una prisa por cantarlo todo. Por desentrañar todo lo que ocurría a su alrededor a través de una canción. La amenaza de la guerra, la lluvia nuclear, la
alienación producto de la época. Era un fenómeno que escribía canciones. Y para cierta parte de la crítica, una “auténtica curiosidad americana”. Pero esa curiosidad tenía un lado B. Que hablaba de un existencialismo alejado de toda propaganda.

En The Freewheelin’ Bob Dylan (1963), The Times They Are A-Changin’ (1964) y Another Side of Bob Dylan (1964) existen claves de la fuga que Dylan emprendería hacia el ámbito eléctrico. “I Shall Be Free”, “With God on Our Side” y “It Ain’t Me, Babe”, son canciones que respondían a premisas distintas a las del folk. Son muestras de un individualismo creciente que el cantautor experimentaba. El concepto de música folk se asociaba a una especie de comunidad rural homogénea que mantenía una tradición musical creada anónimamente. Con sus composiciones Dylan había destruido la condición del anonimato. Que Peter, Paul and Mary cantaran una versión de “Blowin’ in the Wind” era la prueba de que Dylan había impuesto una nueva tradición. Por lo cual era imposible preservar la anterior. En pocas palabras, Dylan había destruido el folk. Las canciones de antaño era documentos de un tiempo específico. Las canciones de Dylan eran cultura pop. “La cultura pop es el folk del mercado moderno”, dijo Greil Marcus.

Dylan siempre fue un maldito disfrazado de cordero. Su poco agraciada voz lo situó aparte, en relación a otros cantantes folk (José Agustín dijo alguna vez que era sólo para heavies). Pero el de la credibilidad era él. El poeta. El iluminado. Que otros con dulces voces cantaran sus canciones era accesorio. Cosas de la industria. Listo como nadie, se consiguió como novia a Joan Baez. La princesa folk por excelencia. Dylan tenía un control absoluto de todo. Pero la ingenuidad con la que provocó el embelesamiento folk con la imagen de la portada de The Freewheelin’ Bob Dylan (nótese la obsesión de Dylan en esos años por los apóstrofes en los títulos) fue suplantada por la actitud desenfadada de la portada de Another Side of Bob Dylan. Que como bien lo indica el título, es un mensaje en clave. El trovador se preparaba para escapar de la lluvia. Pero no la lluvia radioactiva. Sino la que él mismo había creado.

LA ELECTRICIDAD
AÚLLA EN LOS HUESOS
DE SU ROSTRO

La semilla del rock siempre habitó en Dylan. En 1965 le dio la espalda a su pasado reciente. El espíritu de “Highway 51 Blues” de su primer disco resurgió. Reunió los ingredientes necesarios para consolidar su divorcio del mundo folk. Terminó su relación con Joan Baez. Se mudó paulatinamente a la guitarra eléctrica. E ingenió un método de composición disparatado. Que consistía en desparramar por el piso páginas arrancadas de revistas (incluidos anuncios publicitarios) y crear versos a partir de libres asociaciones. Cierto malestar se cernía sobre Dylan. La nueva ola del rock inglés. Agrupaciones como The Yardbirds y The Rolling Stones estaban utilizando el mismo método que Dylan había empleado en su primer disco. Reapropiarse del blues. Con la diferencia de que Dylan lo había hecho desde la acústica, y los ingleses se servían del electric blues.

Bringing it All Back Home (1965) se divide en dos partes. La primera introduce el universo eléctrico de Dylan. La segunda preserva cierto aire folk. Canciones con guitarra de palo. Sin embargo, las nuevas canciones acústicas no encajaban dentro del movimiento folk. “Mr. Tambourine Man” era el nuevo “The Times They Are A-Changin’”. Capturaba el pulso de la época como ninguna otra melodía pop hasta el momento. Resumía a la perfección
el estado de ánimo que imperaba en los sesentas. Y en lo que acabarían convirtiéndose. Dylan estaba convencido en llevar hasta sus últimas consecuencias la postura de Rimbaud del poeta como visionario. Predecía el futuro.

Pero Dylan se le había escapado de las manos a su audiencia folk. No conseguían comprenderlo. Al grado que en un concierto en 1966 un fan entre el público le gritó Judas antes del comienzo de “Like a Rolling Stone”. A lo que Dylan respondió “I don’t believe you. You’re a liar”. Y luego a su banda “Play it fucking loud”. De ese tamaño era la afrenta de Dylan. Se le consideraba un traidor de Cristo. Había dejado de abogar por las buenas causas para cantar historias de forajidos, “Outlaw Blues”. Había confeccionado un segmento de su nueva identidad a partir de sus lecturas de la Generación Beat. Profesó una admiración incalculable por Jack Kerouac. Y estableció una estrecha amistad con Allen Ginsberg. Existe un video donde ambos van a visitar la tumba de Kerouac, en quien sin duda se inspiró para escribir “On the Road Again”. La historia de la literatura ha ninguneado a la Generación Beat. Pero sin ella no existiría Dylan como hoy lo conocemos.

