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Ana y Bruno. Foto: Especial
Ana y Bruno. Foto: Especial

El cine de animación de nuestro país, en cuanto a largometrajes se refiere -por que los cortos son otra historia, muy afortunada por cierto-, más allá de las buenas intenciones que suele tener, no sólo es escaso, sino fallido en su manufactura. Aún así, cada cierto tiempo han aparecido obras que se ponen por encima del promedio, dígase Katy la Oruga, una estupenda coproducción con España; Los tres Reyes Magos, evocadora y siempre referida; Campeones de la Lucha, simpática versión moderna del cine de luchadores; Juan Escopeta, drama revolucionario que debió tener mejor suerte en la cartelera; El Santos vs la Tetona Mendoza, decorosa adaptación del popular personaje de las tiras cómicas; por supuesto la reciente El Ángel en el Reloj, encantadora y con un mensaje conmovedor, pero eso es todo.

Afortunadamente, ahora se une a dicha lista la nueva película de Carlos CarreraLa Mujer de BenjamínEl Crimen del Padre Amaro-, uno de los directores mexicanos cuya filmografía es de las más consistentes de las últimos décadas y que por si fuera poco, fue responsable de El Héroe, corto mexicano animado que en 1995 se llevó la Palma de Oro en Cannes.

Se trata de Ana y Bruno, que después de un largo camino, 11 años para ser terminada – se interrumpió la producción durante un tiempo por cuestiones de presupuesto-, llega a la cartelera para contarnos la historia de una niña que junto con su madre es internada en un hospital psiquiátrico, del que luego escapa para ir en busca de su padre, acompañada de una serie de insólitas criaturas, sólo para descubrir una realidad muy distinta a la que pensaba.

Basada en la novela de Daniel Emil, de entrada llama la atención por su propuesta realizada en 3D, que logra recrear evocadores parajes con aire a la provincia mexicana, ideales para servir como telón de fondo de una aventura salpicada de comedia, que se sustenta en el drama para hilvanar una profunda e inquietante reflexión sobre la pérdida y la naturaleza del duelo.

Es cierto que hacia la segunda mitad, el acabado visual se empobrece y los escenarios pierden detalle, pero para ese entonces el cuidadoso diseño de los personajes -que no escapan a ciertos clichés- y su encantadora personalidad, han conectado irremediablemente con el espectador, haciendo que esto pase a segundo término. Claro que gran parte de ello se debe al tratamiento adulto y a la poderosa carga emocional que impulsa el desarrollo de una trama que de forma calculada va develando las verdaderas circunstancias de la protagonista, que ofrece un giro de tuerca devastador y se hace acompañar de un discurso que refiere a temas que van de la soledad, al uso del estado clínico como una forma de estigmatización  y control social.  Así pues, aunque Ana y Bruno no tiene una manufactura impecable, destaca por ser un producto enfocado al público infantil, que evita ser condescendiente, tiene identidad y resulta inteligente, divertido y conmovedor.

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