Brasil: del modelo a la crisis

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Se dice que opinar sobre Brasil es un deporte de alto riesgo. Pero hacerlo resulta inevitable, sobre todo si se recuerda que hablamos del segundo país más poblado del hemisferio occidental, después de Estados Unidos, y de la sexta economía del planeta. Brasil no sólo es importante por su tamaño: en las dos últimas décadas no ha existido otro país latinoamericano con mayor influencia continental por haber combinado una economía creciente, una consolidación de la democracia y el estado de derecho y, a la vez, una política social que redujo considerablemente la pobreza y la desigualdad.

El éxito de Brasil se debió, en buena medida, al tránsito suave entre los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y Lula da Silva en los primeros años del siglo XXI. Lula personificó un desplazamiento a la izquierda, que incrementó el gasto público en derechos sociales, sin desmantelar el sistema financiero y la institucionalidad democrática. La radicalización ideológica de Hugo Chávez, en alianza con Fidel Castro, a partir de 2002, tuvo que ver tanto con el intento de golpe de Estado en Venezuela ese año como con la alternativa sutil a ambos que encarnaba Lula.

Las fricciones entre Lula y Lagos, por un lado; y Castro y Chávez por el otro, perdieron visibilidad tras la ofensiva geopolítica de Alianza Bolivariana para América (ALBA), a partir de 2006, pero fueron profundas en la primera mitad de aquella década. Hasta la más reciente reelección de Dilma Rousseff, en 2014, Brasil fue el mejor ejemplo de una izquierda democrática y pragmática, partidaria del marco interamericano de la diplomacia hemisférica y resistente a la deriva neopopulista del bloque bolivariano. Por eso es tan injusta y equivocada la asimilación de la crisis brasileña a un ocaso de toda la izquierda regional, en la que se confunden proyectos diferentes.

Pero tan desenfocada es la identificación del colapso brasileño con el venezolano como la tesis, manejada por el gobierno de Rousseff y sus aliados, de que lo que ha sucedido en el gran país suramericano es un “golpe de Estado”. No, la crisis política brasileña, más allá de la apuesta de una parte de la oposición por la renuncia o la destitución de la mandataria, ha sido el desenlace de la mezcla entre una amplísima trama de corrupción bajo el segundo mandato de Lula y el primero de Rousseff, el deterioro de los acuerdos y diálogos del PT con las otras fuerzas políticas y la existencia de un poder judicial autónomo, resuelto a llegar al fondo en sus investigaciones.

Si, como todo parece indicar, la votación es desfavorable a la presidenta en el Senado, se iniciará un interregno, encabezado por el vicepresidente Michel Temer. Otra incógnita de los próximos meses es el porvenir de Lula como ministro del gabinete. ¿Continuará en esa posición bajo un mandatario hostil? Para muchos el nuevo papel de Lula debería ser al frente de un movimiento social contra un gobierno que el Partido de los Trabajadores (PT) considera ilegítimo. Por lo visto, los próximos años en Brasil serán más complicados que los últimos.

rafael.rojas@razon.com.mx

Rafael Rojas

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Historiador, internacionalista.
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