Highway 61 Revisited continúa lo iniciado en el disco anterior. Lo trasciende en un aspecto. Como un gesto aún más provocador, Dylan no incluye ninguna canción acústica. En su nueva etapa el Dylan político no había desaparecido, “Maggie’s Farm”, una crítica a las imposiciones de la vida americana, era muestra de ello. Ni tampoco el personal, “It’s All Right, Ma (I’m Only Bleeding)” demostró que la capacidad de Dylan para escribir canciones que cuestionaran la existencia per se continuaba intacta. Pero Highway 61 Revisited cambió para siempre la historia con “Like a Rolling Stone”. En primer lugar evidenció que si Dylan había renunciado a ser una curiosidad americana no era para convertirse en una insulsa estrella pop. Sus palabras tenían el poder de transformar el mundo. Desde el rock o desde donde se le antojara. “Like a Rolling Stone” era el himno que todos estaban esperando. La melodía que los definiera. Y vaya si lo hizo. Contenía una filosofía de vida a la que antes sólo podías acceder a través de las obras de los grandes pensadores. “Like a Rolling Stone” era el Walden de los sesenta.

Blonde on Blonde (1966) presentó al mundo el verso más portentoso de Dylan. “La electricidad aúlla en los huesos de su rostro”, perteneciente a la canción “Visions of Johanna”, resumía a la perfección la cima de su experiencia como compositor. La prolijidad de Dylan le impedía quedarse sin canciones. Hacía apenas cuatro años que había permanecido en habitaciones malolientes del Greenwich Village encerrado practicando con su guitarra. Y ahora estaba convertido en la máxima estrella del pop mundial. Pero una condena pendía sobre él. A sus acusaciones de traición al movimiento que se atribuía su creación, se sumaba el rumor de que padecía una adicción a la heroína.

En 1966 sufrió un accidente. Se cayó de su motocicleta en Woodstock. Movimiento que Dylan aprovechó para retirarse de la vida pública. Se presumía que el accidente había sido inventado para desaparecer mientras se desintoxicaba. Pero nunca se comprobó ni su supuesta adicción a la heroína ni que el percance fuera fabricado. También se dijo que había muerto. Y que abandonaría la música. Dylan se esfumó un año. Pero la leyenda ya estaba en marcha. Y no se detendría. Su ausencia no hacía otra cosa que producir más fascinación dentro del mundo del espectáculo.

EL HOMBRE EN MÍ

Durante su retiro, Dylan grabó con The Band varias canciones en su sótano de Woodstock, que verían la luz en 1975 en el álbum doble The Basement Tapes. El lost year de Dylan no fue tal. En 1967 regresaría con John Wesley Harding. Mientras los Beatles estrenaban Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, Dylan había decidido replegarse. Sacó un álbum post-folk. Pero a su manera supo mantenerse al frente a través de la versión eléctrica de Jimi Hendrix
de “All Along the Watchtower”. Otra canción que como “Like a Rolling Stone” y “Mr. Tambourine Man” hablaban con rabiosa actualidad sobre el sentir de la época. Dylan mantendría un más o menos bajo perfil en los siguientes tres años. Hasta que se presentó el primer gran regreso a lo Dylan.

En 1970 lanzó New Morning. El que sin duda es el mejor disco de su carrera. Un álbum intimista. Con un Dylan desnudo como nunca antes. Un disco hermoso. Es Dylan frente al espejo. Se observa y reconoce que no es otra cosa más que un hombre. “The Man in Me” es su canto a mí mismo. Su regreso a la patria Whitman. El tiempo pasa lentamente, afirma. New Morning es una alusión a un nuevo comienzo. Pero en 1970 Dylan ya había tenido demasiados nuevos comienzos. La diferencia ahora es que pareciera que el Dylan que canta es un Dylan envejecido. Es el álbum que realiza desde la cima más alta de su experiencia.

