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Foto: Especial

Querido Fernando:

Ya lo sé que tú te vas. Que quizá no volverás…

Lo leí en Reforma. La noticia de tu partida me ha sumido en el desconsuelo. Siempre pensé que las amenazas de que algún día regresarías a morir a Colombia eran parte de tu mitología personal, que nunca las cumplirías. Pero cuando vi las fotos de tu departamento vacío entendí le verdad universal contenida en el dicho no hay fecha que no se cumpla, plazo que no se venza ni deuda que no se pague. Nunca supe qué viniste a buscar a México. Tampoco qué irás a buscar allá. Tras tanto año parecía que te habías resignado al exilio. Y mira, pues no. Has dejado nuestro paisaje incompleto.

Hace semanas recibí el chisme de que habías apuñalado a un vecino. Honestamente, lo dudé tantito. Pero la nota de Reforma me lo confirmó. Lo sorprendente es que hayas tardado tanto en atacar a alguien. Siempre que alguien me hablaba mal de ti yo le respondía: nombre, si Fernando es un pan de Dios. El problema es ponerle una cámara enfrente, entonces comienza a despotricar contra el Papa, la iglesia, el maltrato animal, Colombia, la natalidad y cuanta cosa le esté incordiando al momento. Con tu intento de asesinato derrocas otra de las certezas que uno se ha construido sobre tu persona. A tus 75 años todavía conservas ánimo para delinquir.

Que hayas aceptado mi invitación para impartir una cátedra en Torreón me sigue pareciendo, estos días en particular en que nos has abandonado, el milagro de navidad más grande de la humanidad. Yo era un ya no tan muchacho ingenuo que por querer ser editor terminó trabajando para un ayuntamiento, que resultó una de las experiencias más pútridas de mi vida. Qué fuiste a buscar a Torreón, esa Colombia ínfima, la ciudad más violenta del sexenio de Calderón, es un misterio todavía más insondable que tu retorno a Medellín. La literatura es ingrata, pero a mí me ha obsequiado unas pocas satisfacciones. Conocerte, por ejemplo. En obra primero, en personaje después y al final en persona. Como todo muchacho ya no tan ingenuo fui usado, como todos los que transitan ese penoso camino, por la administración pública. Me disculpo. Ante ti y ante todos los que merezcan mis excusas. Pero no hay funcionario que pueda contra Fernando Vallejo. Temían que viajaras a Torreón para acuchillarlos (yo incluido).

Siempre pensé que un verdadero maldito no compartía la mesa.

Te recuerdo en el Teatro Isauro Martínez de pie, solo, en el centro del escenario, extasiado, alegre, contentísimo, recibiendo las injurias de la gente ofendida. Y qué pregunta tan insulsa te hicieron. Por qué no eras feliz. La gente nunca se entera de nada. Si algo experimentabas en aquel momento era dicha. Tu cara explotaba de felicidad. Quizá te moleste la analogía. Pero parecías un Cristo siendo juzgado. Pero tú no estabas encima de ninguna cruz. Permanecías sonriente con los brazos cruzados.

Recuerdo también cuando leí La rambla paralela, para mí tu mejor novela, la que más releo, y por la que toda mi vida te estaré agradecido, y conocí a Fernando, El Viejo. Tal vez esto ya pertenezca a los anales de la leyenda negra en que te has convertido, pero cuando te tuve enfrente más que Vallejo a quien yo veía era a El Viejo. Quizá no quería ver al auténtico Fernando, aquel que prometió que esa sería su última novela. Por fortuna no paraste de publicar. Para mala entraña de tus detractores, mexicanos y colombianos, literatos y no literatos, homosexuales y heterosexuales, católicos, mormones, protestantes.

El don de la vida: mis matrimonios autodestructivos, la borrachera, el esfuerzo tan innecesario como inútil de trabajar para pagar la renta, me impidieron procurarte más. Pero claro que extrañaba comer en tu departamento. Y escuchar tus arengas. Siempre pensé que un verdadero maldito no compartía la mesa. ¿Qué quieres Carlos, camarones? Y le decías a la doñita, no te cansabas de presumir sus dotes culinarias, que fuera al Superama de la esquina por camarones para mí. Ese tipo de gestos desmentían al autor del Desbarrancadero. Quién pensaría que apuñalarías a un inquilino del edificio donde viviste por décadas. ¿Vallejo? ¿El Viejo? ¿El Fernando de La virgen de los sicarios?

¿Te fuiste quizá por ese vicio que tienen los colombianos por marcharse, como tú lo dijiste tantas veces? ¿Te fuiste a morir, a cumplir tu palabra? ¿O te fuiste porque a pesar del tiempo acá vivido nunca te mexicanizaste? Veo en el artículo de Reforma una foto tuya en el aeropuerto. Mencionas que vas a regresar. Pero yo sé que no es verdad. Seguro encontrarás allá alguien a quién apuñalar.

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