China: cultura no es ideología

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Uno de los aspectos más interesantes de la parca declaración del Partido Comunista de China a propósito del cincuentenario de la Revolución Cultural de 1966 es que sugiere, finalmente, una distinción entre ideología y cultura. Como cualquier otro régimen totalitario comunista, el maoísta intentó mezclar ambas dimensiones de la vida, entendiendo como “cultura” una síntesis de valores anticapitalistas, antiburgueses, antioccidentales, antiurbanos y reacios a cualquier instalación de voluntad de tolerancia, moderación o equilibrio en la proyección pública de los individuos.

Parece evidente que cultura e ideología son cosas distintas, pero no todos lo aceptan. En algunos países comunistas la confusión persiste y en otros democráticos no deja de ser frecuente. La cultura es un entramado de idiosincrasias, tradiciones, costumbres, gustos, ceremoniales, prácticas, además de expresiones literarias, musicales, visuales… La ideología, incluso en cualquiera de sus interpretaciones marxistas, es una codificación de la cultura en términos jurídicos y políticos. No hay ideología que no tienda a la conquista, a la retención o a la resistencia de un poder. La cultura, en la mayoría de los casos, no aspira al poder.

La Revolución Cultural maoísta fue el ejemplo más implacable de esa confusión. Algunas corrientes de las izquierdas de los 60, como el trotskismo y el guevarismo, establecieron conexiones con aquella experiencia. El grupo de filósofos franceses reunidos en torno a la revista Tel Quel, encabezada por Philippe Solers y Julia Kristeva, viajó a la China de Mao y se entrevistó con el líder comunista, en busca de ideas para confrontar el capitalismo occidental. Pero algunos de ellos, como Roland Barthes, advirtió que, visto de cerca, el experimento maoísta era devastador.

La Revolución Cultural enfrentó a jóvenes y viejos, a estudiantes y profesores, a hijos y padres, a trabajadores e intelectuales. La llamada “Banda de los Cuatro” y los fanáticos Guardias Rojos propiciaron el encarcelamiento y ejecución de más de dos millones de chinos, acusados de aburguesamiento y de traición a la patria y al comunismo. Los arrestos y fusilamientos eran precedidos, en muchos casos, por actos de escarnio público frente a una juventud enardecida.

Los efectos sobre la economía y la educación también fueron desastrosos. China se atrasó tecnológicamente con una apuesta por la autarquía rural, que generó pobreza y hambrunas, además de aislar comercialmente a importantes zonas del país. La enseñanza puso la trasmisión de conocimiento a merced del control ideológico y la propaganda, sirviendo de caldo de cultivo para la demagogia y el oportunismo. Las ciencias sociales se cerraron aún más al diálogo con Occidente, mientras Mao era venerado como “gran timonel” por una parte de la izquierda europea.

La reciente declaración del Partido Comunista de China, a pesar de su timidez, confirma la racionalidad que sustentó el giro en la política económica de 1976, encabezada por Deng Xiaoping, tras la muerte de Mao. El actual líder, Xi Jinping, ha llamado a recordar aquel fenómeno, para no repetirlo, pero también ha dicho que la propia cultura popular china sufrió los embates de la depuración ideológica. La dirigencia china parece reconocer, finalmente, que cultura e ideología son dimensiones relacionadas pero no asimilables.
Algo que, por ejemplo, en sectores oficiales del comunismo cubano, donde se asume la “identidad cultural” como apuesta por una ideología de Estado,
todavía no está claro.

rafael.rojas@razon.com.mx

Rafael Rojas

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Historiador, internacionalista.
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