UN SIMPLE GOLPE
DEL DESTINO

Si New Morning no existiera, Blood on the Tracks (1975) sería el mejor disco de Dylan. Tras New Morning pasó su primera etapa oscura. La crítica, que siempre lo había tratado bien, comenzó a atacarlo. Con excepción de “Knockin’ on Heaven’s Door”, el trabajo de Dylan atravesaba un momento difícil. Al que se sumaron sus problemas personales. Sus desavenencias con su esposa Sara, que cristalizarían en divorcio en 1977. Pero el clima de tensión en su relación y el bache creativo originaron Blood on the Tracks. El disco más portentoso que se le haya compuesto al amor (o a la ausencia de él). Con este disco Dylan recobró la confianza en sí mismo. Es una obra maestra de principio a fin. Se encuentra en la misma vena que New Morning. Un Dylan dispuesto a no callarse nada. Con una rabia y una desesperación tan palpables que por momentos parece que se saca el corazón y te lo ofrece para que le des un mordida y degustes el dolor.

Con Desire (1976) el Dylan político reapareció. “Hurricane” era una oda al boxeador Rubin Carter que fuera acusado de cometer un triple asesinato. Dylan lo visitó en la cárcel. Confiaba en su inocencia. Y pugnó públicamente por su liberación.

TIENES QUE SERVIR
A ALGUIEN

El trago más amargo en la carrera de Dylan llegaría en 1979. Devastado por los efectos de su matrimonio se convirtió al cristianismo. Y lanzó el disco Slow Train Coming. Y aunque cierto sector de la crítica lo trató bien y “Gotta Serve Somebody” obtuvo un premio Grammy, una nueva traición había cobrado vida. El mesías, el Judas, el judío no practicante, abrazaba la religión católica.
A estas alturas haber sospechado que Dylan había sido adicto a la heroína parecía una broma. La conversión, sin embargo, era incomprensible. La mayoría de las estrellas de rock buscan a Dios para superar un problema de drogas. Pero la responsable de la nueva encarnación de Dylan era Carolyn
Dennis. Una mujer negra que había cantado gospel y era corista en la banda que Dylan había armado para salir de gira después de su divorcio.

Slow Train Coming, al igual que Saved (1980) y Shot of Love (1981) son discos marcados por el prejuicio. Estuvieron en la lista negra de la discografía de Dylan por muchos años. Se ganaron el desprecio generalizado. Pero pese al rechazo, Slow Train Coming está dentro de los mejores discos de la carrera de Dylan.

VIVIMOS EN UN
MUNDO POLÍTICO

Los ochenta fueron la peor época para Dylan. Discos en vivo (uno junto a Grateful Dead), un recopilatorio y tres discos en estudio francamente malos y que pasaron desapercibidos. En 1989 se produciría el segundo gran retorno de Dylan. Oh Mercy era la prueba de que Dylan había resucitado al tercer día. Y como paradoja mayor, lo había conseguido al renunciar al cristianismo. Un Dylan ateo, escéptico, volvió a la vida con un disco a la altura de sus mejores trabajos. “Men in the Long Black Coat” era el “Ballad of Thin Man” de la naciente Generación X. En “Political World” Dylan anunciaba el cambio que se produciría de manera global en la siguiente década, los noventa. Y para el que parecía decir que estaba preparado. “Shooting Star” era la balada más bella que había compuesto en muchísmo tiempo. No había duda. Dylan estaba de regreso.

La estela continuó con Under the Red Sky (1990). Como su antecesor, era un disco perfecto. A la manera del mejor Dylan. Demostró que no importaba cuántas veces perdiera el camino, Dylan lo recobraría. Y de qué manera. “Born in Time” trataba sobre eso. No importaba cuántos años había estado en el negocio. No era parte de él. Era el negocio en sí mismo. Dylan había inventado el tiempo. Y salía y entraba de él. La hermosura contenida en “Born in Time” no tenía competencia en el panorama musical que se desarrollaba en 1990. Nadie era capaz de producir tal efecto con una canción. Con la excepción de Dylan. En el inicio de una década convulsa Dylan nos hacía sentir cobijados. Ese poder, esa magia era única. Sólo le pertenecía a él.

EL FINAL DE LOS
TIEMPOS HA COMENZADO

Pero lo que prometían los noventa para Dylan tardaría en aparecer. Le robó el tiempo el lanzamiento de los tres primeros volúmenes de The Bootleg Series; el concierto de celebración por su treinta aniversario, que tuvo de invitados a Neil Young, Tom Petty, Lou Reed, Eddy Veder, et al.; la publicación de dos discos con viejas canciones tradicionales folk, buenos álbums pero en los que Dylan no arriesga nada; y su aparición en MTV para la serie de unplugged de la cadena. En esos años no vio la luz ningún material inédito de Dylan. Por lo que ese periodo se puede interpretar como otra caída.

Y lo que se podría identificar como otro gran regreso, el mejor de todos, fue la publicación de Time Out of Mind (1997), que le puso fin al silencio de siete años de Dylan. Una placa por la que le otorgaron tres premios Grammy. Y un disco sombrío, desgarrador, apocalíptico, sobre el desamor. Que de no existir New Morning o Blood on the Tracks sería el mejor disco de Dylan sin discusión. Canción a canción, Dylan construye un mapa de las emociones humanas. Además del favor de la crítica, obtuvo un tremendo éxito comercial. Y es hasta el presente el último gran trabajo de Dylan. Producido por Daniel Lanois, es también el último trabajo en que Dylan contrató a un productor. A partir de Time Out of Mind él mismo produciría sus discos bajo el pseudónimo de Jack Frost, inspirado en Jack Kerouac y Robert Frost. De 1997 a la fecha la obra de Dylan ha gozado de reconocimiento. Love and Theft (2011) levantó el aplauso unánime de la crítica. Pero no se encuentra a la altura de Time Out of Mind. Lo que Dylan necesita es una mirada externa. Su siguiente gran regreso no se concretará hasta que no contrate a un productor.

Time Out of Mind está lleno de frases demoledoras. Y contiene “Highlands”, una pieza de dieciséis minutos. Más que una canción se trata de una novela. Modern times (2006) contiene otro gran momento de
Dylan, “Ain’t Talking”, una canción
de casi nueve minutos que comparte el espíritu de Time Out of Mind.

TRES CUARTOS DE SIGLO

Los resbalones no han estado ausentes en los últimos años. Un disco navideño y otro de cóvers de Frank Sinatra. Y uno más del mismo estilo de standards que saldrá a la venta el veinte de mayo de este año. Cuatro días antes de que Dylan cumpla setenta y cinco. Tras su accidente en la motocicleta en 1966, Dylan declaró que las cosas se encontraban tensas (lo que sea que eso significara) y que si hubiera seguido por ese camino habría muerto. Sus palaras son un misterio. No sabemos si se refiere a la adicción a la heroína que se le achacaba. A la fama. A sus nervios. O a su estilo de vida. Pero aquel año que pasó en Big Pink con The Band grabando canciones sin ningún tipo de presión le salvó la vida. Esa decisión lo ha traído hasta aquí. Tres cuartos de siglo después de su nacimiento.

Existen pocos músicos de rock que no hayan sido influidos directa o indirectamente por Dylan. Su influencia se extiende incluso más allá. Al mundo de la poesía. Ha sido acreedor a varios premios destinados sólo a escritores, como el Miguel Ángel Asturias en 2007. Cada año su nombre se baraja en la lista de los candidatos al Premio Nobel. No ha conseguido entrar en la terna. Pero si todavía existe justicia en el mundo no debe faltar mucho tiempo para que sea nominado y le otorguen el premio. Con
respeto por los escritores que año
con año se quedan en la raya, Dylan lo merece más que cualquiera de ellos, con la excepción de Philip Roth. Las contribuciones de Dylan son invaluables. Junto a Leonard Cohen ha escrito los versos más hermosos y desgarradores utilizando la música como trinchera.

No existe artista más grande que Dylan dentro de la historia de la música. Ni Elvis Presley, ni Madonna, ni Michael Jackson, ni John Lennon,
ni Hank Williams, se acercan siquiera a su estatura. Dylan se ha salvado en ocasiones de Dylan mismo. Y el mantenerse vivo es una proeza extraordinaria. Como tantas otras estrellas pudo aniquilarse durante su juventud. Pero ese final no le correspondía. Paradoja exquisita. Dylan es la máxima figura del rock. Pero ha vivido como un forajido. Never Ending Tour es el nombre que le otorgó a una gira interminable. Nunca se detiene. Viaja de ciudad en ciudad, de país en país, de provincia en provincia. Desde hace décadas ha renunciado a tener un domicilio conocido. Su hogar son las carreteras, las autopistas, los caminos secundarios. Duerme en hoteles, en posadas, en hostales. Es imposible asirse a un hombre así.

Este mes la humanidad celebra siete décadas y media del nacimiento de Bob Dylan. El nacido en Minessota. El Mayakovsky de la era moderna. Uno de los mejores poetas que se asoma todas las noches a nuestros sueños. Uno de los mejores que han pisado la tierra. Y uno de los cronistas que mejor han descrito nuestro mundo. El cantautor que ha compuesto las canciones más hermosas. “People are crazy and times are strange. I’m locked in tight, I’m out of range. I used to care, but things have changed.” (“La gente está loca y los tiempos son extraños. Yo estoy cerrado con firmeza, estoy al margen. Antes me importaba, pero las cosas han cambiado.”)

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